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Portada de la novela La hechicera maldita

La hechicera maldita

Gwyneviere, una hechicera retirada al servicio de la élite celestial, acepta la misión de entrenar a Nimh, una huérfana ligada a una profecía de destrucción. A medida que avanzan las lecciones, surge entre ellas un romance tan intenso como imprevisto. Mientras el joven Vandrell silencia el amor que siente por Gwyn, el Consejo oculta una verdad determinante sobre el augurio que obligará a ambas mujeres a luchar por su vínculo y su supervivencia.
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Capítulo 3

Gwyneviere volvió la mañana siguiente al Templo a continuar con las clases, y así durante algunos días, hasta que un día, caminando por los terrenos del Templo, le preguntó a Tara qué le parecía la idea de llevar a Nimh a vivir con ella a su casa, a las afueras de la Ciudadela.

—Si no lo consideras una molestia con tu estilo de vida, y ella está de acuerdo, no me opondría. Nosotras la acogemos porque Nimh no tiene a nadie más. Cuando llegue a la mayoría de edad, es libre de hacer lo que desee.

—Avanzaremos mucho más rápido con las clases, y en caso de que se presente alguna urgencia, a los mensajeros les será más fácil ubicarme. Además, en casa, tengo mucho material de lectura al que me gustaría introducir a Nimh.

—Está decidido entonces. Si Nimh está de acuerdo, irá contigo. Iré a buscarla para preguntarle.

Esa misma tarde después de su clase, y después de almorzar con las sacerdotisas, a modo de despedida, Gwyneviere y Nimh, atravesaron el portal juntas para ir a las afueras de la Ciudadela y acomodarse en la casa de Gwyneviere.

—Tu casa es bellísima.

—No has estado en muchas casas, ¿verdad?

La casa de Gwyneviere constaba de una sola habitación con una estufa para calentar la comida, una cama y un baúl, una mesa y sillas. En una de las paredes, repisas llenas de libros, en otra, hierbas colgando y la otra repisa estaba llena de pociones y aceites. Además, contaba con dos ventanas pequeñas. 

—¿Dónde puedo dejar mis cosas?

—Donde quieras, acomodaremos todo luego. Primero quiero enseñarte el grimorio de mi familia.

Gwyneviere tomó de la repisa un viejo y gordo libro, con las páginas gastadas de tanto uso. Le indicó a Nimh que se sentara en una de las cuatro sillas que había alrededor de la mesa.

—Con este libro comenzaremos a estudiar mañana. Mi madre me enseñó magia con él, y su madre a ella. Aquí hay conjuros muy valiosos, algunos incluso los he inventado yo misma. Cada familia tiene el suyo, no has heredado uno, ¿verdad?

—No. No tengo pertenencias de los que fueron mis padres. Todo lo que tengo me lo dieron las sacerdotisas.

—Bueno, podemos comenzar con el mío y luego irás armando uno tú misma. Podemos ir mañana al mercado a comprar un libro. Por hoy, no seguiremos estudiando, pero quiero mostrarte un lugar que me gusta visitar, además de que fluye mucha magia por él. Vamos, está cerca de aquí.

Caminaron por unos veinticinco minutos, hasta el Bosque de Druwyddrerm. El bosque estaba delimitado por una línea de frondosos árboles, que atravesaron, y se internaron en la frescura de su sombra.

—Aquí viven los druidas. ¿Conociste alguno alguna vez?

—No —contestó Nimh, curiosa, mirando a su alrededor la belleza del bosque, repleto de aves de todos los colores, anidando en las copas de los árboles.

Pudieron ver liebres correteando, familias de mapaches jugando, pequeños ciervos, y todo tipo de insectos y aves cantando unas melodías que parecían ensayadas.

Eiry las recibió con su sonrisa pacífica y su silencio característicos. Era la reina druida, si se la podía categorizar de alguna forma, ya que a los druidas les disgustaban los títulos de la nobleza. Los druidas eran gente pequeña, más pequeña y menuda que los humanos convencionales al menos, de piel de una tonalidad verdosa, que vivían en el bosque, en armonía con él y con todos sus habitantes. Podían percibir los sentimientos y emociones de todos los seres y por eso eran de pocas palabras. Se entendían sin tener que decir mucho.

Con una leve inclinación de cabeza, Eiry y Gwyneviere se saludaron, y Nimh hizo lo mismo, imitándolas.

—Eiry, ella es Nimh, mi aprendiz.

Eiry volvió a inclinar la cabeza en dirección a Nimh y sonrió.

—Aquí tengo tu ración de hierbas de este mes, y déjame ver tus nuevas heridas.

—No es nada, Eiry, en serio. Puedo curarlas yo sola.

Eiry no le hizo caso y se agachó para levantar la capa de Gwyneviere y revisar su pierna. Quitó un vendaje que tenía en el tobillo y rodeó con sus manos la herida abierta de Gwyneviere. Al cabo de unos instantes, la herida comenzó a cerrar. Nimh pudo ver que otras cicatrices más viejas asomaban debajo de la capa.

—Gracias.

Gwyneviere guardó las hierbas en los bolsillos de su capa y se dispusieron a recorrer el bosque. Nimh estaba fascinada.

Salieron de allí, acompañadas de Eiry, que las saludó de nuevo con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

Ya estaba cayendo la noche, por lo que se dirigieron directo a cenar y dormir.

***

Gwyneviere había dormido poco, ya que no acostumbraba a tener compañía, por lo que se levantó al alba, le dio las sobras a la gatita que la visitaba siempre y se puso a deambular por ahí.

Luego fue a la Ciudadela, visitó a Vandrell, que como siempre la recibió con su mejor humor, y, por último, consiguió un buen libro para que Nimh comenzara con su grimorio. Hizo algunas compras para el almuerzo y compró pan recién horneado.

Cuando cruzó el umbral de su puerta, pudo ver sobre la mesa, un desayuno similar al que preparaban las sacerdotisas.

—Solo falta el pan —dijo Gwyneviere, alzando la bolsa que llevaba en la mano.

Nimh sonrió, lo tomó de sus manos y lo cortó en rebanadas. Lo sirvió en un plato sobre la mesa y, además, tomó un frasco y lo abrió.

—Todavía está caliente, pero como no sabía a qué hora ibas a volver, hice jalea con las moras que recolectamos ayer en el bosque.

Olía delicioso. Gwyneviere se sentó con rapidez a la mesa, animada.

—Oh, qué delicia. Podría acostumbrarme a esto.

—También podrías asearte antes de comer —le dijo Nimh, regañandola, divertida.

Gwyneviere le ofreció una mirada desafiante, pero ella también se estaba divirtiendo. Luego de asearse, volvió a la mesa y devoró el desayuno.

—No te alimentas muy bien, ¿no? —preguntó Nimh.

Gwyneviere se encogió de hombros. Comía cuando podía. Siempre estaba en movimiento y realizando algún que otro trabajo.

—Esta tarde hablaremos de la metafísica —Nimh frunció el ceño—. Toma —dijo Gwyneviere, entregándole el libro que le había comprado para que comenzara su grimorio.

—¡Gracias!

—Luego podrás llenarlo de tus propios hechizos.

Gwyneviere se llenó la panza, así que fue un alivio que la clase fuera teórica, no podía moverse.

—Presta mucha atención a las bases de la hechicería, por más que sean temas aburridos, no quiere decir que no sean importantes. No nacimos elfos, por lo que es necesario aprender ciertas cosas antes de dominar el arte de la magia. A diferencia nuestra, la magia corre por la sangre élfica. Y eso nos lleva a la siguiente lección, que estudiaremos mañana: nociones básicas de élfico antiguo. Pero te digo una cosa, hoy recolectaremos más frutas para que hagas más jaleas. Eso será parte de tu entrenamiento. Es definitivo; desayunaremos así más seguido.

Nimh se echó a reír y guardó su nuevo grimorio.

—Mira, te mostraré algo —dijo Gwyneviere, levantándose con una rodaja de pan en la mano.

Aprovechó que Nimh había estado cocinando y había dejado la estufa encendida.

—Haré mi propia tostada —dijo riendo—. Puedes dominar los elementos, pero no puedes crear el fuego. Debes tener especial respeto por el fuego. Es el elemento prohibido debido a su naturaleza destructiva. Si quieres usar el fuego debes tener un gran dominio sobre este tipo de magia y extremar los cuidados. El fuego puede consumir y destruir, a ti, además de a las cosas que te rodean, consume tu energía cuando lo usas. Cuando canalizas la energía para usarlo debes concentrarte y practicar.

Gwyneviere hizo la demostración. Dejó la tostada sobre la estufa y llevó el fuego hacia ella con un dominio perfecto de la técnica. Le pasó la tostada a Nimh.

—Perfecta —dijo Nimh, sonriendo.

Esa noche, salieron a caminar bajo la luz de la luna, por los bosquecillos que circundaban la Ciudadela, y Gwyneviere aprovechó para hablarle de los elementos y su energía, pero la conversación fluyó por otro lado y terminaron hablando de los animales que veían, de la Ciudadela, de las sacerdotisas y de cualquier cosa menos de las lecciones que tenían que tomar.

Nimh le preguntó por su familia. Gwyneviere no hablaba mucho de sí misma, pero intentó contestar lo más educado que pudo.

—Mis padres también fallecieron. Vivíamos juntos en la casa donde vivo ahora.

Nimh la miró, en silencio, dándole espacio para que continúe hablando, y Gwyneviere se vio obligada a seguir. La niña era bastante curiosa. Gwyneviere suspiró.

—Mi padre falleció de unas fiebres, cuando yo era muy pequeña. Sufrió muchísimo. Era un hombre muy bondadoso y tierno. Y mi madre murió en batalla, hace unos siete años.

—Lo lamento.

—No tienes por qué. ¿Qué pasó con tu familia? —preguntó Gwyneviere, para no tener que hablar más de sí misma.

—Nunca conocí a ningún pariente mío. Desde que tengo uso de razón vivo con las sacerdotisas. Ellas me criaron y me dijeron que me encontraron cerca del Templo. Estaba sola. Me recogieron, preguntaron si alguien había perdido algún bebé, pero nadie me reclamó, por lo que me cuidaron.

—¿Y planeas convertirte en sacerdotisa? —preguntó Gwyneviere, burlona.

—¡No! Quiero ser hechicera —dijo Nimh frunciendo el ceño.

—Bien, me alegro, ya casi cumples dieciocho. Las sacerdotisas no se harán más cargo de ti.

Nimh asintió y ambas emprendieron el camino de regreso a la casa.

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