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Portada de la novela La Gruta del Deseo

La Gruta del Deseo

Elena, de dieciocho años, desprecia el romance inocente por una urgencia física audaz. Tras sentirse insatisfecha con jóvenes como Javier, su obsesión se vuelca hacia un hombre maduro en juegos acuáticos clandestinos. Para aliviar la tensión, explora un vínculo erótico secreto con sus amigas Marta e Isabel. No obstante, su meta final es más peligrosa: seducir al confesor de su colegio. Mediante relatos explícitos, desafiará la fe y la moral en busca de un placer sin límites.
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Capítulo 1

El calor de diciembre en la urbanización no se quitaba ni metiéndose al agua. Era esa clase de bochorno denso, pesado, que te pegaba la ropa al cuerpo y te dejaba la mente flotando en un solo pensamiento: tocar y que te toquen.

A mis dieciocho años, yo ya sabía perfectamente lo que quería, aunque las monjas del colegio se la pasaran diciendo que las chicas decentes debían mantener la mente limpia. Qué soberana estupidez. A mí lo que me limpiaba la mente era imaginar unos dedos largos, firmes, subiendo lentamente por mis muslos, desafiando el borde de mis braguitas hasta encontrar ese punto exacto donde la piel se vuelve fuego. Me volvía loca la idea de la rendición, de sentir una mano experta abriéndose paso en mi pernera, hundiéndose en mi gruta húmeda hasta hacerme perder el control. Deseaba tanto ese magnetismo que a veces, por las noches, me imaginaba que seres lascivos y libidinosos se acurrucaban en mis entrañas, lamiéndome por dentro, llenándome de un placer infinito que ningún chico de mi edad era capaz de entender.

Los de la pandilla eran unos malditos cortados. Por más que una se insinuara, se pusiera el biquini más ajustado o les hablara con la voz cargada de doble sentido, ellos se quedaban petrificados, como si el cuerpo de una mujer fuera una bomba a punto de estallar. Cobardes. Todos ellos.

-Míralo, es que es perfecto -susurró Marta, sacándome de mis pensamientos.

Estábamos sentadas al borde de la piscina municipal, con las piernas sumergidas en el agua templada. A nuestro lado, Isabel se acomodaba las gafas de sol, devorando con la mirada la misma escena.

Al otro lado del vaso de la piscina, Javier salía del agua. El sol de la tarde le brillaba en el pecho adolescente, las gotas rodando por sus abdominales apenas dibujados. Era, sin duda, la cosa más bonita de la urbanización. Las tres estábamos locas por él, o al menos eso creían ellas.

-Si no le metes mano hoy en el agua, Elena, lo hago yo -sentenció Isabel, dándole un trago a su refresco-. Lleva toda la tarde mirándote el escote.

-Mirar sabe cualquiera -respondí, acomodándome el tirante del biquini negro, dejando que mis dedos rozaran el inicio de mis pechos a propósito, sabiendo que Javier nos observaba-. El problema de Javier es que solo sabe mirar. Le falta calle, chicas. Le falta sangre.

-Pues a mí me vale con que me mire así -suspiró Marta.

En ese momento, la puerta metálica del recinto de la piscina se abrió con un chirrido familiar. Mis ojos se desviaron de inmediato. No era Javier quien me aceleraba el pulso de verdad, sino la sombra que venía detrás.

Don Julián, el padre de Javier.

Pasaba de los cuarenta, pero tenía esa estructura sólida de los hombres que saben lo que valen. Los hombros anchos, el pelo castaño salpicado de canas en las sienes y una mirada oscura, pesada, que cuando se posaba en ti te hacía sentir desnuda. Él no era un niño jugando a ser hombre; él era el peligro real. Mientras Javier se acercaba a nosotras con una sonrisa tímida, Julián se quedó junto a las tumbonas, quitándose la camiseta de lino. Tenía el torso bronceado, velludo en su justa medida, y unos brazos fuertes que yo ya había imaginado mil veces sosteniéndome contra una pared.

-Hola, chicas -dijo Javier, salpicándonos un poco al sentarse a nuestro lado-. El agua está buenísima. ¿No se van a meter?

-Estábamos esperándote, guapo -le dijo Marta con una risita coqueta.

Yo no respondí. Me deslicé dentro del agua sin hacer ruido, sintiendo el frescor momentáneo cubrir mi vientre y subir hasta mis pechos hinchados por el calor. Javier me imitó de inmediato, sumergiéndose a mi lado.

Comenzó el juego de siempre. Nos perseguíamos por el agua, dábamos vueltas, nos abrazábamos entre risas falsamente inocentes. Dejé que mi cuerpo se rozara con el suyo; mi vulva ardiente buscó el contacto con su muslo bajo la superficie, y mis tetas en desarrollo se aplastaron un segundo contra su brazo. Sentí cómo Javier se ponía rígido, asustado por la audacia del contacto, incapaz de devolver el juego. Era como tocar un témpano de hielo que quería derretirse pero no sabía cómo. Qué frustración.

A unos metros, Julián entró al agua de un salto limpio. Al salir a la superficie, se sacudió el pelo y nos miró con una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que los adultos usan cuando saben perfectamente lo que las jóvenes están pensando.

-Vaya, qué energía tienen -nos dijo, acercándose con brazadas lentas y potentes-. A ver si es verdad que son tan rápidas nadando como hablando. Les juego una carrera hasta el otro extremo. Si gano, me deben un helado a mí y a Javier.

-¿Y si ganamos nosotras? -desafié, sosteniéndole la mirada, flotando a apenas un metro de él. Pude ver cómo sus ojos bajaron un segundo hacia el agua, intentando adivinar las formas de mi cuerpo bajo el reflejo cristalino.

-Si ganan ustedes... piden lo que quieran -respondió con una voz más baja, una insinuación sutil que me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica.

Marta e Isabel aceptaron enseguida entre gritos. Nos colocamos en línea. Julián dio la voz de salida y todas salimos nadando con desesperación. Pero yo no quería ganar la carrera. Quería otra cosa.

A mitad de la piscina, aproveché el chapoteo y la confusión de los brazos de mis amigas para desmejarme de la ruta. Julián nadaba a mi lado, con un estilo pausado pero rápido. Me sumergí por completo, abriendo los ojos bajo el agua. Vi sus piernas fuertes batiendo el agua, el bañador azul ajustado a sus caderas. Me deslicé por debajo de él como una anguila.

Cuando Julián disminuyó la velocidad al llegar casi al borde, emergí justo a su lado, tan cerca que nuestras pieles se pegaron. El agua borboteaba a nuestro alrededor, ocultando lo que sucedía abajo. Mis amigas y Javier seguían gritando en la orilla opuesta, creyendo que aún estábamos compitiendo.

Con un movimiento rápido y calculado, me agarré de su brazo para "no hundirme". Al hacerlo, me deslicé hacia abajo en el agua y acomodé mi cuerpo de tal manera que su mano derecha quedó atrapada justamente a la altura de mi entrepierna.

Cerré mis muslos con fuerza, aprisionando su mano contra mi biquini, justo sobre mi coño ardiente.

Julián se quedó paralizado. Su respiración se cortó de golpe. Hizo un amago instintivo de retirar la mano, el reflejo del adulto que sabe que está cruzando una línea prohibida, pero la presión de mis piernas era firme, decidida. No lo iba a dejar ir. Lo miré fijamente a los ojos, con el agua por el cuello, desafiándolo en silencio.

Cedió. El destello de culpa en sus ojos fue devorado por una chispa de pura lascivia.

Bajo el agua, sentí cómo giraba la palma de su mano. Sus dedos, gruesos y ásperos, comenzaron a moverse. A través de la fina tela elástica de mi biquini, apretó con fuerza, buscando la forma de mi vulva. Ahogué un gemido tragando saliva cuando sentí la presión directa de sus dedos hundiéndose en la entrada de mi vagina, frotando con una precisión brutal mi clítoris sobre la tela húmeda. Era el paraíso. Mi cuerpo entero se tensó, mi coño empezó a destilar sus propios jugos, mezclándose con el agua de la piscina. Quería más. Esperaba con el corazón en la boca el momento en que metiera la mano por la pernera del biquini y me penetrara allí mismo, frente a todos.

Pero algo en su cabeza le dio un toque de alerta. Escuchó la risa de Javier que se acercaba nadando.

Julián apartó la mano con brusquedad, saliendo del agua casi de inmediato, respirando con dificultad.

-Me... me voy a casa -dijo, sin mirarme, con la voz ronca y el rostro encendido-. Se me hizo tarde. Disfruten del agua, chicas.

Lo vi salir de la piscina, con el bañador notablemente abultado en la entrepierna, caminando a paso rápido hacia su casa. Sonreí para mis adentros, flotando en mi propia humedad. Sabía perfectamente a qué iba: a echarse un gran polvo con su mujer para quitarse la insoportable excitación que una adolescente de dieciocho años le había provocado en cinco segundos.

Esa misma noche, encerrada en mi habitación con el ventilador a tope, me metí los dedos pensando en él, imaginando su mano áspera rompiendo la tela de mi biquini. Pero el autoplacer ya no era suficiente. Necesitaba más.

Al día siguiente, mis padres salieron a hacer unas compras por la tarde, dejándome la casa sola. Había citado a Marta y a Isabel con la excusa de estudiar, pero la atmósfera en mi sala ya estaba cargada de otra cosa. Estábamos sentadas en la alfombra, el calor seguía siendo insoportable, y yo no aguantaba más el secreto.

-Ayer en la piscina pasó algo -solté, mirándolas fijamente mientras me abanicaba con un cuaderno.

Marta dejó su bolígrafo y me miró con los ojos abiertos. Isabel se inclinó hacia adelante.

-¿Con Javier? -preguntó Marta, ansiosa.

-No -sonreí con malicia, sintiendo cómo la adrenalina volvía a encender mi entrepierna-. Con su padre.

Las dos se quedaron sin respiración, mudas, esperando que soltara hasta el último y más sucio detalle de lo que había pasado bajo el agua. La tarde apenas empezaba, y el calor ya no solo estaba en el ambiente; estaba a punto de estallar entre nosotras.

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