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Portada de la novela La Gruta del Deseo

La Gruta del Deseo

Elena, de dieciocho años, desprecia el romance inocente por una urgencia física audaz. Tras sentirse insatisfecha con jóvenes como Javier, su obsesión se vuelca hacia un hombre maduro en juegos acuáticos clandestinos. Para aliviar la tensión, explora un vínculo erótico secreto con sus amigas Marta e Isabel. No obstante, su meta final es más peligrosa: seducir al confesor de su colegio. Mediante relatos explícitos, desafiará la fe y la moral en busca de un placer sin límites.
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Capítulo 2

Marta e Isabel se quedaron petrificadas, con las bocas entreabiertas y los ojos fijos en mí, como si acabara de confesar un crimen. El silencio en la sala solo era interrumpido por el zumbido monótono del ventilador de techo, que movía el aire caliente sin lograr refrescarnos. Mis amigas ni siquiera parpadeaban. La expectación en el ambiente era tan densa que casi se podía tocar.

-¿El padre de Javier? -susurró Isabel por fin, tragando saliva-. Elena, estás loca. ¿Qué pasó? Cuéntalo ya, no seas maldita.

Me acomodé en la alfombra, cruzando las piernas y apoyando la espalda contra el sofá. Sentía una oleada de orgullo y excitación recorriéndome el pecho. Sabía el poder que tenía en ese momento, no solo sobre don Julián, sino sobre la imaginación de mis amigas.

-Ayer, cuando jugábamos a las carreras -empecé, bajando la voz como si las paredes pudieran oírnos-, me sumergí debajo de él. Cuando salí, me pegué a su cuerpo. Le agarré el brazo con la excusa de que me hundía y obligué a que su mano quedara atrapada justo entre mis muslos. Le apreté la mano contra mi biquini, directo en el coño.

Marta soltó un jadeo ahogado, tapándose la boca con las manos. Isabel se inclinó aún más, con las mejillas encendidas y la respiración acelerándose.

-¿Y él qué hizo? -preguntó Marta en un hilo de voz-. ¿Te apartó?

-Al principio hizo el amago, por puro miedo, pero luego cedió -sonreí con malicia, recordando la fricción-. Giró la palma y empezó a frotarme con una fuerza brutal. Me aplastó el clítoris a través de la tela elástica. Fue glorioso, chicas. Estuve a punto de correrme allí mismo, en medio de la piscina, mientras ustedes nadaban al otro lado. Si Javier no se hubiera acercado, les juro que don Julián me mete la mano por la pernera y me folla en el agua. Se fue a su casa ardiendo, con el bañador que le reventaba. Seguro que tuvo que pegarle un polvo salvaje a su mujer solo para bajarse la erección que yo le provoququé.

-Dios mío... -Marta se abanicó la cara con la mano, visiblemente afectada-. Es que... don Julián está buenísimo. Yo también he fantaseado con él. Es tan hombre.

-Todas lo hemos hecho -admitió Isabel, cuya mirada ya no estaba fija en mis ojos, sino que bajaba inconscientemente hacia mi escote y mis piernas descubiertas-. Pero tú te atreviste, Elena. Eres una salvaje.

-Fui a su casa esta mañana -añadí, soltando la última bomba-. Sabía que Javier estaba en los entrenamientos de fútbol y que su madre trabajaba. Fui con la excusa de pedir un libro prestado, pensando que me metería y me follaría de una vez por todas. Pero se acobardó. Me abrió la puerta, me miró como si fuera el mismo demonio, me dijo que Javier no estaba y me despidió casi temblando. Los hombres maduros desean el peligro, pero les aterra perder el control.

La conversación entró en un terreno magnético. Hablar de don Julián, de la rigidez de su mano bajo el agua y de la frustración de quedarnos a medias encendió un fuego en la habitación que ya no se podía apagar con palabras. Marta se estiró en la alfombra, boca arriba, con la camiseta de tirantes pegada al pecho por el sudor. Isabel se mordía el labio inferior, moviéndose inquieta.

-Es una tortura -protestó Marta, mirando al techo-. Los chicos de clase son unos idiotas que no saben ni besar, los maduros se asustan... Nos vamos a quedar vírgenes y amargadas para siempre.

-A lo mejor no necesitamos a ningún chico para empezar -soltó Marta de repente, girando la cabeza para mirarnos.

Isabel y yo nos quedamos mudas un segundo. La propuesta flotó en el aire, cargada de una electricidad nueva, prohibida pero extrañamente natural. Muchas chicas lo hadn't hecho, lo sabíamos por los rumores del colegio, pero nunca habíamos cruzado esa línea.

-¿A qué te refieres? -preguntó Isabel, aunque su voz delataba que sabía perfectamente la respuesta.

-A que estamos las tres solas, estamos calientes y nos morimos de ganas -dijo Marta, sentándose de golpe. Su timidez habitual se había esfumado, reemplazada por la misma urgencia voluptuosa que me dominaba a mí-. ¿Por qué no nos lo hacemos entre nosotras?

Al principio, Isabel y yo nos miramos sin saber qué decir, divididas entre la sorpresa y el deseo que ya nos humedecía las bragas. Pero la tensión acumulada de todo el verano era demasiada. Una risita nerviosa escapó de mis labios, y esa fue la señal de salida.

Me acerqué a Marta gateando por la alfombra. Ella no se movió; me esperaba con los ojos brillantes y los labios entreabiertos. La agarré de la cara con ambas manos, hundiéndose en su mirada antes de juntar nuestros labios. El primer contacto fue suave, un tanteo tímido, pero la necesidad nos arrastró de inmediato. Metí mi lengua en su boca, encontrando una calidez dulce y húmeda, y jugueteé con la suya con un placer que me sacudió el vientre. Marta gimió contra mis labios, rodeando mi cuello con sus brazos y pegando su pecho contra el mío.

-Vamos a mi habitación -propuse, separándome apenas un milímetro, con la respiración entrecortada-. Estaremos más cómodas.

Nos levantamos como tres sonámbulas guiadas por el instinto. Al cruzar el umbral de mi cuarto, la ropa comenzó a caer al suelo sin ceremonias. Camisetas, biquinis, shorts. Ver los cuerpos desnudos de mis amigas y contemplarme a mí misma frente al espejo de la cómoda fue una revelación absoluta de texturas, curvas y colores que el sol del verano había esculpido de manera diferente en cada una.

Marta quedó expuesta bajo la luz de la tarde, luciendo un bronceado canela, uniforme y encendido que resaltaba la firmeza de sus formas. Sus pechos eran redondos, coronados por unos pezones oscuros y erectos que apuntaban hacia el frente con descaro; su cintura era estrecha, quebrando una línea perfecta hacia unas caderas anchas. Isabel, en cambio, era un contraste exquisito: su piel poseía una palidez láctea, casi traslúcida, salpicada por un camino de pecas diminutas. Sus pechos eran más pequeños pero turgentes, de una blancura que contrastaba con la aureola rosada de sus pezones.

Y luego estaba yo. Mi cuerpo tenía un tono dorado intermedio, un bronceado cálido que el sol de la piscina había fijado en mis hombros y en la curva de mi espalda. Siempre había sido más voluptuosa que ellas; mis pechos eran pesados, llenos, con una caída natural y tentadora que terminaba en unas aureolas anchas, de un marrón encendido que delataba mi constante estado de excitación. Al quitarme el biquini, la marca blanca de la tela contrastaba de golpe con la piel dorada de mis caderas anchas y de mis glúteos firmes, redondos, que se tensaban con cada paso. Mi vientre, suave y ligeramente curvado hacia abajo, moría en un monte de Venus espeso, oscuro y recortado, que ya empezaba a brillar por la humedad que brotaba de mi gruta. Verme allí, flanqueada por la piel canela de Marta y la blancura de Isabel, era la estampa perfecta de la lascivia: tres tonalidades de piel distintas dispuestas a fundirse en una sola.

Nos metimos en la cama, un torbellino de extremidades, bocas y suspiros. Las tres estábamos tan sumamente salidas que cualquier roce de muslos, el roce de las caderas o la caricia de los pechos provocaba un escalofrío general. Isabel se colocó entre mis piernas; sus manos, temblorosas pero ansiosas, subieron lentamente por la parte interna de mis muslos, acariciando la piel suave antes de que sus dedos alcanzaran mi vulva, completamente empapada. Solté un gemido que quedó atrapado en la boca de Marta, que me besaba con un hambre voraz mientras aplastaba su vientre canela contra el mío.

Sentir los labios y las lenguas de mis amigas recorriendo mi piel era una delicia perfecta. Isabel bajó la cabeza, deslizando su cuerpo pálido entre mis piernas, y empezó a lamer mi coño con una devoción experta, recorriendo mis labios menores y concentrándose en mi clítoris con pasadas rápidas y húmedas. Yo me arqueé en la cama, clavando las uñas en las nalgas firmes de Marta, devorada por la intensidad del placer.

Pronto, el deseo de satisfacción mutua nos llevó a coordinarnos sin necesidad de hablar. Nos acomodamos en la cama formando un triángulo perfecto, un círculo de pura lujuria donde los cuerpos se encajaban con precisión matemática. Marta se inclinó sobre Isabel, frotando sus pechos bronceados contra los senos blanquísimos de ella mientras lamía su vagina ardiente con entusiasmo; Isabel, a su vez, tenía la cabeza entre mis piernas, saboreando mis fluidos; y yo, con el cuerpo estirado y los dedos enredados en el pelo de Marta, hundía mi rostro en su coño oscuro y perfumado, disfrutando del sabor salado y húmedo de su entrega.

Era una coreografía perfecta de jugos, suspiros y contracciones. Mis dedos se enterraban en la carne firme de las caderas de Marta mientras mi lengua trabajaba en su clítoris, escuchando sus gemidos ahogados que estimulaban a Isabel para lamerme a mí con más fuerza. Disfrutamos de infinidad de orgasmos encadenados. No hubo recoveco de nuestros cuerpos que no recorriésemos con nuestras lenguas; nos besamos los pechos, nos recorrimos los vientres y nos entregamos a un placer infinito que nos dejó completamente vacías.

Cuando el sol empezó a ocultarse, tiñendo la habitación de un tono anaranjado, el triángulo se deshizo lentamente. Terminamos agotadas, sudorosas y sumamente felices, estiradas en la cama deshecha mirando el ventilador, con las pieles unidas por una mezcla de sudor y fluidos compartidos.

-Esto... hay que repetirlo -consiguió decir Isabel, con la voz ronca y una sonrisa de satisfacción absoluta.

-Siempre que lo necesitemos -coincidió Marta, abrazándose a mí, dejando que su brazo canela descansara sobre mi torso.

Las despedí una hora después con un pacto silencioso sellado en la piel. Lo que habíamos hecho era maravilloso, una liberación perfecta, pero mientras me duchaba y sentía el agua fría correr por mi cuerpo, una idea seguía fija en mi mente, inamovible como una roca.

La exploración con mis amigas había sido una delicia, pero no llenaba el vacío principal. Mi cuerpo seguía reclamando la madurez, el peso y la potencia. Necesitaba una polla. Necesitaba ser poseída por un hombre que supiera exactamente cómo romperme por dentro. Y si los hombres de la urbanización eran unos cobardes, tendría que buscar en otra parte. El verano estaba terminando, el regreso al colegio de monjas era inminente, y fue precisamente allí, entre sotanas y rezos, donde encontré la solución a mi obsesión.

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