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Portada de la novela La Furia de Una Madre Herida

La Furia de Una Madre Herida

Tras revivir el fatídico día que destruyó a su familia, una madre despierta en el pasado con el horror del fuego y el culto de Bernardo grabados en su mente. Camila, su hija adoptiva, vuelve a pedir dinero para sus padres biológicos bajo una fachada de inocencia. Sin embargo, esta vez la protagonista fingirá obediencia mientras planea su venganza. Decidida a no ser la víctima de nuevo, se transformará en una cazadora implacable contra sus verdugos.
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Capítulo 2

El olor a humo y carne quemada me arrancó de la oscuridad, un grito ahogado en mi garganta. Mi cuerpo se sacudió violentamente, pero no había llamas, solo el frío penetrante de la hacienda al amanecer. Abrí los ojos, el corazón martillándome en el pecho, y vi el dosel familiar de mi cama, la luz pálida filtrándose por las cortinas pesadas.

Estaba viva.

Estaba en mi cuarto.

Mi mano voló a mi calendario de escritorio, mis dedos temblorosos recorrieron los números. Era el día. El mismo día. El día en que todo comenzó a desmoronarse.

Un eco de la explosión final, el fuego devorándolo todo, todavía resonaba en mis oídos. La imagen de mi esposo, Rodrigo, cayendo en la nieve, y el cuerpecito sin vida de mi pequeña Isabel...

No.

No volvería a suceder.

La puerta de mi habitación se abrió con un suave crujido.

"¿Mami?"

Era la voz de Camila, mi hija adoptiva. Entró de puntillas, su rostro adolescente enmarcado por un cabello oscuro y liso. Llevaba una expresión de preocupación ensayada, la misma que usó la primera vez.

"Estaba pensando en mis papás biológicos," dijo, sentándose en el borde de mi cama. "Con la tormenta de nieve que anuncian, me preocupa que no tengan suficiente para pasarla. Viven en una zona muy remota, ya sabes."

La miré fijamente. Hace solo unas horas, en otra vida, esta misma cara me había mirado con un odio frío mientras su padre, el líder del culto, me despojaba de todo. Esta misma boca había escupido palabras de traición.

"Necesitan comida, mami. Y cobijas. Tal vez algo de dinero. Tú tienes tanto, y a ellos les falta todo."

Su voz era suave, casi un susurro, pero para mí sonaba como el silbido de una serpiente. La egoísta e ignorante niña, pidiendo recursos para las mismas personas que nos destruirían. Mi estómago se revolvió de asco.

Cerré los ojos un instante, y la memoria me golpeó con la fuerza de un puñetazo. El almacén helado. El hambre que roía mis entrañas. El rostro de Bernardo, el padre biológico de Camila, sonriendo mientras sostenía el cuchillo sobre mi pequeña Isabel. El grito de Rodrigo. Mi propio grito. El olor a sangre mezclado con el de la tierra húmeda.

Me sentía agotada, como si hubiera corrido un maratón a través del infierno solo para terminar en la línea de salida de nuevo. El trauma estaba grabado en cada célula de mi ser, un dolor físico que me dejaba sin aliento.

"Por favor, mami," insistió Camila, ajena a la tormenta que se desataba dentro de mí. "Es lo menos que podemos hacer. Son mi familia, después de todo."

Ahí estaba. Esa sensación de derecho, esa falta total de gratitud. La criamos como a una reina, le dimos todo lo que el dinero podía comprar, un amor que yo creía incondicional, nacido de la culpa por haber perdido a mi primera hija. Y para ella, éramos solo un banco, un recurso inagotable.

"Claro," dije, y mi propia voz me sorprendió por su calma. "Claro que sí, mi amor."

Vi un destello de triunfo en sus ojos antes de que lo ocultara bajo una máscara de alivio.

"Gracias, mami. Sabía que entenderías."

Me levanté de la cama, mi mente trabajando a una velocidad vertiginosa. El plan ya se estaba formando, frío y afilado.

"Prepara una lista de lo que crees que necesitan," le dije, caminando hacia el teléfono. "Yo me encargo de que tengan todo. Absolutamente todo lo que se merecen."

Camila sonrió, una sonrisa radiante y falsa.

"Eres la mejor, mami."

Se fue, dejándome sola con el peso de mi conocimiento. Marqué un número en el teléfono, el de Arturo, mi capataz, el único hombre en esta hacienda en quien confiaba mi vida.

"Arturo," dije cuando contestó. "Necesito que vengas a la casa principal. Ahora mismo. Tenemos mucho trabajo que hacer."

Colgué, mi mano firme. No había miedo. No había culpa. Solo una resolución de hielo. Esta vez, la tormenta no nos atraparía desprevenidos. Esta vez, yo sería la depredadora.

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