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Portada de la novela La Furia de Una Madre Herida

La Furia de Una Madre Herida

Tras revivir el fatídico día que destruyó a su familia, una madre despierta en el pasado con el horror del fuego y el culto de Bernardo grabados en su mente. Camila, su hija adoptiva, vuelve a pedir dinero para sus padres biológicos bajo una fachada de inocencia. Sin embargo, esta vez la protagonista fingirá obediencia mientras planea su venganza. Decidida a no ser la víctima de nuevo, se transformará en una cazadora implacable contra sus verdugos.
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Capítulo 3

Arturo llegó en menos de diez minutos, su rostro curtido por el sol mostrando preocupación. Era un hombre leal, de pocas palabras pero de una percepción aguda. Había trabajado para mi familia desde antes de que yo me casara con Rodrigo.

"Patrona, ¿se encuentra bien? Se le ve pálida."

Lo invité a pasar a mi estudio, cerrando la puerta detrás de nosotros.

"Arturo, necesito tu ayuda y tu discreción absoluta."

Él asintió, esperando.

"La señorita Camila..." comenzó, y luego dudó. "No quiero ser impertinente, patrona, pero esa niña nunca ha sido agradecida. Siempre pide y pide, pero nunca da nada a cambio. Me preocupa que se aproveche de su buen corazón."

Sus palabras eran un bálsamo para mi alma herida. Alguien más lo veía. No estaba loca.

"Tu preocupación está bien fundada, Arturo," le dije, mi voz baja y seria. "Mucho más de lo que imaginas. Camila quiere que le enviemos provisiones a sus padres biológicos."

Hice una pausa, reuniendo las palabras correctas. No podía contarle la verdad completa, no sobre la vida pasada. Sonaría como una locura.

"Esas personas... su familia biológica... no son lo que parecen. Son peligrosos. La última vez que tuvimos contacto con ellos, casi nos destruyen. Se aprovecharon de nuestra hospitalidad, de nuestra confianza. No permitiré que vuelva a suceder. Esta vez, les daremos exactamente lo que se merecen."

Arturo me miró, sus ojos oscuros entendiendo la gravedad de mi tono. No cuestionó el "la última vez". Simplemente asintió.

"¿Qué necesita que haga, patrona?"

"Vamos a prepararles unos paquetes," dije, una sonrisa sombría asomando en mis labios. "Los mejores que el dinero no puede comprar."

Fuimos al almacén principal, no al que nos encerraron, sino a la gran bodega donde guardábamos los excedentes y las cosas viejas. Le pedí a Arturo que buscara las latas de comida más viejas, esas que llevaban años acumulando polvo, con las etiquetas descoloridas y las fechas de caducidad borradas por el tiempo.

"Estas de aquí, patrona. Son de hace cinco, quizás seis años. Las guardamos para emergencias, pero nunca las usamos."

"Perfecto," dije. "Ahora, las cobijas. Trae las más viejas, las que están apolilladas y llenas de agujeros. Las que usamos para los perros."

Arturo no hizo preguntas. Simplemente obedeció. Juntos, llenamos varias cajas de cartón con la basura más selecta: comida incomible, ropa rota, herramientas oxidadas y un par de radios viejas sin baterías. Empacamos todo con cuidado, como si fuera un tesoro. Era una broma macabra, y una pequeña parte de mí disfrutaba cada segundo.

Cuando terminamos, llamé a Camila. Entró al estudio y sus ojos se abrieron de par en par al ver las cajas.

"¡Mami! ¡Es... es muchísimo!" exclamó, corriendo a abrazarme.

Me mantuve rígida bajo su contacto.

"Te dije que me encargaría, mi amor."

"¡Gracias, gracias, gracias! Eres la mejor madre del mundo," dijo, su voz llena de una gratitud tan falsa como las provisiones en las cajas. Era una actriz consumada.

"Ahora, solo necesito que me prestes la camioneta para llevarles todo," dijo, ya soltándome y mirando las cajas con avidez.

La miré, mi rostro una máscara de preocupación fingida.

"Imposible, Camila. Lo siento. Arturo me dijo esta mañana que la camioneta tiene una falla en el motor. Con la tormenta que se acerca, sería un suicidio intentar conducir hasta allá. Es demasiado peligroso."

La sonrisa de Camila se desvaneció.

"¿Qué? ¿Pero cómo... cómo se supone que voy a llevarles esto?"

Me encogí de hombros, mi expresión llena de un falso pesar.

"No lo sé, cariño. Tendrás que encontrar una manera. Quizás puedas llamar a un taxi, o pedirle a un amigo que te lleve."

Su rostro se contrajo en una mueca de ira. La fachada de niña dulce se resquebrajó, revelando la adolescente malcriada y egoísta que se escondía debajo.

"¡No puedo creerlo! ¡Haces todo esto solo para ponerme las cosas difíciles! ¡Siempre ha sido así! ¡No me quieres, solo me soportas!"

Sus gritos llenaron la habitación, pero esta vez, no me afectaron. No sentí culpa, ni tristeza. Solo una fría satisfacción.

"Yo ya cumplí mi parte, Camila," dije con calma. "Te di lo que pediste. El resto depende de ti."

Se quedó mirándome, con los ojos llenos de furia y frustración, completamente derrotada. No tenía un plan B. Nunca lo tenía. Siempre esperaba que yo resolviera todo por ella.

Pero esos días habían terminado.

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