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Portada de la novela La Fragilidad de un Amor

La Fragilidad de un Amor

Explora una conexión asombrosa que trasciende los límites de lo físico y lo tangible. Enmarcada en una vasta cosmología, esta relación se manifiesta en diversos relatos conectados a través de las eras y las galaxias. La historia invita a cuestionar si estas uniones son fruto de un destino inevitable o meras coincidencias. Vive una aventura de ciencia ficción y fantasía donde el romance florece en múltiples realidades a lo largo de toda la creación.
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Capítulo 2

Marianne Cooper POV

De los primeros días este era el más hermoso. Hacia la temperatura perfecta. Seguía pasando treinta y ocho grados a Phoenix, o eso parecía. Eché hacia atrás mi cabello dejando que la brisa refrescase mi piel.

No tenía mi próxima clase hasta dentro de unos treinta minutos, pero no quería ir a mi apartamento para llegar allí y tener que dar la vuelta de nuevo. Caminé a través del concurrido jardín, mirando a la gente hablar en grupos o practicar varias cosas.

Busqué un lugar para sentarme. La mayoría de los asientos parecían estar repletos de jóvenes adultos que apenas cabían. Desde luego, la mayoría de la gente del Carlchester College era de Crossport. Habían ido juntos al colegio. Eran amigos. Imagino que esto no habría hecho diferencia alguna independientemente del lugar al que hubiese ido. Nunca había tenido muchos amigos.

Finalmente encontré un banco con un único ocupante. Era alto y delgado, ligeramente atlético. Miré como el viento agitaba su cabello castaño rojizo. Pasó sus largos y delgados dedos por él, quitándoselo de la cara. Empujó hacia arriba sus gafas de sol sobre su nariz perfecta. Estaba muy pálido y me pregunté si sería de aquí. Desde luego que no, si lo fuese habría formado parte de algún grupo.

No sé que me impulso a hacerlo, solo decidí que quería hablar con ese apuesto hombre. ¿Qué es lo peor que podía pasar? ¿Qué se fuese?

—¿Está ocupado este asiento?— Pregunté luchando contra el impulso de girarme y echar a correr.

—No. Adelante.— Agitó su mano delante de él, como si me estuviese pidiendo que me sentase en su regazo. Sonreí, pero lo oculté rápidamente. Aun no me había mirado, me pareció extraño.

Me senté, utilizando mis brazos para apoyarme. Levanté mi rostro hacia el cielo dejando que el sol cayese de lleno contra mi piel marfil. —¿Hace un día precioso, verdad?—

—Parece agradable.— Dijo de forma desinteresada. Todavía no me miraba, mantenía su vista hacia delante. Me preguntaba si era tímido.

Aspiré profundamente, expulsé el aire despacio. —El cielo es de un encantador azul.— Dije tratando de hacerle hablar.

—No lo sé.— Toda la calidez que antes había en su hermosa voz había desaparecido. Instantáneamente se puso rígido, como si fuese una estatua.

—¿Qué quieres decir?— Pregunté confundida. Miré su cara, tratando de buscar en su rostro por qué le había molestado tanto. ¿Yo no era más que una molestia para él?

—Soy ciego.— Declaró, levantándose rápidamente. Sacó su fino bastón rojo y blanco y comenzó a alejarse.

Llevó varios segundos en los que él se alejó, y unos pocos segundos más para entender lo idiota que era.—Oh… —Me levanté y caminé tras él. —Oh… Lo siento. He estado tan… ausente. No pretendía ofenderte.

—Está bien, tengo que ir a clase.—Casi gruñó. Me alegró que no pudiese ver cómo me estremecía tras él y al instante me sentí mal por pensar así.

—¿Quieres que te ayude?—Pregunté tratando de pensar en alguna forma de compensar lo idiota que había sido.

Giró su cara hacia mi voz, su expresión era bastante aterrada.— Escucha, he recibido un montón de ayuda a lo largo de mis dieciocho años. Estoy bien. Gracias.—Su hermosa mano encontró el picaporte de la puerta y la abrió.

En ese momento me detuve tras él. Podía sentir el escozor de las lágrimas en mis ojos. Suspiré, tratando de contenerlas hasta que no pudiese oírme.—Lo siento.— Repetí antes de dirigirme por el pasillo hacia los diminutos baños de señoras. Le lancé un último vistazo cuando pasé. Estaba inclinado contra la pared, con la mano sobre la cara. Sus labios formaban una línea apretada.

Me sentí culpable y al mismo tiempo lo rechacé todo. Entré en el cuarto y cerré la puerta. Me dirigí al espejo.

—¿Cómo puedes ser tan estúpida?—Le pregunté a mi reflejo. Las lágrimas se derramaban por mi cara. Cogí una de esas toallas de papel horriblemente ásperas de color marrón y me limpié la cara. Miré mi reloj, diez minutos, tenía tiempo suficiente para correr a mi clase.

Era un alivio sentarse en la pequeña clase de literatura. Aquí me sentía a salvo. Rodeada de libros y mis ídolos, saqué mi ordenador portátil para prepararme. No paso mucho tiempo hasta que el profesor llegó, farfullando algo sobre resúmenes. Me dejé perderme en sus palabras, incluso si eran algo aburridas. La mayoría de los libros ya los había leído, varias veces algunos. Al menos sería fácil.

Un día menos, cuatro años por delante.

Todo lo que quería hacer era arrastrarme hacia mi cama. Abrí cansinamente la puerta de mi apartamento solo para ser asaltada por mi nueva compañera de habitación. Era bastante agradable, si no un poco chiflada.

—¡Hey— ¡Aquí estas! Solo quería decirte que vamos a tener una reunión esta noche. Solo un pequeño grupo de amigos, no más de veinte personas ¿No crees que es buena idea?—Dijo tan deprisa que tuve que esforzarme por pillarlo todo.

—De acuerdo. Pásatelo bien. Estaré en mi cuarto.—Bostecé arrastrando mis pies por la sala de estar.

—¡Ah, venga! ¡No tienes que hacer nada, solo salir de tu habitación! ¡Será divertido, Marianne! No conoces a nadie ¿No crees que será agradable?—Amanda saltó a mi lado, tomándome del brazo.

Solo había conocido a ese pequeño duendecillo y bola de energía durante una semana, pero ahora, estaba segura de que pensaba que éramos amigas. Me agradaba, aunque era demasiado niña para mí.

—Bien, aunque voy a tomar una siesta. Tuve una especie de mal día.—Me alejé de ella, escabulléndome en mi habitación. Agradecida me puse sobre el colchón, abrazando fuertemente la almohada contra mi pecho.

—¿Qué pasó?—Preguntó desde la puerta. Podía decir que estaba realmente interesada y eso me hizo sentir mejor.

—Ah, solo que antes he hecho el idiota delante de un tío que estaba realmente bueno.—Refunfuñé contra la suave almohada.

—¡Todos tenemos de esos días! Todo irá mejor.—Dijo alegremente cerrando la puerta tras ella. La oí saltar por el hall.—¡Hay, Jason! ¿Podías ir a por las bebidas?

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