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Portada de la novela La Fragilidad de un Amor

La Fragilidad de un Amor

Explora una conexión asombrosa que trasciende los límites de lo físico y lo tangible. Enmarcada en una vasta cosmología, esta relación se manifiesta en diversos relatos conectados a través de las eras y las galaxias. La historia invita a cuestionar si estas uniones son fruto de un destino inevitable o meras coincidencias. Vive una aventura de ciencia ficción y fantasía donde el romance florece en múltiples realidades a lo largo de toda la creación.
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Capítulo 3

Edgard Barrington

Encontré el camino de vuelta a mi dormitorio con facilidad. Por suerte me encontraba en la planta baja. Era bastante pequeño y me alegraba de que estuviese limpio. Al menos mi nuevo compañero de habitación me respetaba lo suficiente como para no ser un guarro. Si no habría tenido que moverme de otra manera.

Me senté sobre mi cama y saqué la grabadora de mi mochila. Comencé a rebobinarla para poder escuchar la conferencia de nuevo. Había tenido un día bastante fácil pero estaba segura de que tendría otros difíciles.

Los primeros acontecimientos se reprodujeron en mi mente. Esa pobre muchacha solo trataba de ser agradable conmigo y yo fui un idiota. Fue una gran manera de comenzar mi carrera universitaria.

La puerta se abrió, dejando que el aire caliente del hall entrase precipitadamente. Hice una cara a la pegajosidad pero no dije nada. Los pasos ahora familiares de mi compañero de habitación sonaron contra el suelo.

—Hey Edgard, tengo que ir a la tienda a comprar unas cosas para la fiesta de mi novia, ¿quieres venir conmigo?—Debía de haber cogido las llaves y la cartera, el metal hizo un fuerte ruido al chocar el uno contra el otro.

—No, está bien.—Apagué la grabadora y la metí de nuevo en la mochila.

Soltó un pesado suspiro.—Mira, mi novia está un poco loca y si no te llevo se enfadará. Ahora ¿Por favor podrías venir conmigo así no tendría que escuchar lo grosero de mi comportamiento durante toda la noche?—

Me reí un poco del podre chico de Texas. Había oído que llevaba dos años con ella, era ruidosa y responsable. Pero, siempre que ella le llamaba se derretía como la mantequilla. Era feliz con ella y yo estaba contento por él aunque un poco celoso. Eso era algo que yo nunca podría tener.

—Bien, pero solo porque no quiero meterte en problemas.

Coloqué con cuidado todo lo que necesitaba en mi bolsillo. Cartera, teléfono, llaves. Cogí mi bastón de nuevo, listo para andar por cualquier lugar que necesitásemos.

—Bien, primera parada, Brander. Luego casa de Amanda.—Sonaba tan aliviado. Reí entre dientes un poco, siguiéndole la corriente mientras me dejaba conducir por el aparcamiento.

No nos llevó mucho tiempo conseguir lo que necesitábamos. Siempre me había gustado el frescor de los congeladores de este tipo de tiendas. Jason siempre lograba mantener una conversación fácil y cómoda. Era una de las pocas personas que no parecían nerviosas conmigo.

—Entonces ¿Qué es exactamente lo que haces, comandante?—Pregunté mientras me ayudaba a subir a la camioneta.

—Historia y educación. Quiero ser profesor.

—Veo que planeas pasar en el colegio el resto de tu vida.—Dije sarcásticamente. Rió mientras le devolvía la vida a la camioneta.

—Hay cosas peores.—Dijo, con un considerable acento. Disfruté escuchándole. Especialmente cuando decía algo que llevaba una M .

Fui saludado por el alto tono de su novia y un fuerte abrazo. Olía como a piña y azúcar. Al menos era un olor agradable. Parecía bastante baja.—Hola, soy Amanda. Tú debes de ser Edgard. Es un placer conocerte.

—Gracias.—Murmuré, separándome de su abrazo. Tomó mi mano y me llevó al sofá. Estas personas parecían cómodas conmigo, era sorprendente. Normalmente no me gustaba ser el centro de atención, pero con ellos no me importaba tanto.

Mis padres siempre se quejaban de que era demasiado independiente. Odiaron que me mudase aquí. Cuando les dije que tenían el mejor programa de música y una beca completa, cedieron. Sabía que el dinero no era un problema pero, conseguí esto y quería hacerlo por mí mismo.

Cada vez comenzó a llegar más gente, el nivel de ruido aumentó. La música comenzó a sonar y las risas se extendieron alrededor de mis sensibles oídos. Jason me trajo una coca cola, preguntándome si me encontraba bien. Simplemente asentí y debió de ser suficiente para él porque desapareció de nuevo.

La gente se sentaba un momento y luego se iba. Unas pocas personas me saludaban, luego, no volvían a hacerme caso. Yo era la causa. Supongo que me lo merecía después de la forma tan idiota en la que actué hoy. Apoyé la cabeza hacia tras escuchando la música adormidera que realmente no me gustaba.

Oí unos pasos que llegaron frente a mí. Eran delicados, probablemente de una mujer. Un delicioso aroma de fresas me envolvió.

—¿Estaría bien si te pidiese disculpas de nuevo?

—Solo si puedo disculparme yo primero.—Dije con una pequeña sonrisa triste. Sentí que los cojines a mi lado se hundían mientras ella se sentaba. Estaba bastante cerca, podía sentir el calor emanar de su cuerpo.

—¿Por qué tienes que pedir perdón? Fui yo quien te ofendió.—Dijo con tristeza y un poco confundida.

—He sido así toda mi vida. Debería de estar acostumbrado. Tu no sabias nada. He sido un idiota y por eso te pido perdón.—

—Acepto tus disculpas con una condición.—Su voz cambió haciéndose más suave y más dulce.

—¿Cual?—Incliné mi cabeza a un lado, más cerca de ella.

—Si tu aceptas las mías.—Rió un poco. Sonreí por el sonido.

—Sí, desde luego. A propósito, soy Edgard.—Extendí mi mano para que pudiese cogerla si quisiese. Ella no lo sabía, pero esto me decía mucho más que las palabras. Se podía aprender mucho de las manos de alguien.

Su pequeña y fría mano se deslizó en la mía. La sujetó con fuerza sin demostrar signos de timidez o nerviosismo. Llevé mi otra mano para que descansase sobre la de ella. La arrastré con un cuidado excesivo sobre la suya, bajando hasta las puntas de sus dedos.

Eran largos y delgados. Sus uñas eran bastante cortas y no estaban pulidas. Debía de mordérselas.

—Soy Marianne.—Dijo, inclinándose un poco hacia mí. Su respiración rozó mi cara y sonreí involuntariamente.

—Es un placer conocerte, Marianne.—Dije un poco formalmente. Su mano seguía descansando en mi palma. Era un tipo extraño de calor entre nosotros.

—También me alegro de conocerte.—Dijo sobre la música.—¿No eres de aquí verdad?—

—¿No es obvio?—Reí, despacio quité mi mano para que reposase sobre mi pierna.

—Bueno, no tienes acento sureño. Y no pareces formar parte de ningún grupo.—Dijo y podía decir que parecía sorprendida por ello. Aunque, no parecía que fuese a alejarse. Era una buena señal.

—Soy de Chicago. Tu tampoco eres de aquí ¿verdad?—Pregunté suavemente. Volví mi cara hacia ella así podía escucharla mejor.

—No, soy de…

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