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Portada de la novela La Farsa del Esposo Perfecto

La Farsa del Esposo Perfecto

Sofía disfrutaba de un matrimonio soñado con Mateo mientras aguardaba la llegada de sus gemelos. Su mundo se derrumba cuando descubre, mediante su prima Isabella, una conspiración cruel: ambos son amantes y pretenden arrebatarle a sus bebés por una herencia. Al entender que solo la usan como incubadora, su desolación se vuelve sed de justicia. Bajo una fachada de sumisión, Sofía planea una huida estratégica para proteger a sus hijos y escapar de la traición.
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Capítulo 2

El aire acondicionado de la clínica zumbaba suavemente, un sonido frío que no lograba calmar el temblor de mis manos. Sostenía el resultado del ultrasonido, dos pequeñas manchas grises que, según el doctor, eran la promesa de mi futuro, de nuestro futuro.

Gemelos.

La palabra resonaba en mi cabeza, una melodía tan dulce que parecía irreal.

Cuando le di la noticia a Mateo, sus ojos brillaron con una intensidad que no le había visto en años. Me levantó en brazos, girando conmigo en medio de la sala hasta que el mundo se convirtió en un borrón de felicidad.

"¡Sofía, mi amor! ¡Me has hecho el hombre más feliz del mundo! ¡Dos a la vez! ¿Puedes creerlo? ¡Dos herederos!".

Sus palabras eran música, un bálsamo para todas las pequeñas dudas que a veces me asaltaban en la oscuridad de la noche, cuando él llegaba tarde de la "oficina". Todo parecía perfecto, una vida de telenovela. Éramos la pareja envidiada, el matrimonio sólido, el futuro asegurado. Mateo, el esposo devoto y trabajador, y yo, Sofía, la mujer que lo tenía todo.

Esa noche, mientras Mateo dormía profundamente a mi lado, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, su teléfono vibró en la mesita de noche. Normalmente, nunca lo tocaría, respetaba su privacidad como él, supuestamente, respetaba la mía. Pero la pantalla se iluminó con un mensaje que no pude ignorar.

Era de "I". Un simple corazón acompañaba la notificación.

Sentí una punzada extraña, una curiosidad que me quemaba por dentro. Con el corazón latiéndome en la garganta, tomé el teléfono. Sus dedos no lo habían bloqueado. Una confianza que de pronto se sintió como una burla.

Abrí el chat.

Y el mundo se vino abajo.

No eran solo mensajes de amor, eran planes, secretos. Y luego, la imagen. Una ecografía. Fechada de hacía solo dos días. Claramente se veían dos sacos gestacionales, igual que en la mía. Bajo la imagen, un texto que me heló la sangre.

"Nuestros bebés están creciendo fuertes, mi amor. Pronto seremos una familia y toda la fortuna será nuestra. Sofía no sospecha nada, cree que los gemelos son suyos. Qué tonta".

La firma era de Isabella. Mi prima.

La que me sonreía en las reuniones familiares, la que me abrazaba y me decía lo feliz que estaba por mi embarazo. La que, al parecer, compartía a mi esposo y ahora, un embarazo simultáneo.

El aire se me escapó de los pulmones. Tuve que taparme la boca para no gritar. El teléfono se resbaló de mis dedos sudorosos y cayó sobre la alfombra sin hacer ruido, pero en mi cabeza el estruendo fue ensordecedor.

Mateo se movió en la cama, murmurando algo en sueños. Probablemente el nombre de ella.

Todo era una mentira. Mi matrimonio, mi embarazo, mi felicidad. Era un peón en su juego macabro por una herencia. Mis "gemelos" no eran míos, eran de ella. Y yo era solo la incubadora socialmente aceptable para presentar a los herederos.

Al día siguiente, con los ojos hinchados de llorar en silencio, llamé a la clínica que aparecía en la esquina de la ecografía de Isabella, una diferente a la mía. Mi voz temblaba mientras me hacía pasar por ella.

"Hola, buenos días. Hablo para confirmar mi cita de seguimiento, soy Isabella Reyes".

"Claro, señorita Reyes", respondió la recepcionista con amabilidad. "La esperamos el próximo martes a las 10 a.m. para revisar cómo van sus gemelos. ¿Todo bien con el embarazo?".

Colgué. La confirmación fue como un golpe final.

Esa tarde, Mateo llegó a casa con un enorme ramo de rosas rojas, mis favoritas. Su sonrisa era la de un actor consumado. Me abrazó, besó mi frente y acarició mi vientre con una ternura que me provocó náuseas.

"Para la mujer más hermosa y la futura madre de mis hijos", dijo, su voz cargada de una emoción falsa. "Mi abuelo está fascinado con la noticia. Ha dicho que sus herederos tendrán todo lo que deseen. Nuestra vida está a punto de cambiar para siempre, Sofía".

Su preocupación por el dinero, por la herencia, era tan evidente ahora. Cada palabra era un recordatorio de su traición. Lo miré, tratando de encontrar al hombre del que me enamoré, pero solo veía a un extraño, un monstruo vestido con la piel de mi esposo.

Para probar mi última pizca de esperanza, le pregunté con voz temblorosa.

"Mateo... ¿y si... y si el doctor se equivocó? ¿Si solo es un bebé?".

Su sonrisa se tensó por una fracción de segundo. Sus ojos se oscurecieron antes de recuperar la compostura.

"No digas eso, mi amor, ni de broma", respondió, forzando una risa. "El doctor fue muy claro, son gemelos. Dos campeones. No pienses en cosas negativas, el estrés no es bueno para ti ni para ellos".

Su insistencia en los "gemelos" era la prueba definitiva. En ese momento, sentí un calambre agudo en el vientre, un dolor tan real que me dobló. El estrés, la traición, el dolor... mi cuerpo estaba gritando lo que mi voz no podía.

Justo en ese instante, su otro teléfono, el que guardaba en su maletín, comenzó a sonar. No era el tono habitual, era una melodía específica, una canción de bachata que Isabella y yo solíamos bailar en las fiestas familiares. Un recuerdo que ahora se sentía sucio, manchado.

Era su tono especial para ella.

Y supe que el siguiente capítulo de esta pesadilla estaba a punto de comenzar.

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