
La Farsa del Esposo Perfecto
Capítulo 3
Esa melodía de bachata, tan alegre y pegajosa, se convirtió en el sonido de mi desgracia. Recordé de golpe todas las veces que había sonado ese teléfono "del trabajo" y Mateo se había apartado para contestar con susurros, siempre con la excusa de un negocio importante, un cliente difícil.
"Es un cliente muy especial, Sofía, necesita atención 24/7", me decía.
Y yo, la tonta, le creía.
La canción seguía sonando, insistente. Mateo me miró, su rostro una máscara de preocupación por mi repentino malestar, pero sus ojos delataban su prisa por contestar.
"Ahora vuelvo, mi vida. Seguramente es de la oficina, para variar".
Se levantó y caminó hacia el estudio, cerrando la puerta tras de sí. El dolor en mi vientre era real, pero una nueva determinación lo superó. No iba a quedarme aquí, llorando mi desgracia. Necesitaba verlo, necesitaba que la realidad me golpeara en la cara con toda su fuerza para poder despertar de esta mentira.
Con cuidado, me puse de pie y lo seguí. Me detuve junto a la puerta del estudio, conteniendo la respiración. Lo escuché hablar en voz baja, su tono era meloso, lleno de un cariño que ya no era para mí.
"Sí, mi reina... No, claro que no... Ella no sospecha nada... Solo un pequeño malestar, es normal en su estado... Pronto, mi amor, muy pronto nuestros hijos y nosotros tendremos la vida que merecemos... Sí, yo también te amo".
Cada palabra era un puñal. Salí de la casa sin hacer ruido, mis pies moviéndose por sí solos. Me subí al coche y esperé. A los pocos minutos, la puerta principal se abrió y Mateo salió, hablando por teléfono, riendo. Se subió a su auto y arrancó.
Lo seguí.
Mi corazón latía con una fuerza brutal contra mis costillas. Mis manos se aferraban al volante con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. Condujo hacia una de las zonas más exclusivas de la ciudad, deteniéndose frente a un pequeño y lujoso café al aire libre.
Mientras buscaba un lugar para estacionarme sin ser vista, vi a la señora Domínguez, una vieja amiga de su familia, acercarse a él. Le dio un abrazo y le dijo algo que alcancé a leer en sus labios.
"Qué buen esposo eres, Mateo. Siempre tan atento con Sofía".
Él sonrió, asintiendo con modestia, el perfecto retrato de la decencia. Una farsa. Todo era una maldita farsa.
Finalmente, encontré un lugar al otro lado de la calle, con una vista perfecta de la mesa donde él se sentó. Y entonces, la vi.
Isabella.
Caminaba hacia él con esa arrogancia que siempre la había caracterizado, pero ahora había algo más. Un aire de triunfo. Llevaba un vestido ceñido que no dejaba lugar a dudas sobre su avanzado embarazo, tan avanzado como el mío. Se sentó frente a él y Mateo le tomó las manos sobre la mesa, sus miradas se encontraron en una intimidad que me revolvió el estómago.
Incliné el asiento hacia atrás, escondiéndome, pero no podía dejar de mirar.
Los vi reír. Vi cómo él le acariciaba la mejilla. Vi cómo él se inclinaba para besar su vientre, el vientre que llevaba a "sus" hijos.
"Nuestro plan está funcionando a la perfección", lo escuché decir, su voz flotando en el aire de la tarde. "Mi abuelo está encantado. Una vez que los bebés nazcan y los presentemos como tuyos y míos, la herencia estará asegurada. Solo un poco más de paciencia, mi amor".
"¿Y qué pasará con ella?", preguntó Isabella, con un toque de veneno en su voz.
"Sofía hará lo que yo le diga", respondió Mateo con una frialdad que nunca le había conocido. "Cuando llegue el momento, la convenceré de un parto prematuro. Coordinaremos todo. Tus hijos nacerán y diré que son nuestros gemelos. Ella es tan noble y confiada que ni siquiera lo cuestionará".
Noble y confiada. Las palabras que antes eran un halago ahora sonaban como un insulto. Estúpida e ingenua.
Recordé todas las veces que mi familia me advirtió sobre la ambición de Mateo, sobre la envidia de Isabella. Recordé sus juramentos de amor eterno en el altar, sus promesas susurradas en la noche. Todo mentira. Una red de engaños tejida a mi alrededor con la complicidad de la persona que más debería haberme protegido.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia y humillación. Me sentía tan estúpida, tan ciega.
En ese momento, como si sintiera mi mirada, Isabella giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos a través del parabrisas. No había sorpresa en su rostro, ni miedo.
Solo una sonrisa.
Una sonrisa pequeña, cruel y deliberada. Una sonrisa que decía: "Gané. Te lo quité todo".
Ese gesto fue el golpe de gracia. El dolor, la tristeza, todo se convirtió en una furia helada. Ya no había vuelta atrás. Esta guerra acababa de empezar, y aunque no sabía cómo, sabía que no iba a dejar que se salieran con la suya.
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