Portada de la novela La Esposa trofeo del CEO

La Esposa trofeo del CEO

9.7 / 10.0
Bianca Rizzo vive una pesadilla tras ser entregada a Nathaniel Giordano, un empresario de hielo, como moneda de cambio por las deudas de su padre. Atada a un contrato implacable, su única salida para salvar a su progenitor es dar a luz al heredero del clan. Oculta tras una identidad falsa y usando la seducción como arma, Bianca intentará cautivar a su esposo. En este oscuro juego de poder y traiciones, ella arriesgará su corazón y su vida por la libertad.

La Esposa trofeo del CEO Capítulo 1

Bianca siempre había tenido sueños y en ninguno de esos

sueños y anhelos de su juventud estaba vestirse de novia, sin embargo, estaba

pasando. Estaba ahí parada en medio de un salón con su vestido blanco y su velo

de encaje. El bouquet de rosas en sus manos temblorosas y su falta de emoción

en la cara. Trataba de ver a los invitados a aquella de farsa pero sus caras no

quedaban grabadas. Su “novio” al lado, apenas lo conocía de hacía una semana

atrás y si bien era rico y guapo no era razón suficiente para casarse con él.

Al menos eso era lo que ella creía. —Aquel que se oponga a este matrimonio,

hable ahora o calle para siempre. –Bianca quería decir que ella era quien se

oponía a ese matrimonio. Veía de un lado a otro y ahí estaba su papá, feliz de

que ella estuviera contrayendo matrimonio. Le parecía irreal. La iglesia estaba

decorada con lazos y flores. La familia de Nathaniel también sonreía. El pastor

de aquella iglesia seguro ni sabía los motivos que los habían llevado al altar,

pero ya que cumplieron con todo el curso pre-matrimonial, no había motivos para

parar aquella boda. —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Yo

los declaro “Marido” y “Mujer”. Puede besar a la novia. —Bianca se tensó al ver

como Nathaniel le quitaba el velo encima del rostro y se acercaba a ella para

besarla. Sus labios eran fríos, y parecía que aquel beso solo lo hacía para

cumplir un patrón, un formato. Lo que se esperaba. —Damas y caballeros, es un

placer presentarles al señor y la señora Giordano. —Una farsa. Tomándola de la

mano, Nathaniel, sin decir una palabra, se dispuso a salir por el pasillo de la

iglesia con ella. Caminó por inercia. Las personas los felicitaban. Subieron al

auto para irse a la fiesta de recepción. El silencio se hizo extremo, así que

él fue el primero en hablar. 

—¿Estás bien? Debes admitir que de este matrimonio quien

sale ganando eres tú. Tendrás el apellido Giordano, dinero y muchos lujos, es

mucho más de lo que alguien en tu posición puede aspirar a tener.

—¿Alguien de mi posición? ¿Te refieres a la hija de un

mayordomo? ¿Según tú debería ser una criada en lugar de tu esposa?

Él no respondió y su silencio hizo que le dieran náuseas.

Tal vez él no la amara nunca pero no era mucho pedir que al menos la respetara.

Ella también había sido llevada a hacer algo en contra de su voluntad. —Me iré

esta noche.

—Quisiera pedirte algo. -dijo y él la miró con atención

mientras ella se quitaba el velo. —Quiero estudiar administración. Siempre he

querido ser una ejecutiva y aún estoy a tiempo de inscribirme en la

universidad.

—No necesitas estudios si lo que eres es una esposa trofeo.

Bianca sabía que era más que eso, podría ser más si tuviera

las oportunidades a su alcance. —Entonces no vas a ayudarme.

—No. Creo que ya te ayudé bastante.

Le causó asco el pensar de que ahora su vida estaba reducida

a ser lo que otra persona quería, un ornamento social y nada más. —Quiero saber

¿Me serás infiel?

—Seguramente.

—Así que según tú, que yo sea tu esposa es suficiente

premio. No tengo derecho a expandir mis horizontes ni a pensar por mi cuenta.

Solo debo sentarme donde tus padres me digan, lucir bonita y sonreír. ¿Eso es

ayudarme?

Nathaniel no le contestó a su esposa, ella asumió que su

silencio era de un “SÍ” —¿Tan desagradable es casarte conmigo? –Respondió él

viendo que ella quedaba en silencio nuevamente. Bianca no quiso preguntar nada

más, solo esperó que el chófer siguiera su camino. Ignorada. En el día de su

matrimonio. Al bajar, la expresión de su esposo cambió por completo, sonrisas,

felicidades, estaba ganándose el Óscar a “Mejor actor” pues estaba portándose

como un absoluto hipócrita. Mientras todos celebraban excepto ella, se alejó

del salón para pensar que la había llevado a estar en aquella situación. 

Todo el mundo conocía a los Giordano. Eran una familia

millonaria y dueña del grupo tecnológico “Gamma” dedicados a las

telecomunicaciones. Quienes gerenciaban aquel complejo, Ignazio y Carmenza

Giordano no eran los dueños absolutos ya que todo le pertenecía a Nathaniel,

pero solo sería suyo si cumplía con los requisitos de la herencia de su abuelo.

Ella no era de su misma clase, solo la hija de un hombre que un tiempo estuvo

al servicio de los Giordano, y aunque había renunciado muchos años atrás, los

Giordano seguían mandándole dinero para que la cuidara a ella.

Cuando Bianca cumplió la mayoría de edad supo que su papá

había negociado su matrimonio desde que ella tenía doce y habían ido por ella.

Quería irse a estudiar a Cambridge y se había esforzado por lograr ese sueño,

por lo que cuando su padre le dijo que se casaría con él, hubo un sinfín de

quejas y “peros”.  Y sin embargo, aunque

se negó en redondo, no obtuvo lo que quería, un contrato la dejaba atada para

siempre a Roma. Cuando conoció en persona a su futuro esposo decidió que no era

su tipo, sin embargo, en esa misma semana sería su boda. Días anteriores

tuvieron su ceremonia por civil, y ahora, luciendo el vestido de novia que ni

siquiera puedo escoger sino que su suegra le impuso, y la fiesta que querían

los Giordano, se casaba con alguien que no amaba. —Dios. Por favor. –Suspiró

mirando al cielo. —Sé que no es el matrimonio como debe ser. Un hombre y una

mujer deben amarse, y prometerse fidelidad en las buenas y en las malas. Es lo

que me enseñaron. Por lo que sé que esto es un chiste muy malo. —Escuchó el

carraspeo y una ligera tos y volteó muy nerviosa viendo a su suegra. La mujer

estaba impoluta. Alta, sus pómulos estaban elevados, pensó Bianca, seguramente

por cirugía. Era igual a su hijo, misma mirada fija y de juzgar, se paseaba por

todo el cuerpo de Bianca, evaluándola. 

—Serás una buena esposa para mi hijo. Ahora hablemos de tus

deberes. Ya sabes lo que tienes que hacer. Él no quiere, pero ya que eres su

esposa, se esperará que pronto des a luz a un heredero. 

—¿Nathaniel no quiere tener hijos? –Se dio cuenta de lo poco

que conocía a su esposo. —Lo siento señora Carmenza. Solo quiero saberlo.

—El trato se hizo, compórtate ahora como la señora Giordano.

¿Entendido? –La dejó sola y Bianca suspiró para luego sacarse el velo de la

trenza que tenía hecha en su cabellera rubia. Echó un vistazo a toda la ciudad.

La arquitectura de Roma le fascinaba, ahí, en donde vivió toda su vida le

parecía imposible que estuviera pasando aquel momento de fastidio. 

La fiesta le parecía insulsa, por lo que ponerse ebria hasta

el fondo fue como una buena idea. Bebiendo una copa tras otra trató de pensar

en que podría hacer para salir de aquel aprieto. Buscó a su esposo en medio de

la fiesta y se acercó al verlo. —No tendremos noche de bodas. -Dijo ella

mirándolo directo a la cara un tanto achispada. —no quiero acostarme contigo.

—Yo tampoco.  –A pesar

de que la primera negativa fue de ella, Bianca asintió al oír las palabras de

Nathaniel y lo miró algo confundida. —No voy a tocarte. Tendrás la protección

de mi apellido y dinero, pero en lo que a mí respecta, tú y yo no somos marido

y mujer. No te preocupes porque quiera acostarme contigo, porque no lo haré.

—Cómo quieras. ¿Habitaciones separadas? –Vió que asintió, la

fiesta siguió adelante y en cuanto se fueron, al llegar con él al hotel, tomó

la primera llave que le ofrecieron y subió. Había mucho que no comprendía, pero

algo sí sabía, iba a ser una esposa virgen por el resto de su vida (eso no le

desagradaba porque prefería cortarse una mano antes que acostarse con un hombre

que no amaba). Aunque quizá tuviera un par de cosas buenas. Se quitó su vestido

y se acostó. Sin duda iba a cambiar las cosas a su favor en algún punto y

aunque no fuera al día siguiente, o al mes que seguía o en un año, sabía que

lograría sacar la fuerza necesaria como para enfrentarse al mundo y conseguir

beneficios de aquel trato en dónde la habían movido de un lado a otro como un

maldito peón. 

Si había algo que regía su vida de principio a fin es que

siempre era una pieza para el juego de alguien más, pero ahora era adulta, una

mujer, y tenía que buscar sus propias metas, sueños y beneficios. Y ya que a

nadie le pareció importar lo que ella sentía o lo que quería, era mejor que

tampoco pensara en los demás. 

Eran obstáculos, y pensar en lo que un obstáculo quería o

sentía era una pérdida de tiempo. Y estaba segura de que no quería acabar como

otras mujeres con el corazón lleno de dolor y el alma rota. Tenía que surgir,

levantarse y empoderarse, después de todo, ahora era una Giordano y como tal

pertenecía a una familia poderosa. 

Aunque fuera solo de nombre.

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