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Portada de la novela La esposa olvidada renace

La esposa olvidada renace

Sofía lo sacrificó todo para hallar a su marido, solo para descubrir que Ricardo y su hermanastra Mariana planearon su desaparición. Tras ser torturada y ver morir a su mascota, es lanzada al océano. No obstante, sobrevive al intento de asesinato y es rescatada con evidencias de la traición. La esposa vulnerable queda atrás; ahora emerge una mujer decidida a obtener el divorcio y ejecutar una venganza implacable contra quienes buscaron destruirla.
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Capítulo 2

Vendí la casa de mi abuela, el único lugar que sentí como un hogar, y usé hasta el último centavo para pagarle a un informante que me prometió noticias de mi esposo, Ricardo Torres.

Hacía cinco años que su barco, el "Tritón", había desaparecido en una tormenta anómala en el Golfo, y desde entonces, mi vida se había convertido en una búsqueda desesperada.

Todos lo dieron por muerto, todos menos yo.

El informante, un tipo de aspecto sombrío con ojos que parecían saberlo todo, me dio una dirección.

"Está vivo, Sofía", me dijo mientras contaba los billetes, "esta noche estará en el bar del Hotel Grand Marino, celebrando".

Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de una esperanza abrumadora que me hizo temblar.

¿Celebrando qué?

No importaba, lo único que importaba era que estaba vivo.

Corrí al hotel, con el corazón latiéndome en la garganta y las manos sudorosas, sin importarme mi ropa sencilla y gastada en medio de tanto lujo.

El bar era un lugar de luces tenues, música suave y gente riendo con copas caras en la mano.

Y entonces lo vi.

Ricardo.

Estaba de espaldas a mí, en una mesa apartada, pero reconocería esa silueta, esos hombros anchos, en cualquier lugar.

No estaba solo.

A su lado, casi pegada a él, estaba mi hermanastra, Mariana Romero.

Me detuve detrás de una columna de mármol, sintiendo que el aire me faltaba.

¿Qué hacía Mariana con él?

Me acerqué lo suficiente para escuchar sus voces, una mezcla de susurros y risas que me helaron la sangre.

"¿Viste su cara cuando firmó los papeles de la casa?", decía Mariana, con una voz cargada de veneno dulce, "parecía un perrito pateado, a punto de llorar".

Ricardo soltó una carcajada, un sonido que antes amaba y que ahora me resultaba monstruoso.

"Se lo merecía, mi amor", respondió él, y le acarició la mejilla, justo sobre la fina cicatriz que ella tenía desde la adolescencia, "todo lo que ha sufrido es poco comparado con lo que te hizo a ti y a tu madre".

"Esa estúpida realmente creyó que habías desaparecido", continuó Mariana, "gastó todo su dinero, vendió la única propiedad de valor que le quedaba, solo para buscar a un fantasma. Qué patética".

Ricardo asintió, su rostro endurecido por un odio que nunca antes le había visto.

"Cinco años, Mariana. Cinco años fingiendo mi muerte, moviendo hilos desde las sombras para arruinarla a ella y a los Romero, para que pagara por cada lágrima que derramaste. Y funcionó, ahora no tiene nada, está sola y desesperada, justo como la quería".

Mi mundo se hizo pedazos en ese instante.

Cada sacrificio, cada noche sin dormir, cada deuda que acumulé para pagar a los equipos de búsqueda, cada oración... todo había sido una mentira.

Una venganza cruel y elaborada.

Salí de mi escondite, mis pasos resonando en el silencio que se había formado en mi cabeza.

Ambos se giraron al verme, la sorpresa inicial en sus rostros fue reemplazada rápidamente por desprecio en el de Ricardo y por una sonrisa triunfante en el de Mariana.

"Sofía", dijo Ricardo, su voz fría como el hielo.

"¿Por qué?", fue lo único que pude articular, las lágrimas nublándome la vista.

"¿Por qué?", repitió él, levantándose de la silla, "¿todavía tienes el descaro de preguntar por qué? Por lo que le hiciste a Mariana, por la cicatriz que arruinó su rostro, por la humillación que le causaste a su familia".

Miré a Mariana, que se tocaba la cicatriz con un gesto dramático, una herida casi invisible que, según ella, le había impedido convertirse en una famosa actriz.

Un accidente estúpido en la cocina cuando éramos adolescentes, del cual yo no tuve la culpa, se había convertido en el motor de su venganza.

"Yo no...", intenté defenderme, pero mi voz se quebró.

"Quiero el divorcio, Ricardo", dije finalmente, con la poca fuerza que me quedaba.

Ricardo se rio, una risa amarga y cruel.

"¿Divorcio? ¿Crees que te vas a librar de mí tan fácilmente? No, Sofía. Tú y yo estamos casados ante la ley y la sociedad. Eres mi esposa, y ahora que he vuelto de entre los muertos, vas a cumplir con tus obligaciones. Vas a pagar por todo lo que hiciste".

Su amenaza flotó en el aire, pesada y sofocante.

Mariana se levantó y se acercó a mí, su rostro fingiendo una compasión que me revolvió el estómago.

"Sofía, hermana, no seas así", dijo con dulzura, "Ricardo solo está dolido, ha sufrido mucho. Deberías entenderlo".

Extendió la mano para tocar mi brazo, pero la aparté con un movimiento brusco.

"No me toques", siseé.

El gesto de Mariana cambió, su máscara de dulzura se cayó para revelar una ira fría.

"¡Me empujó!", gritó, tropezando hacia atrás a propósito y cayendo en los brazos de Ricardo.

"¡Ya basta!", rugió Ricardo.

Su mano se movió tan rápido que no la vi venir.

El golpe en mi mejilla fue seco y doloroso, el sonido resonó en el bar silencioso.

Caí al suelo, más por la conmoción que por la fuerza del impacto.

El dolor en mi cara no era nada comparado con el dolor que destrozaba mi corazón.

Ricardo me miró desde arriba, sus ojos llenos de un desprecio absoluto.

"Aprenderás a respetarnos a ambos", dijo, "ahora levántate, nos vamos a casa".

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