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Portada de la novela La esposa olvidada renace

La esposa olvidada renace

Sofía lo sacrificó todo para hallar a su marido, solo para descubrir que Ricardo y su hermanastra Mariana planearon su desaparición. Tras ser torturada y ver morir a su mascota, es lanzada al océano. No obstante, sobrevive al intento de asesinato y es rescatada con evidencias de la traición. La esposa vulnerable queda atrás; ahora emerge una mujer decidida a obtener el divorcio y ejecutar una venganza implacable contra quienes buscaron destruirla.
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Capítulo 3

Ricardo me arrastró fuera del hotel y me metió en un coche lujoso que nunca había visto.

El viaje a la que ahora era "nuestra casa", una mansión frente al mar que claramente había comprado con el dinero de su supuesta muerte, fue un silencio tenso y humillante.

Yo miraba por la ventana, con la mejilla ardiéndome, sintiéndome como una extraña en mi propia vida.

Al llegar, Mariana ya estaba allí, esperándonos en la sala de estar como si fuera la dueña del lugar.

"Ricardo, querido, creo que Sofía me debe una disculpa", dijo Mariana, examinándose las uñas con aire aburrido.

Ricardo me agarró del brazo, su agarre era como un torniquete.

"Ya la oíste. Discúlpate".

Me quedé en silencio, la humillación era una bola apretada en mi garganta.

"¡Que te disculpes!", gritó, apretando más fuerte.

El dolor me hizo doblegar.

"Lo... lo siento, Mariana", susurré, sin mirarla a los ojos.

Mariana sonrió.

"No es suficiente. Quiero que te arrodilles".

Miré a Ricardo, buscando un rastro de la persona de la que me enamoré, pero solo encontré un vacío frío.

"Hazlo", ordenó él.

Mis rodillas golpearon el frío suelo de mármol, cada centímetro de mi cuerpo gritando en protesta.

"Lo siento", repetí, mi voz muerta.

"Así está mejor", dijo Mariana, satisfecha. "Por cierto, Ricardo, el doctor dijo que el susto me provocó una crisis nerviosa. La consulta y los medicamentos son bastante caros".

Lanzó una receta sobre la mesa de centro.

Ricardo la recogió y me la arrojó a la cara.

"Tú pagas. Es tu culpa".

"No tengo dinero, Ricardo", dije, con la voz temblorosa, "lo gasté todo buscándote".

"Ese es tu problema", se burló. "¿No eras tan buena para conseguir dinero para tus estúpidas búsquedas? Pues ahora consíguelo para algo que de verdad importa. Vende algo, pide prestado, no me importa. Quiero el dinero mañana".

Al día siguiente, Mariana decidió que quería té.

No cualquier té, sino uno especial que solo se preparaba de una manera muy específica.

Me ordenó que se lo llevara a la terraza donde estaba tomando el sol.

Mientras le servía, movió el pie "accidentalmente", haciéndome tropezar.

La taza de té hirviendo se derramó sobre mi mano y mi antebrazo.

Grité de dolor, un dolor agudo y quemante que me sacó lágrimas.

Mariana ni se inmutó.

"Qué torpe eres, Sofía. Mira, has manchado mi revista favorita".

Ricardo, que estaba leyendo cerca, levantó la vista con fastidio.

"¿Qué es todo este escándalo?", preguntó.

"Sofía me ha tirado el té encima a propósito", se quejó Mariana, haciéndose la víctima.

Ricardo miró mi mano, roja y empezando a ampollarse, y luego miró la pequeña mancha en la revista de Mariana.

No había duda de a quién le importaba más.

"Limpia este desastre", me ordenó, con total indiferencia a mi herida, "y luego ve a la cocina y prepárale otro té a Mariana. Y esta vez, hazlo bien".

Me mordí el labio para no gritar, recogí los trozos de la taza rota con mi mano sana y me fui a la cocina, las lágrimas de dolor e impotencia corriendo por mi rostro.

Esa noche, cuando finalmente pudimos estar a solas en la habitación, Ricardo cerró la puerta con llave.

Pensé que quizás, solo quizás, hablaríamos.

Que me explicaría, que mostraría algo de remordimiento.

Me equivoqué.

"¿Crees que he olvidado lo que me hiciste?", me dijo, acercándose lentamente. "No solo lo de Mariana. Me abandonaste".

"¿Yo te abandoné? ¡Tú fingiste tu muerte!", exclamé, incrédula.

"Te casaste conmigo sabiendo que amaba a Mariana", continuó, ignorando mis palabras, "pensaste que podías ocupar su lugar. Pero nunca serás como ella".

Me agarró por los hombros, sus dedos clavándose en mi piel.

"Me hiciste sentir atrapado, me obligaste a casarme contigo por la presión de nuestras familias".

Era una mentira. Él me había propuesto matrimonio, me había dicho que me amaba.

"Y por tu culpa", siseó cerca de mi oído, "por tu culpa y tu estrés, perdimos a nuestro hijo".

El recuerdo del aborto espontáneo que sufrí hace años, un dolor que pensé que habíamos compartido, ahora lo usaba como un arma contra mí.

Me dijo que mi cuerpo era inútil, que era incapaz de darle un heredero, un hijo que él nunca quiso conmigo.

Cada palabra era un golpe, un veneno que se filtraba en mis venas.

Esa noche, y las noches que siguieron, me di cuenta de que el hombre con el que me casé no solo había muerto en el mar, sino que quizás nunca había existido.

En su lugar había un monstruo, y yo estaba atrapada en su jaula.

Mi amor por él, la devoción que me había mantenido a flote durante cinco años, se estaba convirtiendo en cenizas, pero aún quedaban brasas.

Una parte estúpida de mí todavía recordaba al Ricardo que me hacía reír, al que me prometió un futuro.

Aferrarse a esos recuerdos era lo único que me impedía desmoronarme por completo, aunque sabía que solo estaba prolongando mi sufrimiento.

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