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Portada de la novela La Esposa del Candidato a la Presidencia

La Esposa del Candidato a la Presidencia

La cónyuge de un influyente senador con aspiraciones presidenciales descubre que su vida matrimonial es una farsa lejos del ideal soñado. En su momento más crítico, el destino la cruza con Elian Davis, un antiguo militar que carga con oscuros traumas de su pasado. Sin una explicación lógica, este hombre queda profundamente impactado por ella, la mujer del político más importante de Gales, desatando un vínculo inesperado en un entorno de intriga.
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Capítulo 4

Ámbar.

—Quisiera encontrar la manera o el momento perfecto para decirte esto pero… —Ronett colocó su mano en mi antebrazo antes de verme a los ojos—. Mi hermano… mi hermano te está siendo infiel.

Mi garganta se secó. Pude sentir los latidos de mi corazón golpearme con fuerza, hasta que sintiera lo mucho que me dolía el pecho.

Y solté una carcajada.

—Esto tiene que ser una broma —dije más para mí misma que para ella.

Mientras su hermana me miraba con lastima, allí en uno de los salones del Coffee Barker Cardiff,  sentados una al lado de la otra, ella tomando té viendo cada cierto tiempo a sus costados y yo viendo fijamente la tostada con ensalada que apenas había comenzado a degustar, comencé a analizar las situaciones y… nada.

En mi mente no había ningún recuerdo de ninguna pista que me hiciese creer fielmente que lo que ella me había dicho después de ir a comprar algunos zapatos para ella, era cierto.

 La tensión del momento ella la dejó pasar mientras yo solo miraba la tostada y pensaba.

Darwin llegando tarde del trabajo… siempre había llegado tarde del trabajo, y sabía lo mucho que eso le tomaba tiempo porque yo misma había asistido con él a sus jornadas fuertes porque no podía resistir sin mí cuando éramos novios.

¿Y si ya no me dejaba pisar su oficina porque allí estaba su amante?

—No hay pruebas —expresé después de tanto.

Si bien Darwin había cambiado mucho con lo de la postulación, no podía creer en todo lo que los de la prensa amarilla dijesen porque después de todo había un hombre llamado Gaspar que ambos sabíamos estaba buscando cualquier excusa para impedir que mi esposo tomara el poder. Y tomando en cuenta que Ronett tenía estrecha conexión con los medios… no, no podía ser real.

Yo lo complacía en todo, en absolutamente todo.

—Pues velo con tus propios ojos.

Mi corazón comenzó a latir queriendo huir a sus brazos. Eso no podía ser cierto, él no podía hacerme eso.

—¿Por qué…?

—Ámbar, aunque no lo creas todo esto lo estoy haciendo por ti. He visto lo buena mujer que eres, lo mucho que te desvives por apoyarlo a toda costa y no creo que sea justo que esto ocurra, mucho menos con la persona con quien lo hace.

—¿Quién…?

—Está a unas cuadras de aquí, pero no puedo ir contigo, tienes que verlo tú misma.

—Darwin está trabajando. Él está trabajando, él solo está trabajando —me repetí cuando salí de las Arcadas.

El agua me cayó encima de forma abrumadora, mi auto comenzó a hacer sonidos de forma mágica y cuando me encontré con un ciclista mirando mi auto corrí hasta él para ver lo que ocurría.

Le había hecho una línea a toda la pintura. Me llevé las manos a la cabeza sin saber qué hacer, los truenos me llegaron directo al corazón y maldije por cómo mi cuerpo comenzaba a sentirse; atrapada, como si estuviese en medio de dos tipos de muertes devastadoras. Teniendo que elegir cuál era la menos dolorosa.

Subí al auto y entre mis pulsaciones aceleradas y mis manos temblando lo encendí.

—Darwin por favor —gimoteé viendo la dirección que Ronett me acababa de enviar—. Contesta.

No sé cuántas veces le marqué, solo me enviaba al buzón.

Me detuve dentro del auto cuando estacioné a una cuadra fuera del hotel en donde me había dirigido.

—No lo hagas, no lo hagas. —Apreté mis manos contra el volante sacudiéndome un poco.

Lo que estaba sintiendo me recordaba a la desesperación que sentí cuando mi hermano ingirió aquella basura y no pude hacer nada para salvarlo.

Si eso era real tampoco iba a saber qué hacer.

Darwin me había dado todo lo que jamás tuve; ropa, zapatos, relojes, colonias, comida, salidas inolvidables, sexo increíble, cariño, compresión, amor…

Amor.

Salí del auto secando con la manga de mi sudadera mis lágrimas de forma brusca, la lluvia seguía mojándome y caminé decidida hasta dentro del lugar.

Mis pasos encharcados ensuciaron la cerámica, mi mirada buscó cualquier cosa, el recepcionista me miró y… me dieron ganas de vomitar.

Salí corriendo de allí para vomitar el contenido de mi estómago. Los nervios siempre suelen causarme eso, así que recuperándome de una última ahorcada caminé de regreso a mi auto.

No, yo no podía verlo ni enfrentarlo.

¿Qué iba a decirle? ¿Qué era lo que se suponía tenía que reclamarle?

Darwin Baker me había demostrado que me amaba aunque últimamente hubiese estado distante, tal vez solo era un desliz y…

¿Y si eran viles mentiras? ¿Y si el presentimiento de mi pecho solo era causado por lo mucho que me aterraba perder todo lo que me había acostumbrado a tener?

Vi a dos personas saliendo del hotel.

Volví a marcarle.

Vi a una mujer tomando entre sus dedos una corbata color naranja.

La misma corbata que había rozado con mi vientre esa mañana mientras él tenía su boca en mi clítoris.

La mujer lo estiró haciéndome ver de forma notoria cómo él quería deshacerse de su agarre, pero al mismo tiempo se dejaba besar.

Seguí llamando.

Vi cómo la mujer rodó los ojos, esta sacó el teléfono de su bolsillo y antes de que pudiera hacer cualquier movimiento Darwin le hizo una seña para que se fuese. Ella obedeció entregándole el teléfono para luego tirarle un beso, él se lo devolvió en el aire, miró a todos lados, y contestó.

—¡Amor! —dijo con una sonrisa que podía jurar era sincera, pero que, en esa situación dudaba que lo fuese—. ¿Amor…? —comenzó a mirar a todos lados. Yo me hundía en el asiento mientras tapaba la bocina del celular porque no podía contener mis sollozos y no quería que escuchara—. Ámbar, ¿en dónde estás?

Lo escuché jadear y cuando me incorporé y lo vi por arte de magia, él enfocó su vista en mi auto  y por lo tanto en mí.

—No me busques.

Yo le había dicho aquello con las manos temblorosas de la impotencia y el dolor que me había causado descubrir que sí era cierto.

Darwin había estado revolcándose con una mujer, y no con cualquiera.

Le pasé por un lado a toda velocidad sin poder verlo a la cara y lancé el teléfono casi en sus pies, quedando el aparato inservible.

¿Cómo pude creer que iba a conformarse con alguien tan “poco" como yo?

Dejo mi auto en una calle solitaria, que sé es la última en donde hay cámaras así que saco mi dedo medio hacia esa dirección.

Sé que Darwin no descansará hasta encontrarme y es por ello que he decidido esconderme.

Al menos debo fingir que realmente no lo voy a perdonar, porque aunque me queme por dentro no sería capaz de dejarlo por lo que me enteré hace unos minutos.

No tengo a dónde ir.

Me toco el pecho cuando tomo asiento al lado de una fuente y siento que el roce de mis dedos con la parte superior izquierda de mi pecho de verdad duele, como si se tratase de un golpe físico.

A estas alturas, después de haber conducido por algunos minutos hasta tomar la decisión de dejar el auto y caminar hasta aquí, sé lo que tengo que hacer.

Voy a hacerle lo mismo. Ojo por ojo, ¿no?

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