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Portada de la novela La Esposa del Candidato a la Presidencia

La Esposa del Candidato a la Presidencia

La cónyuge de un influyente senador con aspiraciones presidenciales descubre que su vida matrimonial es una farsa lejos del ideal soñado. En su momento más crítico, el destino la cruza con Elian Davis, un antiguo militar que carga con oscuros traumas de su pasado. Sin una explicación lógica, este hombre queda profundamente impactado por ella, la mujer del político más importante de Gales, desatando un vínculo inesperado en un entorno de intriga.
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Capítulo 5

Ámbar.

—¡Ámbar, por favor! ¿Qué carajos estás pensando? —me digo a mí misma tapando mi cara con mis piernas—. No seas idiota, tú no eres como él.

Y él no es como yo…

Por eso él puede dejarme, puede desecharme.

Seguramente se aburrió de mí.

Tengo que hacer lo mismo.

—Ámbar, basta —me suplico.

Y por un momento, cuando alzo la vista y las nubes negras se han despejado bastante, me siento sola.

No tengo a nadie. Solo lo tengo a él.

Vuelvo a alzar mi vista y la sensación de que varias personas pueden estar mirándome me eriza la piel.

Intento sacar de mi cabeza imágenes que me lleven a esa noche.

—¡Hay libre en Cool Guys! ¡Wooo hoo! —grita un hombre, seguramente borracho, en una moto pasando por la calle.

Cool Guys… conozco ese sitio.

Fue la primera disco con entrada gratis que se fundó en la ciudad; nunca he entrado, pero tal vez debería pasar a distraerme. Después de todo, Darwin no se arriesgaría a ir hasta allí.

Todo el mundo lo conoce.

Y el último pensamiento mientras oculto mi anillo de matrimonio en el bolsillo de mi sudadera color melón, es el que termina dirigiendo mis pasos hacia ese lugar.

Tomo mi cartera de mano con fuerza cuando sé que estaré por llegar, la abro, saco un poco de perfume para tranquilizarme y lo froto sobre mí para acercarme con un poco de timidez y nervios a los porteros, los cuales me dejan entrar sin ningún problema.

El calor es lo primero que choca con mi cuerpo, la música sonando no tan fuerte en mis oídos hace que no se haga tan tormentoso pasar por en medio de cada grupo hasta llegar a la barra.

Tengo que hacerle lo mismo.

—¿Te conozco? —me dice un chico de inmediato por lo que me siento algo abrumada—. Siento que te he visto antes.

Es muy probable que sí lo haga porque mi cara estuvo en algunas revistas los primeros meses de mi relación con Darwin, pero no salgo como él en la tele ni suelo usar las redes sociales como para que las personas recuerden mi cara tan fácilmente en un lugar como este.

—No, no lo creo.

El chico asiente con una sonrisa que no sé descifrar, y le dice algo al hombre de la barra, cosa que hace que este le diga otra cosa también en el oído y provoca  que quiera alejarme de allí.

—No te vayas, chica. Ramsés ya se va —me dice el hombre de la barra.

De verdad el tal Ramsés se va mascullando cosas que no sé descifrar pero tengo el presentimiento de qué se trata.

De algo me ha servido crecer desde abajo.

—¿Quería drogarme verdad?

El hombre asiente y luego niega con severidad.

—Saben descifrar a los corazones rotos; esos que vienen solo a matar sus penas. Son blancos fáciles.

¿De verdad es muy notorio mi mal?

Veo a un hombre acercarse a mí desde la multitud pero a diferencia del que hace un momento se fue, luce tan consternado que se me es imposible no sentir empatía por él. Aunque cabe resaltar que estoy nerviosa porque no he intentado tener una conversación con otro hombre desde que acepté ser novia de Darwin.

Sí, ni siquiera con su guardaespaldas. Ordenes de Darwin. Así que tal vez no sea mala idea llevarle la contraria ¿excusa? Él me juró jamás faltarme y es lo que ha estado haciendo estos últimos cuatros meses.

—Mi nombre es Ámbar, ¿cuál es el tuyo?

Veo al hombre cerrar los ojos con fuerza, sus mejillas se ponen algo rojas, y antes de que pueda darse vuelta para irse, mi mano atrapa la manga de su suéter militar.

No recuerdo cuándo fue la última vez que detuve a alguien para que se quedase a mi lado, menos un extraño.

No sé qué estoy a punto de hacer. Yo no soy así.

Sus ojos impactan con los míos.

Mis ojos viajan a sus labios. Y no sé por qué los suyos están temblando un poco, pero mi cuerpo lo ha hecho también  cuando me recorre con la mirada y… Suspiramos. Ambos lo hacemos.

—Mi nombre es Elian Davis, un placer… —su voz gruesa me hace volver a la realidad.

Suelto la manga de su suéter y comienzo a sentir un leve cosquilleo en mi estómago que prefiero ignorar de la mejor forma que en este día y en este momento se me puede ocurrir.

Le hago una seña para que se siente a mi lado.

—¿Es tu primera vez aquí?

—No… —Veo que saluda al hombre de la barra y este me ve a mí negando con severidad, cosa que me deja confundido. Este hombre no parece ser malo—. ¿La tuya sí?

—De hecho sí… —Le sonrío un poco cuando sus ojos dejan de inspeccionarme, pero lo más sorprendente de esto es que incluso no lo hace de la misma forma en la que recuerdo Darwin lo hizo aquel día antes de llevarme al baño y hacerme perder a mí misma. Hay algo más que no sé descifrar—. ¿Corazón roto?

—¿Yo? —Él arruga el entrecejo después de volver a sonrojarse y siento de nuevo las cosquillas en mi estómago—. No, para nada.

—Bueno, disculpe señor corazón de hierro, hay algunos mortales que sí pasamos por ello.

Lo hago reír. Ríe sin verme pero eso hace que pueda notar los pequeños hoyuelos que se le forman en las mejillas haciéndolo lucir… diferente.

—Eres graciosa… —Se atreve a verme a los ojos cuando lo dice y yo desvío rápido la mirada avergonzándome de quizás lucir tan segura o sociable.

No entiendo por qué me comporto así.

—Gracias, Elian —pronuncio su nombre para luego morder mi labio inferior, apenada por llamarlo por su nombre.

—Entonces, Ámbar… —su voz ronca después de unos segundos me llama—. ¿De dónde eres?

Por un momento pensé que preguntaría por el hecho de que le dejé claro que la razón de mi presencia aquí es mi corazón roto.

—De aquí… ¿y tú?

—¿De aquí? —Seriamente ve todo el lugar y luego su mirada se enfoca en mí haciéndome contener la respiración—. Primera chica que conozco que nace en una disco.

No puedo evitar reír.

Siento su mirada sobre mi rostro y sé que estoy sonrojándome mucho.

Soy tan patética.

—No quise decir eso. —Tomo por tercera vez un vaso de agua y es llenado por el hombre de la barra a los segundos.

—Lo sé… —exhala.

Algunas personas se acercan a la barra ordenando demasiado alcohol, así que guardo silencio viéndolo de perfil cuando la multitud concentrada muy cerca me causa ansiedad.

—¿Vas a tomar algo? —le pregunto arrimando un poco mi taburete del suyo porque la música ha aumentado y no sé si podré escucharlo.

Él desvía su mirada cuando estoy muy cerca y también lo veo contener la respiración por unos segundos, para luego negar con la cabeza.

—La verdad es que no sé qué hago aquí.

Elian juega con sus manos sobre la barra y yo las observo cuando el hombre de la barra le tira una mandarina y comienza a pelarla con lentitud.

Por alguna extraña razón comienzo a sentir que hace más calor.

—Yo tampoco… —confieso.

Sus ojos vuelven a verme y antes de que pueda desviar mi vista, él coloca una rodaja de mandarina frente a mi boca.

Mi corazón comienza a latir fuerte en cuanto mis labios primero se entre abren y luego dan abertura suficiente para que mis dientes la tomen.

—No vuelvas a hacer esto —me dice de repente.

—¿Qué cosa?

—Aceptar comida de un tipo que no conoces.

—Pero acabo de ver cómo ese hombre te la ha dado…

—¿Y si contiene droga?

—¿Una mandarina? —Me río por lo bajo.

Elian alza las cejas y puedo sentirlo algo tenso antes de que extienda otra rodaja hacia mí.

No voy a caer en su juego, pero en cuanto me sonríe y asiente para que la tome, vuelvo a abrir la boca lentamente.

No puedo sin embargo dejar de comportarme sumisa ante la tensión con un desconocido. Tal como empezó todo con mi marido.

Toso cuando casi me trago la rodaja entera sin masticar porque Elian se ha mordido el labio viendo los míos mientras niega con una sonrisa burlona en la cara.

Caí, pero no me importa mucho eso ahora.

—Tienes lindas manos… —se me escapa.

—No deberían serlo después de las cosas sucias que han hecho y tocado.

Mi piel se eriza.

—Todos hemos algo malo… —aligero.

—Y tú, tienes… lindos ojos —considera.

De nuevo nuestras miradas se encuentran haciéndome tragar hondo.

—Quizás no deberían serlos después de todas las cosas horrorosas que han visto —expreso.

Él se lleva otra rodaja de mandarina a la boca.

—Touché.

Ambos nos sonreímos por bastante tiempo antes de seguir conversando.

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