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Portada de la novela la doctora del mafioso

la doctora del mafioso

La doctora Clara Montalbán sufre una traición devastadora al descubrir la infidelidad de su pareja en el hospital. Sin embargo, su destino cambia radicalmente esa noche al salvar a Félix Santoro, un influyente y peligroso jefe criminal. Cautivado por ella, el mafioso decide secuestrarla, ofreciéndole seguridad a cambio de su libertad personal. Atrapada en un mundo de sombras y poder, Clara deberá decidir si ceder ante el control de este hombre.
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Capítulo 1

El café del pasillo huele a metal tibio. Lo cargo como si sostuviera una excusa. Camino al vestidor del HUSA repitiéndome las dos únicas instrucciones que puedo cumplir: entrar, cambiarme. La puerta está entreabierta. Una risa ahogada; un shhh que no me incluye. Empujo con los nudillos.

La chaqueta dice Darío Echeverría. El mechón cobrizo dice Romina Vives. Él la tiene sentada sobre el mesón, una mano bajo la blusa, la otra sosteniéndole la nuca; la boca hundida en el cuello. Me ven. Darío la suelta de inmediato; Romina baja como puede, el elástico de la pretina volviendo a su sitio. Hay un segundo en que todo el hospital se reduce a ese gesto y al sonido de mi propio pulso.

No digo nada. No sé decir. El cuerpo decide por mí: media vuelta y a correr. El pasillo se estira como goma caliente; una izquierda, otra izquierda, el letrero azul del baño del personal. Pestillo.

El espejo devuelve a una rara: ojos demasiado abiertos, piel pálida, manos que buscan agua y no la encuentran. Abro la llave. El grifo tarda en ponerse tibio. Cuando llega, el calor mínimo me ancla al cuerpo.

Choque. El corazón late en lugares que no existen en los libros. Oigo voces detrás de la puerta, una camilla, una risa que cambia de dirección. El hospital sigue, como si pudiera ignorar a la gente que se rompe adentro de las batas.

Negación. No fue eso. Un mal ángulo. Una broma pesada. Un ensayo de nada. El cerebro fabrica historias con lo que tiene a mano; el cuerpo solo sabe que quiere salir corriendo de sí mismo.

Ira. Las uñas en las palmas hasta dejar marcas. Pienso en mensajes sin responder, excusas de urgencias, cenas pospuestas, promesas flojas. Qué fácil es mentir cuando todo el mundo está cansado. Qué fácil creerse imprescindible para no mirar lo obvio.

Negociación. Si salgo y no hablo, quizá... ¿qué? Nada. No hay trato posible con lo que acabo de ver. Me seco la cara antes de que haya lágrimas; intento ordenar un pensamiento digno y solo encuentro respiraciones.

Tristeza. Me siento en la tapa del WC como quien se sienta al borde de un muelle. El uniforme huele a desinfectante barato y a café frío. Me tiemblan los muslos sin ruido. Me gustaría llamar a mi madre, pero no quiero su voz de santuario; me gustaría llamar a Amanda, pero no sé si sabré explicar.

Aceptación mínima. Hoy no voy a entenderlo. Hoy voy a respirar. Cuatro adentro, cuatro afuera. Un segundo quieta. Otro más. El agua corre y suena como si alguien practicara una lluvia.

El teléfono vibra. Amanda: «¿Llegaste?». Otra vibración: «Estoy afuera del baño». Dos golpecitos suaves.

-Clara -dice, del otro lado-. Estoy aquí. Si no quieres hablar, no hablo. Te espero.

Apoyo la frente en las manos. Respiro contando. El espejo deja de ser un enemigo cuando bajo la mirada. Elijo cosas sencillas: abrir la llave, sentir el agua, cerrar la llave, secarme. Girar el pestillo.

Abro. Amanda me mira con ojos de parar caídas. Yo abro la boca y no sale sonido.

-Dime todo -dice- o no podremos avanzar.

La palabra todo me pesa como un traje de plomo. Me duele en los dientes.

-No aquí -susurro.

-Vamos a la sala de ropa -responde-. Te sostengo.

Salimos. El pasillo huele a lavandina y a nervio. Un TENS empuja un carro sin mirarnos a los ojos; dos internas comentan algo y guardan el final de la frase cuando pasamos. Camino porque caminar es lo único que puedo. Doy gracias por la baranda silenciosa de Amanda.

A mitad de trayecto, la puerta del vestidor se abre un palmo. Romina aparece con el peinado intacto y una sonrisa envuelta, como si nada existiera fuera de esa superficie. La esquivo sin mirarla. Si la miro, me quiebro en voz alta.

En la sala de ropa, Amanda cierra la puerta con suavidad. Se ofrece, sobre todo, como presencia. No me exige palabras; me las presta. Y cuando el temblor baja lo suficiente, la frase sale. No completa; a tirones.

-Lo vi.

Amanda asiente, no pregunta «¿qué?». Dice solo:

-Estoy.

Me dejo llorar en sus brazos. No hago ruido; el cuerpo hace su propio idioma. Cuando por fin me encuentro otra vez en la piel, Amanda me suelta lo justo para que respire sola.

-Te tengo -dice-. Pero vamos a hablar.

Asiento con la cabeza pesada. La primera parte de este día termina cuando me atrevo a nombrarlo. Afuera, el hospital no se enteró de nada. Adentro, yo ya no soy la misma que empujó esa puerta.

Al salir, el buscapersonas de Romina suena y su risa nace en el pasillo como si no hubiera pasado nada. Amanda me mira: «Dime todo ahora». Yo asiento.

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