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Portada de la novela la doctora del mafioso

la doctora del mafioso

La doctora Clara Montalbán sufre una traición devastadora al descubrir la infidelidad de su pareja en el hospital. Sin embargo, su destino cambia radicalmente esa noche al salvar a Félix Santoro, un influyente y peligroso jefe criminal. Cautivado por ella, el mafioso decide secuestrarla, ofreciéndole seguridad a cambio de su libertad personal. Atrapada en un mundo de sombras y poder, Clara deberá decidir si ceder ante el control de este hombre.
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Capítulo 2

La sala de ropa huele a algodón planchado. Amanda no pregunta enseguida; me deja un metro de silencio para caer. Caigo de pie y, cuando el cuerpo entiende que tiene permiso, me rompo. Me siento en el banco, el plástico cruje como un papel viejo. Ella se sienta a mi lado, no enfrente: no me interroga, me acompaña. Esa diferencia me salva un poquito.

-Lo vi -digo por fin-. En el mesón. Él. Ella.

Amanda aprieta la mandíbula como si el gesto pudiera impedir que yo me caiga. Me abraza con esa fuerza que solo las amigas saben medir, ni muy larga ni muy corta, lo justo para devolverme una orilla.

-Lo siento -susurra-. Estoy contigo.

El temblor cede de a poco. Cuando la respiración encuentra su carril, llega la conversación que venía esperando turno. No una pelea todavía; un ajuste de costuras.

-Había señales, Clara -dice, firme pero sin filo-. Las viste y decidiste no verlas.

-¿Ahora soy culpable por confiar? -la frase me sale más áspera de lo que pretendía-. ¿Ese es el guion?

-No hablo de culpas -responde, sosteniéndome la mirada-. Hablo de ceguera elegida. Cuando empezó a cancelar, cuando llegaba tarde sin avisar, cuando hizo chistes que te dolían y tú los guardaste bajo la alfombra... yo te lo dije.

-Y tú estabas ocupada para escucharme -lanzo, y me duele apenas lo digo. No es justo. O tal vez sí y por eso duele.

Amanda no devuelve el golpe. Elige la parte difícil: bajar la guardia.

-Puede ser -admite-. Perdón por eso. No estuve como debía. Pero ahora mírate. No quiero que te quedes en el lugar donde otros te pusieron.

Elijo una verdad que no me guste pero que me sirva.

-No me reduce nadie -digo-. Solo... me duele.

Nos quedamos un rato sin palabras. A veces la amistad es un espejo incómodo que igual te sostiene. Afuera, el hospital ordena bandejas, prende luces, mueve puertas; adentro, intentamos ordenar otra cosa.

-Hoy funciona tu rutina -dice Amanda, más suave-. Respirar. Pasos cortos. Decisiones pequeñas. No vas a resolver a Darío ahora.

-Prometo intentar no resolver nada -respondo-. Solo llegar al mediodía.

-Llegamos juntas -dice, y lo dice como quien traza una línea en el piso.

Me levanto. Hacemos juntos los rituales mínimos: atarme el pelo, revisar bolsillos, buscar el carnet, encontrar un bolígrafo que no raspe. Me lavo la cara; el agua del termo que me ofrece sabe a metal cálido y a presencia. No me cura, pero me acompaña.

-¿Vas a hablar con él? -pregunta al fin.

Pienso en el vestidor, en la mano donde no debía estar, en mi nombre apretado en una garganta que no sabe decirlo sin quebrarse.

-No hoy -contesto-. No tengo una versión de mí que pueda hacerlo sin desarmarse.

-Entonces hoy te cubro -dice-. Y si aparece, me llama a mí.

Asiento. Saco el teléfono. Escribo un mensaje que borro tres veces: «Lo vi». «No hace falta que digas nada». «No vuelvas a buscarme». Los borro todos. Otra decisión pequeña: no escribir nada. No porque no quiera hablar, sino porque hoy cada palabra puede ser un cuchillo que se me devuelve.

-Clara -dice Amanda-. Lo que hiciste ahora -pedirme estar- también es una decisión.

No lo había pensado así. A veces confundimos pedir con fallar. Yo pedí y ella vino. Tomo ese dato como si fuera medicina.

-Gracias -le digo-. No me dejes sola.

-No te suelto -promete.

Abro la puerta. El pasillo sube un punto el volumen. El HUSA tiene un pulso que conozco: carritos, timbres, radios con mala cobertura, chistes que se dicen para que nadie se derrumbe. Elijo mirar ese pulso y no el vestidor.

Romina nos espera en la estación con una sonrisa armada y un clip entre los dedos. Su peinado no tiene una sola hebra fuera de lugar; su tono podría vender calmantes.

-Clara -dice, amable de catálogo-, te dejé sala 3 completa. Como eres ordenada, te acomoda. ¿Sí?

-Sí -respondo. Hoy la obediencia me ahorra energía.

-Y recuerda: protocolo estricto -añade. La frase es un perfume con advertencia.

Amanda me mira de costado: ¿estás? Hago un gesto mínimo que significa "voy". Romina deja una bandeja a un centímetro de mi codo, como si marcara territorio. Veo su sombra caer sobre el mesón y me tiembla una memoria. Cierro la mano alrededor de un bolígrafo como si fuera un timón.

-Cualquier cosa, me llamas -dice Amanda-. Voy y vengo contigo.

-Voy a poder -le digo-. Aunque no quiera.

Camino hacia sala 3. Me repito un mantra de servicio: una cama, una voz, una tarea. A la primera paciente, una anciana, le ajusto la almohada; a un joven le explico por qué el ayuno es importante con palabras que no suenen a receta; a mí me recuerdo que el hospital no es mi casa, pero sí mi territorio aprendido. El mundo se reduce a lo inmediato y por eso se vuelve habitable.

Vuelta a la estación. Romina habla en bajo con otra enfermera. Al pasar, el susurro sube lo justo para que yo oiga sin tener que pedir permiso.

-Dijeron que lloró -dice la otra.

La frase se me pega a la espalda como una etiqueta mal puesta. La despego con el único gesto que puedo: seguir. Aprieto el bolígrafo. No me gustan las guerras sucias, pero sé caminar en suelo resbaloso.

-Clara -Amanda aparece como si la hubiera llamado el pensamiento-, agua.

Bebo dos sorbos. La garganta recuerda que sirve para respirar y no solo para tragar piedras. Amanda no ofrece discursos, ofrece presencia. A veces eso es todo lo que se necesita para no caerse.

-¿Quieres que lo reportemos? -me pregunta, y no hace falta que diga el nombre.

Pienso en la burocracia que mastica lento, en los pasillos que amplifican rumores, en la energía que no tengo.

-Hoy no -respondo-. Hoy quiero llegar.

-Perfecto -dice-. Llegar es suficiente.

Regreso a la sala. Una TENS me cuenta un chiste malo, se ríe sola y me contamina la risa un segundo. Un segundo es mucho en un día así. Lo guardo en el bolsillo con la pulsera elástica que Amanda me pasa para atarme el pelo.

El reloj marca una hora que no se decide. La luz del pasillo tiene ese color pálido de las mañanas que dudan. En la ventana del fondo, Santa Aurelia se adivina por una rendija: autobuses que bostezan, panaderías con olor a mantequilla, un cielo todavía indeciso. A veces el mundo sigue sin pedir permiso y eso, paradójicamente, consuela.

Dejo por escrito indicaciones claras, como si escribir fuera clavar piquetas en un terreno que tiembla. En el margen de una hoja, sin querer, escribo mi nombre más lento: Clara Montalbán. La tinta tarda un segundo en secar y pienso que yo también voy a tardar un segundo más en secar.

-Te veo a la tarde -dice Amanda, asomándose de nuevo-. Si en algún momento no puedes, me buscas. No hay medallas por aguantar más de la cuenta.

-Lo sé -digo. Y ahora lo sé de verdad.

Volvemos a la estación. Romina acomoda etiquetas con precisión quirúrgica; cambia dos nombres de casilleros y el mío, por arte de magia, aparece más abajo. Lo dice "para que tengas a mano los materiales". Yo digo "gracias" y dejo que el gesto caiga donde tiene que caer: en ninguna parte.

-A veces una no ve lo que tiene en la cara -comenta, casi confidencial, antes de irse.

No muerdo el anzuelo. Hay anzuelos que vienen con sonrisa. Me quedo con lo que sí puedo: mis manos, mi voz, mi paso. El resto lo dejo pasar como se deja pasar una corriente que podría arrastrarte si te empeñas en pelearla de frente.

El altavoz carraspea: «Cambio de prioridades en sala». Romina mira el reloj que no necesita. Santa Aurelia estira la mañana. Yo, por primera vez desde el baño, siento una hebra de dignidad que no es dureza sino cuidado de mí misma.

Al dar la vuelta con la bandeja, oigo otra vez el susurro que me nombra sin nombrarme: «Dicen que lloró». Me giro, no para enfrentarlas, sino para ubicarme. Estoy aquí. Estoy de pie. Estoy funcionando. Eso, por ahora, es el triunfo.

Cuando vuelvo a la estación, Romina me espera con la misma sonrisa y deja una hoja sellada: Circular de Jefatura - «Desde hoy, control cruzado en Sala 3. Enfermería verificará la ejecución y solicitará co registro de indicaciones. Responsable: Dr. Octavio Larra». Romina no manda: comunica. Pero el brillo en sus ojos me avisa que piensa usar la norma como arma.

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