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Portada de la novela La Danza de la Venganza

La Danza de la Venganza

El aroma a manzanilla esconde la crueldad de mi madrina, Doña Chayo. Antes de mi examen de danza, el destino me devuelve al pasado tras una vida de agonía. Fui traicionada y mi alma quedó confinada en mi perro, El Duque, viendo cómo mi prima Brenda usurpaba mi identidad y destrozaba mi futuro. Tras sanar con música y recuperar mi humanidad, regreso al té fatal. Conozco el veneno y su plan; ahora, la danza de mi venganza marcará el final de su engaño.
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Capítulo 2

El olor a té de manzanilla y lavanda llenó la pequeña sala de estar, un aroma que antes me traía calma pero que ahora me revolvía el estómago.

Mi madrina, Doña Chayo, sostenía la taza de cerámica con una sonrisa que parecía tallada en su rostro, una máscara de amor y preocupación que ya no me engañaba.

"Tómate esto, Fina, mi niña," dijo con su voz melosa, "te ayudará a calmar los nervios para el examen de mañana. Es una receta especial de la abuela."

La taza humeaba, un vapor inocente que escondía la más ruin de las traiciones.

Mi mano tembló ligeramente al pensar en extenderla.

En ese instante, la realidad se partió en dos.

Un frío helado me recorrió la espalda, un eco del terror que ya había vivido.

Porque yo ya había tomado ese té.

Había confiado en ella, en la mujer que me vio crecer, la que me llamaba "ahijada querida" .

Y había pagado el precio.

Desperté.

No, no había despertado de un sueño.

Había vuelto.

El calendario en la pared marcaba el día anterior al examen de danza, el día que mi vida se destruyó.

Estaba viva, en mi propio cuerpo, y el recuerdo de la pesadilla era tan vívido que me costaba respirar.

El té.

Todo empezó con ese maldito té.

En mi vida pasada, lo bebí sin dudar.

El sabor era dulce, terroso.

Luego vino el mareo, una sensación de caer en un pozo oscuro y sin fondo.

Cuando abrí los ojos, el mundo era gigante y olía a polvo y a perro.

Estaba en el suelo, mis manos eran patas con garras negras y mi voz era un ladrido agudo y chillón.

Estaba atrapada en el cuerpo de mi chihuahua, El Duque.

Desde esa prisión de pelo y huesos pequeños, vi el horror desplegarse.

Vi a mi prima Brenda, la hija de Doña Chayo, mirándome con una mezcla de asco y triunfo.

Pero no me miraba a mí, al perro.

Miraba mi cuerpo, mi propio cuerpo, que se levantaba del sofá con una torpeza que no era mía.

Dentro de mi cuerpo estaba el alma de Brenda.

La poción ancestral no solo me había atrapado, había permitido que mi prima, una bailarina mediocre y llena de envidia, tomara mi lugar.

Vi con mis propios ojos cómo Doña Chayo le daba instrucciones a Brenda, a mi cuerpo.

"Recuerda, muévete con torpeza, finge un tropiezo en el giro final," le decía, "tienes que lesionarte, pero no demasiado. Lo suficiente para que no pueda volver a bailar en mucho tiempo."

El plan era diabólico y perfecto.

Brenda, usando mi cuerpo, fue al prestigioso examen de danza al día siguiente.

Yo, atrapado en el cuerpo de El Duque, fui arrastrado con una correa.

Presencié cómo destruía mi reputación.

Cada movimiento era una burla de mi técnica, cada paso una parodia de mi pasión.

Los jueces, que antes me admiraban, la miraban con decepción y luego con lástima.

Y entonces, el gran final.

En el último giro, el fouetté que había perfeccionado durante años, Brenda se lanzó al suelo con un grito exagerado.

Oí el crujido de mi propio tobillo, un sonido seco y terrible que resonó en todo el teatro.

Un sonido que sentí en mi alma, aunque mi cuerpo de perro no sintiera nada.

Tres días después, el efecto de la poción se desvaneció.

Regresé a mi cuerpo justo a tiempo para sentir el dolor agudo y punzante de la fractura.

Mi carrera estaba acabada.

El diagnóstico del médico fue un martillo que golpeó el último clavo de mi ataúd profesional: una lesión permanente que me inhabilitaba para el baile de alto nivel.

Brenda, mientras tanto, se convirtió en la víctima compasiva.

"Pobre Fina, la presión pudo con ella," decía la gente.

Doña Chayo lloraba lágrimas de cocodrilo en público, hablando de la "tragedia" de su talentosa ahijada.

Pero en privado, las vi celebrar.

Con mi camino despejado, Brenda consiguió una beca de "mérito" por su "valentía" y se pavoneó en los círculos de danza, contando la historia de mi caída una y otra vez.

La humillación fue un veneno lento que me consumió durante meses.

Pero en esa oscuridad, algo más creció.

Descubrí la música.

Empecé a componer, a volcar todo mi dolor y mi rabia en melodías que contaban mi historia sin palabras.

Y resurgí.

Lentamente, con una determinación de hierro, usé mi nuevo talento para abrirme paso, hasta que finalmente, en un festival nacional, desenmascaré la verdad.

Expuse la poción, la traición, el engaño.

Recuperé mi honor, no como bailarina, sino como artista.

Y ahora… ahora estaba aquí de nuevo.

El universo, o alguna fuerza desconocida, me había dado una segunda oportunidad.

La taza seguía humeando en la mano de Doña Chayo.

Su sonrisa seguía ahí, falsa y asesina.

Pero esta vez, yo conocía el veneno que ofrecía.

Y no pensaba beberlo.

Esta vez, la historia sería diferente.

Esta vez, la que caería no sería yo.

Serían ellas.

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