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Portada de la novela La Danza de la Venganza

La Danza de la Venganza

El aroma a manzanilla esconde la crueldad de mi madrina, Doña Chayo. Antes de mi examen de danza, el destino me devuelve al pasado tras una vida de agonía. Fui traicionada y mi alma quedó confinada en mi perro, El Duque, viendo cómo mi prima Brenda usurpaba mi identidad y destrozaba mi futuro. Tras sanar con música y recuperar mi humanidad, regreso al té fatal. Conozco el veneno y su plan; ahora, la danza de mi venganza marcará el final de su engaño.
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Capítulo 3

Mi mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, analizando cada detalle de la memoria pasada.

El plan de Doña Chayo no era solo cruel, era innecesariamente destructivo.

¿Por qué no bastaba con que yo fallara el examen?

¿Por qué tenían que lesionarme de por vida?

La respuesta era simple y escalofriante: no querían competencia.

Nunca.

Querían eliminarme del mapa para siempre, asegurarse de que Brenda, su mediocre y mimada hija, nunca tuviera que vivir bajo mi sombra.

Era un odio profundo, una envidia que supuraba veneno.

Levanté la vista y le sonreí a mi madrina, una sonrisa que me costó cada gramo de autocontrol.

"Claro que sí, madrina," dije, mi voz sonando sorprendentemente calmada, "justo lo que necesitaba."

Tomé la taza con ambas manos, sintiendo el calor de la cerámica contra mi piel.

Era el calor de la traición.

Doña Chayo no se movió.

Se quedó de pie, observándome, con sus pequeños ojos brillantes fijos en mi rostro.

Esperaba.

Quería asegurarse de que bebiera hasta la última gota.

En mi vida anterior, su presencia me habría parecido un gesto de cariño.

Ahora, sentía su impaciencia como una presión física en el pecho.

No podía simplemente tirarlo.

No podía rechazarlo.

Eso levantaría sospechas y solo cambiaría sus planes, no los detendría.

Tenía que ser más lista.

Llevé la taza a mis labios, fingiendo que iba a beber.

El aroma era más fuerte ahora, casi mareante.

Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

Justo en ese momento, El Duque, mi leal chihuahua, entró corriendo a la sala, persiguiendo una pequeña polilla que revoloteaba cerca de la lámpara.

Era mi oportunidad.

En un movimiento que pareció un torpe accidente, me levanté del sofá.

"¡Ay, Duque, cuidado!" grité.

Fingí tropezar con una esquina de la alfombra, un movimiento que había practicado miles de veces en mis clases de danza para caídas controladas.

Mi cuerpo se inclinó hacia adelante, y con un giro de muñeca preciso, lancé el contenido de la taza.

El líquido oscuro voló en un arco perfecto y aterrizó directamente en la maceta de una gran planta de helecho que mi madre adoraba.

La tierra oscura absorbió el té al instante, sin dejar rastro, solo una mancha de humedad que parecía agua.

La taza cayó al suelo y se hizo añicos.

El sonido fue agudo y satisfactorio.

Inmediatamente, me llevé las manos a la boca, abriendo los ojos con falsa sorpresa.

"¡Ay, no! ¡La taza de la abuela! Madrina, lo siento tanto, soy una torpe."

Me agaché para recoger los pedazos, manteniendo mi rostro oculto para que no viera mi expresión de triunfo.

Doña Chayo se quedó paralizada por un segundo, su sonrisa falsa finalmente se desvaneció, reemplazada por una mueca de pura frustración.

Pude ver el destello de ira en sus ojos antes de que lo ocultara de nuevo bajo una capa de falsa preocupación.

"No, no, mi niña, no te preocupes," dijo, aunque su voz sonaba tensa, "los accidentes pasan. Lo importante es que tú estés bien. ¿No te quemaste?"

"No, madrina, estoy bien," respondí, levantando la vista con los ojos llenos de lágrimas de cocodrilo. "Pero el té… el té que me preparaste con tanto cariño…"

"No importa, ya te haré otro," dijo rápidamente, demasiado rápido.

"No, por favor, no te molestes. Ya se me quitaron los nervios con el susto," mentí, poniéndome de pie. "Creo que lo mejor será que me vaya a dormir ya. Mañana es el gran día."

Ella me miró, escrutándome, buscando cualquier señal de engaño.

Pero yo era una actriz consumada, no solo en el escenario.

Años de sonreír a jueces y competidores falsos me habían preparado para este momento.

Finalmente, pareció aceptar mi actuación.

Su rostro se relajó en esa máscara de afecto que tanto odiaba.

"Tienes razón, Fina. Descansa bien," dijo, dándome una palmadita en el hombro. "Mañana nos dejarás a todos con la boca abierta. Sé que lo harás increíble."

La ironía de sus palabras era tan espesa que casi podía saborearla.

Ella esperaba que yo fracasara estrepitosamente.

Pero no sabía que su plan ya se había derrumbado.

Observé cómo se iba, su espalda rígida de decepción.

Yo, por otro lado, tenía un nuevo plan.

Y ellas dos, mi querida madrina y mi odiosa prima, serían las protagonistas de su propia tragedia.

No solo iba a ganar el examen.

Iba a asegurarme de que recibieran exactamente lo que merecían.

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