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Portada de la novela La culpa es del destino

La culpa es del destino

El camino al éxito de Elizabeth exigió un sacrificio doloroso: renunciar a su primer amor. Hoy, consolidada profesionalmente y con una pareja estable, su vida parece impecable. No obstante, un suceso violento pone su seguridad en riesgo, obligándola a buscar protección en el hombre que abandonó años atrás. Este reencuentro inesperado la sumerge en una encrucijada emocional donde deberá elegir quién merece estar a su lado mientras enfrenta el peligro.
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Capítulo 2

40 horas antes.

La ambición nos concede resultados gratificantes pero es terriblemente agotadora. Ahora mismo debería estar feliz, bien podría dar un vistazo a todo lo que he conseguido y fácilmente podría decir: «Muy bien, lo tengo todo. Mi vida está completa» Pero no es así.

El mes pasado estaba celebrando el lanzamiento de mi más reciente ensayo, “Voces femeninas, verdades universales", un trabajo acerca de varias mujeres catedráticas que me relataron su experiencia laboral en un mundo parcializado donde ellas han tenido que trabajar más duro que sus compañeros masculinos para, al final, conseguir retribuciones inferiores. Por primera vez mi nombre apareció en tabloides, en la prensa imprenta y en medios digitales. Mi ensayo alcanzó el primer puesto en ventas en trabajos literarios de este índole y en las últimas semanas se ha convertido en tema de discusión en muchos clubes de lectura feminista. Ayer, precisamente, mi editora me llamó para informarme que hay una editorial en España que quiere traducir mi trabajo. No terminé de procesar tal noticia, he vivido muchas cosas en los últimos días, así que le dije a mi editora que le devolvería la llamada lo más pronto posible. No lo he hecho.

En cambio, he decidido acompañar a mi novio a la celebración que han realizado en su trabajo, celebración que por cierto, es gracias a él. Dylan trabaja como asesor político desde hace un par de años, y este año ha tenido su más grande oportunidad trabajando para la campaña electoral de Dominic Platt, un empresario convertido en político que un día amaneció con ganas de ser congresista. Y todo apunta a que está a punto de conseguirlo. Justamente hoy ganó las elecciones primarias de su partido político y de allí surgió la celebración. Durante los últimos meses, Dylan ha trabajado día y noche para fijar la estrategia de la campaña, no solo una que funcione con los simpatizantes del partido, sino que capture la atención de los adversarios, como yo. Creo por eso Dylan y yo no hablamos de política, simplemente nos brindamos apoyo mutuo en nuestros proyectos laborales y nada más. Es lo mejor.

Así que si observamos nuestros logros en retrospectiva, realmente hemos conseguido muchas cosas en muy poco tiempo: estabilidad y reconocimiento laboral en nuestros trabajos soñados y un matrimonio en puerta. Y apenas tenemos veintisiete años.

Sin embargo, yo estoy lejos de conformarme con lo que he conseguido. Quiero más. Entiendo muy bien porque hay personas que desconfían de la ambición, dicen que se puede transformar en una enfermedad, una especie de deseo insaciable, como una adicción. Tal vez sea cierto, no lo sé, de lo que sí tengo certeza es que no puedo conformarme con lo que tengo, aunque quisiera, siento deseos de ir a por más.

Recuesto mi cabeza del asiento del coche, fijo la mirada sobre el techo, el cual cambia de colores a causa de las luces de la calle que se reflejan en este a medida que avanzamos. Fijo mi atención en una pequeña luz que se manifiesta en un punto exacto, con el ceño fruncido trato de adivinar qué es pero apenas muevo mi mano, me doy cuenta que es uno de los brillantes de mi brazalete. Así que empiezo a moverlo en varias direcciones para que la luz cambie de direcciones, como si fuese un pequeño reflector. Me siento tan tonta haciendo esto, que dejo escapar una risita por lo bajo.

—Creo que el vino ha empezado a surtir efecto— Dice Dylan quien todo este tiempo ha estado manejando en silencio.

Ya estoy acostumbrada, siempre me ha dicho que cuando maneja prefiere hacerlo en silencio, prefiere abocar toda su atención en la carretera; más de una vez me ha dicho que no entiende cómo hay gente que se toma tan a la ligera el manejar “No entiendo como hablan, escuchan música ¡y hasta cantan! es como si no se dieran cuenta que realmente es algo muy peligroso”, supongo que tiene razón. Sin embargo, yo ni siquiera manejo. Aprendí porque necesitaba mi licencia para conducir antes de ir a la Universidad pero normalmente, prefiero viajar en taxi. Los Ángeles es una ciudad para moverse en taxi. Y creo que allí Dylan y yo discrepamos. Política y el tráfico angelino, dos temas vetados en nuestra relación.

Volviendo a las palabras de Dylan, creo que tiene razón. Aunque no diría exactamente que es el vino, creo que fue haber tomado sin tener nada en el estómago. No es mi culpa. Su amigo Dominic tuvo la brillante idea de ofrecer solo pasabocas marinos y yo, lamentablemente, no consumo ningún tipo de pescado. También es cierto que pude haberme mantenido lejos del licor, pero soportar la opinión de un montón de hombres que solo piensan sus propios interés mientras pretenden preocuparse por los derechos de otros, es más fácil de hacerlo con una dosis de bebida etílica en la sangre.

—Tengo hambre— Digo sintiendo que mi estómago ruge. No cabe duda que necesito ingerir alimento cuanto antes.

—No debiste tomar, si no ibas a comer nada— Me dedica una mirada condescendiente y yo pongo mis ojos en blanco.

—Tus amigos no deberían decir tantas estupideces, así yo no tendría que haber bebido para tratar de no recordar lo que decían.

Dylan me observa, estoy convencida de que debe estar pensando muchos argumentos para refutar mi comentario y tratar de convencerme que sus amigos, jefes o como quiera llamarlos, no dicen ningún tipo de estupideces pero no dice nada. Conoce muy bien nuestro trato: política cero.

—Vamos a cenar algo— Pronuncia por lo bajo. Yo sonrío triunfante.

«Si no puedes con el enemigo, únete a él». Sabiendo mejor que nadie que no voy a dar mi brazo a torcer, es mejor erradicar el problema que me trae apegada al asiento, con un leve mareo y riendo como una tonta mientras muevo mi brazo de un lado a otro sin sentido.

Llegamos al restaurante, The Borges, está en Beverly Hills, a un par de kilómetros de nuestro vecindario. Dylan no puede disimular la predilección que tiene por este lugar y por su menú orgánico, sus vajillas de cristal y sus platillos de dos mil dólares.

Bajamos del auto, y Dylan le entrega las llaves al muchacho que trabaja aparcando los coches. Apenas avanzamos dos pasos hacia los escalones de la entrada, me detengo abruptamente cuando me doy cuenta que he dejado mi cartera en el auto:

—¡Espera!— Me dirijo al muchacho que está a punto de subir al coche —He olvidado mi cartera— Le susurro a Dylan.

Desciendo dos escalones, los mismos que había ascendido y cuando empiezo a caminar hacia el coche, veo que una explosión surge de este, de la nada, originando una llamarada. Siento un golpe en mi cabeza.

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