Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela La crisis matrimonial: ¿es el amor una trampa?

La crisis matrimonial: ¿es el amor una trampa?

Leona siempre amó a Elmer, pero su hermana adoptiva, Aurora, le arrebató su hogar y al hombre de sus sueños. Pese al rechazo y desprecio de Elmer, fiel a Aurora, Leona se casó con él antes de desaparecer sin dejar rastro. Tras un lustro de tormento y culpa por su ausencia, Elmer se enfrenta a lo inesperado: Leona regresa con un niño pequeño. Su retorno demuestra que las heridas del pasado siguen abiertas y los secretos no han sido olvidados.
Capítulos
Compartir

Capítulo 1

En el silencio de la noche, Leona Barnes se despertó con el sonido de la puerta al abrirse. Ante eso, sus ojos se iluminaron al instante.

Ese era el día de su cumpleaños.

El abuelo de Elmer Hayes había prometido que su nieto iba a regresar a tiempo.

Entonces, ella lo había estado esperando durante todo el día, ¡y por fin, él ya estaba allí!

Al verlo, Leona se puso de pie rápidamente, fingiendo que no estaba durmiendo en ese momento, y se acercó a Elmer con una enorme y brillante sonrisa en sus labios.

"Elmer, tú... Ehmm...".

Antes de que la chica pudiera terminar la oración, el hombre de repente presionó sus labios contra los de ella, silenciándola de inmediato.

Enseguida, ella sintió que la tiraban hacia los brazos del recién llegado y al instante se ahogó en el fuerte olor a alcohol.

Aturdida, Leona presionó sus manos contra el pecho del hombre y trató de apartarlo lejos de ella, luchando por liberarse de su fuerte abrazo.

Sin embargo, aquello tan solo ocasionó que él la besara con mucha más fiereza. Él la dejó prisionera en su lugar, envolviendo sus brazos alrededor de ella con fuerza como si de una pitón se tratara.

Con las mejillas totalmente en llamas, Leona no pudo hacer nada más que dejar que el hombre la siguiera besando.

Con mucha agilidad, la lengua de Elmer se deslizó dentro rápidamente y bailó con la de ella, haciendo que el olor a alcohol se extendiera por su boca.

Leona realmente no pudo soportarlo más, por lo tanto, todo su cuerpo se quedó inerte en los brazos del hombre.

En ese momento, Elmer hizo una pausa, le tomó las nalgas y la levantó, dejándola así envolver sus esbeltas piernas alrededor de su estrecha y musculosa cintura.

No fue sino hasta que probó el sabor metálico de la sangre que él soltó temporalmente a Leona, quien se quedó sin aliento por completo.

"Tú... ¿Tienes hambre ahora? Yo podría pedir...".

"Sí, tengo hambre".

Una voz profunda y ronca la interrumpió de repente.

Luego, la nuez de Adán de Elmer se balanceaba hacia arriba y hacia abajo, y antes de que Leona pudiera decir algo más, un par de manos firmes agarraron su esbelta cintura y la tiraron sobre la cama con fuerza. Al instante, él se subió sobre de ella y le susurró al oído: "Pero tengo hambre de ti".

Tan pronto como terminó de hablar, bajó la cabeza y empezó a besar apasionadamente su suave y delicado cuello. Así, sus labios siguieron moviéndose hacia abajo, hasta que su rostro se quedó enterrado en su escote.

Quizás era la culpa del alcohol, Elmer actuó con más rudeza que de costumbre, dejando un rastro de chupetones en la delicada piel de la joven.

Él le mordió suavemente el pezón rosado, mordisqueándolo un poco con los dientes, por lo que Leona no pudo evitar gemir, arqueando la espalda de placer.

A esas alturas, ella ya no tenía reservas. Entonces, abrazándolo por el cuello, ella se retorció con inquietud bajo su cuerpo, con los ojos llenos de pasión.

El pene de Elmer ya estaba totalmente erecto, así que, estimulado por el alcohol, no pudo contenerse más y le arrancó el camisón a Leona.

"Ay, por Dios... Elmer...".

Las largas pestañas de Leona estaban completamente empapadas de lágrimas. De repente, ella sintió que algo grueso se insertaba en su cuerpo con fuerza y no pudo evitar gemir en voz alta.

De esa manera, los dos se convirtieron en uno solo.

Después de llegar al clímax, Elmer se dio la vuelta de inmediato y se tumbó junto a ella, jadeando sin aliento.

En ese momento, el aire estaba cargado de intimidad.

Leona apoyó la cabeza en su pecho, con su rostro tan rojizo como un tomate, sin poder evitar sonreír contenta.

Para ambos, ese era un raro momento de felicidad, y Leona siempre lo apreciaba de verdad.

Estaba contando las pestañas de Elmer de manera ociosa cuando de repente sonó el celular, destruyendo la atmósfera romántica que se había creado.

Suspirando levemente, el hombre tomó el teléfono y contestó. Su voz era tan baja y gentil, como si estuviera aún inmerso en el momento romántico.

De la nada, su expresión cambió por completo, y sus ojos se llenaron de preocupación.

Al ver eso, el corazón de Leona comenzó a latir rápidamente.

Siempre existió una sola persona en el mundo entero que podría hacerle usar tal expresión.

"Descuida, estaré ahí en unos minutos", pronunció Elmer con sutileza y, obviamente, él estaba hablando con la mujer que amaba.

Desafortunadamente para Leona, esa persona nunca fue ella.

Al instante, la joven le tomó la mano en un esfuerzo por detenerlo. "Elmer...".

Sin embargo, el aludido la ignoró por completo, simplemente se quitó la mano de encima, se vistió con prisa y salió de la habitación sin mirar atrás.

Elmer la dejó allí abandonada en un abrir y cerrar de ojos, como si no hubieran hecho el amor minutos atrás.

Resultó que el momento de felicidad se hizo añicos en tan solo un segundo.

Ya sola, Leona sonrió con amargura y bajó su mano rígida, luego agarró la cobija con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron de color blanco.

Ya había pasado un año y debería haberse acostumbrado a su frialdad, pero ¿por qué ella aún se sentía desconsolada?

Un rato más tarde, tocaron la puerta.

Con sus pestañas temblando, ella miró hacia arriba con anticipación, pensando que su marido podría haber regresado.

No obstante, era solo una criada que había entrado, sosteniendo un vaso de agua y una pastilla.

"Señora Hayes, por favor tómese esta medicina", dijo la chica de manera educada.

De inmediato, Leona se frotó el entrecejo, sonriendo con ironía.

Tal vez era porque el aire acondicionado estaba muy fuerte que sintió frío hasta los huesos y su corazón dolía mucho más.

Honestamente, ya no podía recordar cuántas veces había pasado por esa misma situación.

Cada vez que hacían el amor, Elmer le pedía a una sirvienta que le llevara una pastilla anticonceptiva.

Él se había estado negando a dejarla tener a su hijo.

¿Cómo podía ser tan cruel?

Ese día era su cumpleaños, pero, de todos modos, la había dejado sola, como de costumbre.

Además, él ni siquiera la miró cuando se marchó, pero no se olvidó de pedirle a la criada que le llevara la medicina.

Reprimiendo el dolor en su corazón, Leona se tomó la medicina y el vaso de agua, mientras que sus manos temblaban.

Pero la empleada no se fue, sino que permaneció allí parada y la miró sin expresión.

Leona sabía que la sirvienta no se iría hasta que la viera tragarse la píldora anticonceptiva.

A fin de cuentas, esa era la orden de Elmer, y la criada no se atrevía a desobedecerlo.

Después de haber estado casado durante un año, el hombre le había dado a Leona todo lo que quería.

Excepto un hijo y su afecto por ella.

En realidad, su matrimonio sin amor había sido arreglado por el abuelo de Elmer.

Leona se casó con él porque era la hija biológica de la familia Barnes.

En aquel entonces, ella estaba eufórica, pues, gracias al matrimonio arreglado, finalmente tuvo la oportunidad de estar con el hombre que había amado durante muchos años.

Sin embargo, Elmer nunca correspondió ese amor. De hecho, él estaba enamorado de otra persona cuando se casó a regañadientes con Leona.

Y ella lo sabía desde el principio.

¡Por lo tanto, era completamente normal que la odiara!

Ella jamás se había aferrado a la esperanza de que algún día, su esposo pudiera sentir simpatía por ella.

Y solamente estaba decidida a permanecer a su lado como su esposa leal.

Incluso fingió indiferencia ante la aventura de Elmer con esa mujer, soportando el dolor en silencio, sola.

Por otro lado, ya eran las dos de la madrugada cuando Elmer finalmente llegó al hospital.

Enseguida, abrió la puerta de la habitación y encontró a la mujer acostada en la cama, pálida, pareciendo estar muy débil.

Al verlo, ella le sonrió con dificultad. "Por fin estás aquí, Elmer... Ahem...".

Ella ni siquiera podía terminar una oración sin toser violentamente.

Notando lo muy lamentable que se veía la chica, rápidamente Elmer se acercó a su lado y le dio unas palmaditas en la espalda. Tras ello, le preguntó al doctor con el ceño fruncido: "¿No me había dicho que ella estaba bien?".

Al escucharlo, el médico se subió los lentes por el puente de la nariz. "Señor Hayes, en realidad ella esta vez no fue admitida por su enfermedad congénita del corazón, sino por el sangrado...".

También te puede gustar

Portada de la novela Al Faro del Amor
8.3
Hiram, un gélido y calculador CEO, accede a un matrimonio por compromiso bajo la estricta promesa de divorciarse en treinta días. Su desprecio hacia Rachel es inmediato, juzgando su informalidad y la oscura leyenda de infortunio que rodea a sus antiguos amantes. Sin embargo, la convivencia forzada empieza a derribar sus prejuicios. Lo que nació como un contrato efímero se transforma en un vínculo de pasión que desafía el destino y sus planes iniciales.
Portada de la novela Antes de Nosotros
8.8
Conoce el pasado de Sebastián Blair previo a su encuentro con Annabel Dwason. Como el ejecutor más letal de Casablanca, su maestría en el castigo y la muerte le otorga un poder absoluto. Sin embargo, su realidad se transforma al cruzarse con Tamara Jackson, quien guarda secretos y busca desesperadamente su libertad. Ambos inician un vínculo carnal y peligroso, un pacto entre sombras que despierta una pasión prohibida capaz de desafiar toda lealtad.
Portada de la novela De una promesa rota a los brazos de un magnate
8.9
La alta sociedad de Bexwell daba por hecho el matrimonio entre la delicada bailarina Bella Shaw y el audaz heredero Brad Simpson. Tras dos décadas de un vínculo inquebrantable, su compromiso parecía un destino escrito. No obstante, la realidad se torna amarga en su sexto aniversario, cuando Bella halla una fotografía de Brad junto a otra mujer. La evidencia de un tatuaje revelador confirma una infidelidad que destruye su larga historia y rompe su promesa de amor.
Portada de la novela Doctor Gonzalo Daver
9.4
El cirujano Gonzalo Daver, enfocado solo en su carrera y relaciones fugaces, salva a Abigail y queda fascinado por su humildad. Aunque él solo busca que sea su amante, ella se convierte en doctora impulsada por un sentimiento oculto. No obstante, la envidia externa amenaza con replicar el drama que separó a sus antepasados. Gonzalo deberá enfrentar sus prejuicios para descubrir si lo que siente por Aby es un deseo pasajero o un amor verdadero.
Portada de la novela El verano que me cayo en infierno
9.4
Tras años de dolor y traiciones, despierto de forma inexplicable en el verano de mis dieciocho años. Mateo, Lucas y Carla pretenden repetir sus brutales ataques y el sabotaje que arruinó mi futuro, confiando en el poder de sus familias para comprar el silencio. Pero ya no soy la joven ingenua de aquel entonces. Poseo información sobre sus crímenes y corrupción; usaré ese conocimiento para destruir sus imperios y ejecutar mi esperada venganza.
Portada de la novela Hagamos un acuerdo
7.9
La ilustre familia Edwards de Nueva York se encuentra al borde del colapso económico. Ante la inminente quiebra, Phillip Edwards decide entregar la mano de su hija, Camila, al frío y calculador director ejecutivo Franco Collins. Para este empresario perfeccionista, la boda es solo un movimiento comercial ventajoso. Camila, acostumbrada a los privilegios, debe aceptar este vínculo forzado. ¿Lograrán hallar sentimientos reales en una unión pactada por intereses financieros?