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Portada de la novela La criada y el joven heredero

La criada y el joven heredero

Amelia sirve en la mansión De la Vega mientras busca a su padre y enfrenta deudas letales. Allí surge una conexión prohibida con Luciano, el arrogante heredero, transformando el desprecio inicial en un deseo que rompe barreras sociales. Entre secretos y lujos, un romance clandestino florece hasta que el escándalo los alcanza. Ahora, ella debe decidir entre su pasión por él o la seguridad de su hermana y del hijo que espera ante peligros constantes.
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Capítulo 2

El mármol todavía conservaba la huella húmeda de su huida.

Luciano pasó los dedos por el borde del barandal mientras bajaba las escaleras. Lento. Como si saboreara cada segundo. Había pasado menos de una hora desde el incidente, pero su mente seguía pegada a esa imagen absurda y fuera de lugar: la sirvienta cruzando el pasillo principal, con los zapatos empapados y la dignidad... erguida.

-Así que estás escondiéndote ahora.

Amelia, agachada detrás de la puerta de servicio, se enderezó de golpe. La voz lo delataba antes de que sus pasos se escucharan. Siempre hablaba como si todo fuera suyo: el aire, el suelo, el derecho a molestar.

Luciano apoyó un hombro contra el marco de la puerta y cruzó los brazos. Estaba relajado, pero su mirada era afilada.

-Bonita entrada la de hace rato -dijo, con una media sonrisa de burla-. Alfombra persa, pies mojados. Debe ser una nueva tradición de los de tu clase.

Amelia apretó los puños con fuerza. No porque no esperara el comentario. Lo esperaba. Lo conocía. Él era ese tipo de rico.

Pero dolía igual.

-Lo siento. No tenía opción -respondió, con la voz más tranquila de la que creía tener en ese momento.

-¿No tenías opción? -Luciano se rio, sarcástico-. Siempre hay opción. Por ejemplo: entrar como cualquier empleada decente. Por el patio trasero, sin escándalos. Pero claro... tú eres distinta, ¿no? ¿Una estrella en ascenso? ¿O simplemente torpe?

Ella lo miró, esta vez sin bajar los ojos. No. No iba a agacharse otra vez. No después de esa llamada. No después de saber que su padre -su padre, al que apenas le quedaban dos camisas sin agujeros- se había ido dejando una deuda con un tipo que, según el que llamó, no hace preguntas, pero sí dispara.

-Yo no tengo por qué explicarte nada -dijo despacio.

Luciano alzó una ceja. Se acercó un paso. No agresivo, pero sí lo suficiente para incomodarla.

-¿Ah, no? Qué raro. Porque estás en mi casa, pisando mi piso, con tu tragedia personal chorreando por todos lados.

-No es tu casa -dijo ella, en un susurro. Y luego, con más fuerza-: Es de tu padre.

Luciano se detuvo. Ese fue un golpe bajo, lo supo. Pero no lo admitiría jamás. No frente a ella.

-Tienes agallas -dijo, sonriendo con desdén-. Para una trapeadora.

-Y tú tienes un ego del tamaño del comedor. Para alguien que no ha ganado nada por sí mismo.

Silencio.

Luciano sintió cómo algo en su estómago se tensaba. Era rabia. Era algo más.

Se acercó otro paso. Ella no se movió.

-Tú no deberías estar aquí -dijo con voz baja, grave.

-Ya me lo dijiste.

-No. Me refiero a aquí. -Y señaló con un dedo el suelo entre ellos-. Frente a mí. Hablándome así. Como si tu opinión valiera algo.

Amelia sintió cómo su cuerpo se tensaba. El orgullo le hervía en la sangre, pero había otra cosa allí, latiendo más profundo: un calor extraño, tenso, que no sabía si era deseo o desafío. No estaba segura. Solo sabía que no iba a retroceder.

No frente a él.

Lo miró. Firme. Directo. Sin pestañear.

-Yo no tengo miedo.

Luciano la observó un largo segundo. Esa mirada lo desestabilizaba. No era la típica mirada de súplica. No era sumisión. Era como si ella supiera algo de él que él mismo no había descubierto.

-Tal vez deberías tenerlo -respondió.

-Tal vez tú deberías bajarte del pedestal.

La tensión era un hilo delgado entre ambos. Luciano tragó saliva sin querer que se notara. Había algo en esa chica. Algo en la forma en que no se achicaba, en cómo hablaba sin adornos. Lo irritaba. Lo confundía.

Lo atraía.

Y eso... eso lo enfureció aún más.

Dio un paso atrás, como si con eso pudiera cortar el impulso de tomarla del brazo, de empujarla contra la pared y obligarla a callar con algo que no fuera palabras.

-La próxima vez que te vea en el pasillo principal -dijo, recuperando su tono frío-, voy a hacer que te despidan. ¿Entendido?

Amelia lo miró sin decir nada. Sus ojos, oscuros y grandes, no mostraban ni una gota de miedo.

Solo desprecio. Y algo más. Lo mismo que él intentaba negar.

Luciano se giró, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo.

-Y límpiate la cara. Pareces una novela barata.

Salió del cuarto sin esperar respuesta.

Y ella, por primera vez en toda la tarde, sonrió.

No de felicidad.

Sino porque acababa de ver algo que no muchos podían ver:

Él no estaba tan tranquilo como pretendía.

Amelia se quedó sola, pero su mente no.

Cerró los ojos un momento. El corazón le golpeaba el pecho. Todavía sentía el olor de su colonia. Esa maldita colonia que costaba más que su sueldo entero.

Recordó su voz. Su tono burlón.

"Pareces una novela barata."

Y sin embargo...

él se había ido incómodo.

Ella había ganado algo. No sabía qué exactamente, pero lo sentía.

Recogió el trapeador que había dejado en la entrada del salón de música, volvió a llenar el balde con agua y jabón. El trabajo seguía. La vida no se detenía por un par de frases mordaces.

Pero su corazón, ese que había aprendido a endurecer desde que era niña, se había sacudido.

No por lo que dijo Luciano.

Sino por lo que no dijo.

Y por la forma en que la miró.

Como si, por un instante fugaz, ya no fuera una sirvienta...

sino una amenaza.

Luciano, en su habitación, tiró la camisa al suelo con un gesto seco.

Caminó hasta la ventana y la abrió de golpe. El aire fresco de la tarde apenas lo tranquilizó.

La conversación le había dejado un sabor metálico en la boca.

No era la primera vez que una empleada cruzaba la línea. Pero esto no era igual.

No lo miraba con miedo ni con sumisión.

Lo miraba como si pudiera verlo por dentro. Y eso le daba miedo.

Se echó agua fría en la cara. Se apoyó en el lavamanos.

¿Por qué le importaba?

Era solo una empleada.

Una más.

Pero esa boca. Esos ojos.

Esa actitud.

Luciano apretó los dientes.Tal vez necesitaba ponerla en su lugar.

O tal vez...

solo necesitaba verla de nuevo.

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