Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela La criada y el joven heredero

La criada y el joven heredero

Amelia sirve en la mansión De la Vega mientras busca a su padre y enfrenta deudas letales. Allí surge una conexión prohibida con Luciano, el arrogante heredero, transformando el desprecio inicial en un deseo que rompe barreras sociales. Entre secretos y lujos, un romance clandestino florece hasta que el escándalo los alcanza. Ahora, ella debe decidir entre su pasión por él o la seguridad de su hermana y del hijo que espera ante peligros constantes.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

La calle olía a humedad y abandono. El cielo, cubierto por un manto gris, comenzaba a escupir una llovizna fina. Amelia corría con los zapatos empapados, el uniforme aún húmedo por la limpieza, el corazón apretado y los pensamientos enredados.

Papá... otra vez. ¿Por qué? ¿Por qué siempre huyes cuando más te necesitamos?

Las palabras resonaban: "Lo vieron en la terminal, Amelia. Estaba huyendo. La deuda no es pequeña".

La voz era de Mauricio, un hombre de otra época de su vida. Había sido socio de su padre, camionero como él. Lo recordaba vagamente: su olor a diésel y cigarro, su voz de piedra raspada, su presencia intermitente. Nunca fue familia, pero aparecía cuando los demás no. En los momentos difíciles, eso contaba.

El portón de lámina crujió al cerrarse tras ella.

Amelia empujó con el hombro la puerta rota de su casa. El pestillo estaba flojo, igual que todo lo demás. El viento se colaba por los huecos de las paredes de madera, y el techo goteaba con la insistencia de una herida abierta. Una gota. Otra. Y otra. Como si el mundo le recordara que las cosas siempre podían empeorar. Adentro olía a moho, sopa pasada y resignación.

-¿Emilia? -La vocecita temblorosa vino desde el rincón donde un colchón viejo servía de cama y refugio.

Isabelita.

Su hermanita de seis años estaba acurrucada bajo una cobija agujerada. Tenía las mejillas encendidas por la fiebre, el cuerpo débil, los ojos grandes y asustados. Su nariz goteaba y la respiración era áspera, como si le doliera simplemente estar viva.

-Ya estoy aquí, mi amor -dijo Amelia, cayendo de rodillas a su lado.

La niña. Su cuerpo, huesos finos y ojos grandes. Se parecía a su madre. A su madre cuando aún reía. Cuando el abandono aún no se había llevado su juventud. Amelia le apartó con cuidado el cabello sudado de la frente.

-¿Has comido algo?

Isabelita negó con la cabeza.

-No había nada -murmuró-. Solo un pedazo de pan. Pero tenía moho...

Amelia cerró los ojos un segundo. Tragó saliva. No podía llorar. No ahora.

Se levantó de golpe y fue a la cocina -un espacio mínimo con un solo hornillo que apenas servía-. Revisó la alacena. Nada. Solo un frasco con sal, otro con café viejo y una lata vacía de leche en polvo.

Buscó en su bolso. Contó las monedas.

Cincuenta y tres centavos.

-No me alcanza ni para un huevo...

Volvió junto a Isabelita, con el pan duro entre las manos. Lo raspó con un cuchillo hasta quitarle el moho, y lo partió por la mitad. Le echó un poco de sal encima. Como cuando eran niñas y jugaban a que eran princesas y esa era su "comida real".

Se lo dio a su hermana.

-Pan con sal. Nuestro favorito -dijo, forzando una sonrisa.

Isabelita lo tomó y lo mordió sin decir palabra. Amelia la observó comer con un nudo en la garganta. Tenía fiebre. No mucha, pero lo suficiente para preocuparse. Y la tos que no se le quitaba desde hace semanas. No había medicina. Ni doctor. Ni padre.

-¿Y Papá...?

La pregunta fue un golpe seco.

Amelia tragó saliva.

-No se, Isabelita. Pero no te preocupes. Voy a cuidarte. Como siempre.

Le acarició el cabello, ahora enredado y pegado al rostro sudado. 

Isabelita sonrió débilmente antes de morder. Masticó con lentitud, como si le costara trabajo. Amelia la miró comer con una mezcla de ternura y culpa. No era justo. Para una niña tan pequeña, el mundo no debería ser tan cruel.

El celular vibró en su bolsillo. Otra vez Mauricio.

-¿Qué más sabes? -respondió sin saludar.

-Te dije lo que vi. Tu viejo bajó de un camión como alma que lleva el diablo. Preguntó por un tal Gordo Nino y desapareció. No volvió por su camión, y hay gente mala preguntando por él. Amelia, te lo digo claro: no lo busques.

-No puedo hacer eso. Es mi papá.

-Sí, y también es un hombre con más deudas que alma. Tú decides.

Colgó.

Amelia cerró los ojos. Isabelita dormía ahora, pero su respiración seguía tensa. Mojó un trapo y se lo puso en la frente. La fiebre no bajaba. Tenía que conseguir algo para ella. Comida. Medicina. Cualquier cosa.

Y tenía que volver a trabajar esa misma noche.

La imagen de Luciano apareció, sin querer. Su traje planchado. Sus zapatos limpios sobre el mármol que ella trapea. Su voz cargada de desprecio. Pero también, aquella mirada fugaz... algo se había quebrado en él por un segundo.

¿La había visto realmente? ¿O solo había visto a la sirvienta que se atrevió a cruzar la alfombra?

No importaba.

Amelia se levantó. Observó el balde casi lleno bajo la gotera. La lluvia seguía cayendo, gota a gota, como un reloj que marca el ritmo de su derrota.

Pero no se rendiría.

Tenía una hermana que lloraba en silencio, un padre que huía como una sombra, y un mundo que le recordaba todos los días que valía menos que una alfombra manchada.

Y aun así, volvería mañana a la mansión.

Porque a veces, la dignidad se traga como pan duro con sal.

Porque sobrevivir también es una forma de resistencia.

Más tarde esa noche, mientras Isabelita dormía entre escalofríos, Amelia salió al patio. El suelo estaba húmedo, las sandalias se le pegaban al lodo. Sacó el celular, que apenas tenía señal, y marcó.

-¿Mauricio?

-¿Amelia? ¿Dónde estás?

-En casa. Necesito saber si sabes algo más.

Un silencio del otro lado. Largo. Tenso.

-No deberías estar ahí. Se está poniendo feo.

-¿Qué hizo mi padre?

-Le quedó mal a la gente peligrosa. Muy peligrosa. No es solo una deuda. Es algo más. Algo que no quiso decirme. Pero si se metió con esa gente... tú y tu hermana corren peligro.

El corazón de Amelia se detuvo un segundo.

-¿Quiénes son?

-No por teléfono. Solo... cuídense. Y si ves a alguien raro, no abras la puerta.

La llamada se cortó.

Amelia se quedó con el celular temblando en la mano.

La noche, de pronto, se volvió más fría. El viento soplaba desde el norte, arrastrando basura y amenazas. La gotera seguía su compás. Tic. Tic. Tic.

Amelia miró hacia el cielo encapotado.

No tenía a nadie más.

Solo a Isabelita.

Solo sus manos.

Y una voluntad que aún no se le quebraba.

Mañana volvería a la mansión. Tragaría su orgullo. Trapeador en mano, sonrisa invisible. Volvería a mirar a ese hombre de ojos fríos, que la trataba como si no valiera nada.

Y seguiría adelante.

Porque no podía caer.

Porque su hermana dependía de ella.

Porque el amor, aunque fuera pobre, no se rendía.

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela Curvas para el CEO
9.4
Tras superar años de acoso escolar por su físico, Adelaida ha logrado construir una vida estable y segura. No obstante, su tranquilidad se desmorona cuando Brandon Clark, el chico que lideró las burlas y de quien estuvo enamorada, reaparece como el nuevo CEO de su compañía. El hombre que marcó su pasado regresa más imponente que nunca, buscando una proximidad profesional que ella no desea. ¿Qué intenciones oculta quien más daño le hizo?
Portada de la novela Demasiado tarde para tu segunda oportunidad
8.4
Bernardo Wise, sucesor de un imperio, destruyó una década de amor al proteger a Frida, responsable de la muerte de mi madre. Tras soportar su indiferencia, lo denuncié y busqué refugio en París para empezar de cero. Cuando logré la estabilidad, él volvió suplicando clemencia. Pese a que se arriesgó para rescatarme de un rapto violento, su sacrificio no borra el pasado. Aunque ahora sufra por mí, su tiempo terminó; mi futuro ya no le pertenece.
Portada de la novela El CEO Afortunado
9.6
Pasé mi infancia confinada en una mansión blindada por cercas eléctricas y escoltas implacables, ajena a los oscuros negocios de mi padre. Aunque vivía en una prisión de lujo llena de enigmas, el afecto familiar me protegía de la hostilidad exterior. Al verlo regresar a casa, corrí entusiasmada mientras mi madre lo recibía con total entrega. Solo anhelaba que sus profundos ojos azules se posaran en mí con la ternura de quien llama a su hija 'girasol'.
Portada de la novela El Hijo De Mi Esposo
9.5
Emily, una sencilla secretaria de profesión contable, acepta un matrimonio por conveniencia con su jefe, el magnate Jacob. Su único motivo es financiar el costoso tratamiento médico que su madre requiere. Sin embargo, este acuerdo financiero se complica drásticamente tras conocer a Andrew, el hijo de su nuevo esposo. Entre ellos nace un deseo prohibido que desafía su lealtad, mostrándole a Emily el significado de un amor real y apasionado.
Portada de la novela El hijo oculto que cambia todo
9.7
Un influyente director ejecutivo halla a su hijo adolescente, fruto de una relación antigua. Lejos de querer un vínculo emocional, el joven busca aniquilar el legado empresarial de su progenitor como represalia por su ausencia. En un marco de engaños y confidencias corporativas, el heredero se alza como el principal adversario del magnate. Ante el asedio de la prensa y enemigos externos, estalla una disputa donde el chico hará lo imposible por despojar de todo al padre que lo abandonó.
Portada de la novela La esposa rechazada es multimillonaria
8.4
Después de siete años de total sumisión y de ocultar que es enfermera, una mujer decide terminar su matrimonio. Al ser herida físicamente y ver a su millonario esposo proteger a otra, su amor se torna en desprecio. Obligada a esconder a su hija por las constantes amenazas de él, ella espera a que el contrato nupcial expire. Pronto, recuperará su inmensa fortuna y su verdadera identidad para destruir al hombre que tanto la humilló y traicionó.