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Portada de la novela La cosecha del corazon Roto

La cosecha del corazon Roto

Cecilia Martínez, una sommelier que huye de su propio vacío, llega al Viñedo San Miguel para cruzarse con Tomás Guerra. Él es un hombre atormentado que defiende con hostilidad una propiedad al borde de la ruina. La aparición de la Lágrima de Sol, una cepa legendaria, desata una peligrosa ambición corporativa plagada de sabotajes. Mientras el riesgo acecha y el romance florece, ambos se unen para salvar el legado de la tierra y sanar sus almas.
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Capítulo 2

Cecilia no se movió.

La orden de marcharse había quedado flotando en el aire viciado de la bodega, una sentencia definitiva lanzada por un hombre que parecía acostumbrado a que su palabra fuera el final de cualquier discusión. Pero Tomás Guerra no conocía a Cecilia. No sabía que su carrera se había construido sobre la base de decir "no" a hombres poderosos que creían saber más que ella sobre lo que tenían en la copa. No sabía que, bajo la seda de su blusa y la fragilidad aparente de su silueta, había una columna vertebral forjada en la disciplina de quien ha tenido que probar su valía mil veces.

Tomás ya le había dado la espalda, retomando su tarea inútil con la llave inglesa, golpeando un perno oxidado con una violencia que parecía más terapia que mecánica.

-El contrato de consultoría fue firmado por su abogado hace tres semanas, señor Guerra -dijo Cecilia. Su voz no tembló. Resonó limpia y fría contra las paredes de piedra-. Incluye una cláusula de penalización por cancelación anticipada que, a juzgar por el estado de sus techos, dudo que quiera pagar.

El ruido metálico cesó de golpe. El silencio regresó, más pesado que antes.

Tomás giró la cabeza lentamente, mirándola por encima del hombro. Sus ojos oscuros se entrecerraron, reevaluando la amenaza. Ya no veía a una turista perdida; veía a un problema burocrático.

-Mi abogado es un optimista -gruñó Tomás, girándose completamente y limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo que colgaba de su cinturón-. Cree que esto se puede salvar. Yo soy realista.

-Usted no es realista -replicó ella, dando un paso hacia adelante, invadiendo la zona de confort que él había delimitado-. Es un hombre que ha dejado que la podredumbre noble se convierta en podredumbre gris. Hay una diferencia. Una se puede vinificar; la otra es basura.

Fue un golpe bajo, técnico y preciso. Vio cómo la mandíbula de Tomás se tensaba bajo la barba descuidada. Por un segundo, pensó que la echaría físicamente de allí. Pero él simplemente soltó un bufido de desdén.

-Haga lo que quiera -dijo, tirando el trapo sobre la mesa-. Pasee, mire, escriba su informe. Pero no espere que le sirva el té. Y no toque nada que parezca que se va a romper, lo cual incluye el noventa por ciento de este lugar.

Sin decir más, Tomás pasó por su lado como si ella fuera una columna más de la estructura, y salió hacia la luz cegadora de la tarde, dejándola sola en la penumbra.

Cecilia soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos, ahora sí, temblaban ligeramente. No por miedo, sino por la adrenalina del enfrentamiento. Miró a su alrededor. La bodega era un cementerio de intenciones. Tanques de acero inoxidable vacíos y sin brillo, mangueras enrolladas malamente en el suelo como serpientes muertas. Pero la estructura... la estructura tenía "huesos". Los arcos eran sólidos, la temperatura natural era buena. Había potencial, enterrado bajo capas de apatía.

Salió de la bodega, entrecerrando los ojos ante el sol de las tres de la tarde. El calor era sofocante, seco, implacable. Tomás había desaparecido, probablemente refugiado en la casa principal o en algún rincón del campo.

Cecilia caminó hacia su coche, abrió el maletero y sacó unas botas de trabajo que había comprado apresuradamente antes de salir de la ciudad. Se quitó los mocasines italianos allí mismo, sobre la grava, y se calzó las botas. Se sentían extrañas, pesadas y toscas, pero le daban una sensación de anclaje. Se quitó el blazer, quedando en una camisa blanca de lino, y se adentró en las hileras de vides.

El viñedo estaba sufriendo. Lo podía oír en el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Caminó por el callejón central, tocando las plantas. La mayoría presentaba un estrés hídrico severo. Las hojas basales estaban amarillas, sacrificadas por la planta para intentar salvar los frutos.

Se detuvo frente a una cepa de Malbec. Los racimos eran pequeños, los granos irregulares. Arrancó una uva y se la llevó a la boca. La piel era gruesa, casi correosa, defensiva. Mordió. La acidez fue punzante, agresiva, pero debajo de eso... debajo de la falta de agua y el cuidado, había una concentración de fruta negra explosiva.

-No estás muerta -susurró Cecilia, escupiendo las semillas en su mano-. Solo estás furiosa.

-Cuidado con las serpientes, señorita. Les gusta la sombra de las cepas viejas.

Cecilia dio un salto, girándose bruscamente.

Un hombre mayor, de piel curtida como el cuero viejo y con un sombrero de paja deshilachado, la observaba desde la hilera contigua. Se apoyaba en una pala con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Sus ojos, rodeados de una red infinita de arrugas, eran amables, contrastando radicalmente con la mirada de su patrón.

-Rogelio -se presentó el hombre, tocándose el borde del sombrero-. Soy el capataz. O lo que queda de uno. Usted debe ser la experta de la ciudad.

-Cecilia -corrigió ella, recuperando la compostura-. Y no soy de la ciudad, al menos no hoy. ¿Usted es el único que trabaja aquí?

Rogelio asintió, mirando el horizonte de viñas descuidadas con una mezcla de cariño y resignación.

-El patrón y yo. A veces vienen jornaleros por día si hay dinero, pero últimamente... -dejó la frase en el aire-. El dinero escasea tanto como la lluvia.

-El señor Guerra dice que el viñedo está muerto -dijo Cecilia, probando el terreno.

-El patrón dice muchas cosas desde que la señora Elena se fue -dijo Rogelio en voz baja, como si pronunciar ese nombre pudiera invocar una tormenta-. El dolor le ciega, señorita. Él ve muerte porque es lo único que lleva dentro. Pero la tierra... la tierra es terca. Como él.

Cecilia miró la uva que aún tenía en la mano.

-¿Dónde puedo quedarme? -preguntó, decidiendo ignorar por el momento la historia de Elena, aunque archivó el dato mentalmente-. No vi hoteles en los últimos cuarenta kilómetros y dudo que el señor Guerra me ofrezca la habitación de invitados.

Rogelio sonrió, mostrando unos dientes manchados de tabaco.

-La casa grande está cerrada para todos, incluso para él a veces. Pero está la "Casita de Piedra". Era la antigua casa de los guardeses, al final de la propiedad, cerca del arroyo seco. No es el Ritz, pero tiene techo y una cama.

-Me sirve -dijo Cecilia.

La "Casita de Piedra" era, siendo generosos, una ruina habitable. Una construcción pequeña de una sola habitación, con paredes de piedra gruesa y un techo de vigas de madera que olía a humo y lavanda seca. Había una cama de hierro con un colchón que parecía una loma geográfica, una mesa de pino y una pequeña cocina de gas.

Cecilia pasó las siguientes cuatro horas limpiando. Fue una limpieza furiosa, física. Barrió nidos de arañas, fregó el suelo de baldosas rojas hasta que el agua del cubo salió negra, y sacudió las sábanas viejas que encontró en un armario hasta que sus brazos dolieron.

No pensó en el vino. No pensó en su divorcio. No pensó en su reputación. Solo pensó en polvo y agua.

Cuando cayó la noche, el viñedo se transformó. El calor brutal del día se evaporó, dejando paso a un frío seco y penetrante que bajaba de las montañas. El silencio era absoluto, una manta pesada que cubría el valle.

Cecilia se sentó en el pequeño porche de la casita, envuelta en un chal, bebiendo una botella de agua tibia. No había comido nada desde el almuerzo ligero en la carretera, pero su estómago estaba cerrado. Miró hacia la casa principal, a unos quinientos metros de distancia. Solo había una luz encendida, en la planta baja. Una luz amarilla, solitaria, como un faro en un mar de oscuridad.

Se preguntó qué estaría haciendo Tomás Guerra. ¿Bebiendo? ¿Lamentándose? ¿O simplemente existiendo, esperando que el tiempo pasara lo suficientemente rápido para llevarse todo por delante?

El insomnio, su viejo compañero de cama, la empujó a caminar.

Tomó una linterna que había encontrado en la cocina y salió. La grava crujía bajo sus botas. La luna estaba en cuarto menguante, ofreciendo poca luz, por lo que las hileras de viñas parecían espectros retorcidos alzando sus brazos al cielo.

Sin un rumbo fijo, sus pies la llevaron de vuelta hacia la bodega grande. La estructura se alzaba imponente contra el cielo estrellado. Cecilia se detuvo. No tenía intención de entrar, pero algo llamó su atención.

Un zumbido.

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