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Portada de la novela La cosecha del corazon Roto

La cosecha del corazon Roto

Cecilia Martínez, una sommelier que huye de su propio vacío, llega al Viñedo San Miguel para cruzarse con Tomás Guerra. Él es un hombre atormentado que defiende con hostilidad una propiedad al borde de la ruina. La aparición de la Lágrima de Sol, una cepa legendaria, desata una peligrosa ambición corporativa plagada de sabotajes. Mientras el riesgo acecha y el romance florece, ambos se unen para salvar el legado de la tierra y sanar sus almas.
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Capítulo 3

Era un sonido bajo, constante, casi imperceptible si no se prestaba atención. Un zumbido eléctrico.

Cecilia frunció el ceño. Tomás le había dicho que la bodega estaba inoperativa, que las máquinas estaban paradas. "Muerto", había dicho.

Se acercó a la pared lateral de la bodega. El zumbido se hizo más claro. Sonaba como un compresor de aire acondicionado industrial, pero uno moderno, eficiente, no la maquinaria vieja que había visto antes.

Rodeó el edificio, guiada por la curiosidad y el sonido. En la parte trasera, oculta por unos arbustos de romero gigantescos que habían crecido salvajemente, encontró una puerta pequeña de metal. No era de madera vieja como las demás. Era una puerta de seguridad, moderna, con un panel digital apagado pero funcional.

El zumbido venía de detrás de esa puerta.

Cecilia acercó la mano al metal. Estaba frío. Helado. Mientras que el resto de la bodega conservaba el calor residual del día en sus piedras, esa puerta estaba refrigerada activamente.

Alguien estaba manteniendo algo a una temperatura muy específica ahí dentro.

Apagó su linterna instintivamente al escuchar el sonido de la grava siendo aplastada al otro lado del edificio. Pasos. Pesados y lentos.

Se agachó detrás de los arbustos de romero, el aroma intenso de la hierba llenando su nariz. Se asomó entre las ramas.

Tomás Guerra apareció doblando la esquina. Llevaba una linterna en una mano y un manojo de llaves en la otra. No parecía borracho ni desolado. Parecía alerta. Se detuvo frente a la puerta de metal, miró a su alrededor hacia la oscuridad del viñedo -su mirada pasó peligrosamente cerca de donde Cecilia se escondía- y luego insertó una llave física en la cerradura, ignorando el panel digital.

Abrió la puerta.

Una luz azulada, tenue y clínica, se derramó desde el interior hacia la noche. Cecilia contuvo la respiración. Antes de que Tomás entrara y cerrara la puerta tras de sí, ella pudo vislumbrar el interior por una fracción de segundo.

No había polvo allí. El suelo brillaba, impoluto. Y al fondo, alineadas como soldados en formación perfecta, había una sola fila de barricas. Pero no eran barricas normales. Eran barricas nuevas, de un roble tan claro que casi parecía blanco, marcadas con una tiza roja que brillaba bajo la luz artificial.

Tomás entró y la puerta se cerró con un clic hermético, tragándose el zumbido y la luz.

Cecilia se quedó sola en la oscuridad, con el corazón latiéndole en la garganta. Rogelio le había dicho que Tomás había dejado de producir, que vivía en el pasado. Tomás le había dicho que el viñedo estaba muerto.

Ambos mentían.

Allí dentro, en el secreto de la noche, Tomás Guerra estaba criando algo. Y a juzgar por el celo con el que lo escondía, era algo mucho más valioso, o peligroso, que un simple vino.

El amanecer en el Viñedo San Miguel no fue un despertar suave. Fue una invasión. El sol no salió tímidamente; estalló sobre la cordillera, inundando la "Casita de Piedra" con una luz blanca e implacable que se coló por las rendijas de las contraventanas de madera.

Cecilia abrió los ojos, sintiendo cada resorte del viejo colchón marcado en su espalda. Su cuerpo, acostumbrado a las sábanas de hilo egipcio y a colchones con memoria, protestaba en silencio. Se quedó unos segundos mirando las vigas del techo, desorientada, hasta que el olor a polvo y lavanda seca le devolvió la memoria.

No estaba en su ático. No tenía una reunión de directorio a las nueve. Tenía un misterio refrigerado a quinientos metros y un dueño hostil que probablemente esperaba que ella ya hubiera hecho las maletas.

Se levantó y se preparó con la eficiencia militar que regía su vida. Como no había agua caliente, se duchó con el chorro helado que salía de la tubería oxidada, jadeando mientras el agua fría despertaba cada terminación nerviosa de su piel. Se vistió con ropa de trabajo: pantalones de lona beige, una camisa de algodón grueso y las botas nuevas que ya empezaban a acumular una fina capa de polvo rojizo. Se recogió el cabello en una coleta tirante. No se maquilló, salvo por una capa de protector solar.

Al salir, el aire de la mañana era engañosamente fresco. Caminó hacia la casa principal. No había rastro de Tomás, pero la puerta de la bodega grande estaba abierta de par en par.

Cecilia entró, sus ojos buscando instintivamente la puerta de metal del fondo, oculta tras los arbustos. Desde su posición actual, era invisible. La bodega olía a café recién hecho, un aroma rico y oscuro que contrastaba con el olor a humedad del día anterior.

Tomás estaba allí, de pie junto a la mesa de trabajo, revisando unos papeles arrugados con el ceño fruncido. Tenía una taza de peltre en la mano y las mismas ojeras profundas. Al verla entrar, no hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación cansada.

-Sigues aquí -dijo, sin levantar la vista del papel.

-El contrato es por tres meses, Tomás. Ya lo hablamos -respondió ella, acercándose a la mesa. Notó que ocultaba sutilmente el documento bajo una revista de maquinaria agrícola-. Buenos días.

Él gruñó algo ininteligible y tomó un sorbo de café.

-No tengo tiempo para visitas guiadas hoy, señorita Martínez. Tengo una bomba de riego que reparar en el sector norte y...

-No necesito una visita guiada -le interrumpió ella con calma-. Necesito una pala, un barreno para muestras de suelo y un mapa catastral de la propiedad.

Tomás levantó la vista lentamente. Por primera vez, hubo un destello de curiosidad genuina en sus ojos opacos, aunque rápidamente lo disfrazó de burla.

-¿Vas a hacer jardinería?

-Voy a hacer calicatas -dijo ella, usando el término técnico para los pozos de exploración de suelo-. Si voy a salvar este viñedo, necesito saber qué hay debajo. No me importa lo que dicen los papeles de hace veinte años. Necesito saber cómo está el suelo hoy. La compactación, la salinidad, la actividad microbiológica.

Tomás soltó una risa corta.

-El suelo es piedra y arcilla, Cecilia. Siempre lo ha sido. No necesitas romperte las uñas para saber eso.

-Déjeme preocuparme por mis uñas. ¿Dónde están las herramientas?

Tomás la sostuvo la mirada un momento más, evaluándola. Probablemente pensaba que duraría una hora bajo el sol antes de rendirse. Finalmente, señaló con la cabeza hacia un rincón oscuro de la bodega.

-Ahí está el equipo. El mapa está en la pared de la oficina, si es que las termitas no se lo han comido. Si te da una insolación, grita fuerte. Rogelio anda cerca. Yo estaré ocupado.

Tomás tomó su caja de herramientas y salió, dejándola sola. Cecilia esperó a que el sonido de sus pasos se desvaneciera antes de soltar el aire. Miró hacia el fondo de la bodega, hacia el secreto escondido. La tentación de ir e intentar abrir esa puerta era abrumadora, pero sabía que era estúpido. Estaba cerrada, y forzarla solo conseguiría que la echaran legalmente por allanamiento.

Necesitaba ganarse el derecho a estar allí. Y eso empezaba por la tierra.

Dos horas después, Cecilia se arrepentía de su bravuconería, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

El sol del mediodía caía a plomo sobre el sector oeste del viñedo, una ladera inclinada donde las cepas viejas de Cabernet Sauvignon parecían esqueletos retorcidos. Cecilia estaba dentro de un agujero de un metro de profundidad que ella misma había cavado.

Le dolía todo. Las manos le ardían a pesar de los guantes, y sentía el sudor correr por su espalda como un río incesante. Pero tenía una misión.

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