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Portada de la novela La cicatriz del sol

La cicatriz del sol

La princesa Sol vive marginada en el reino de Wilor, ocultando tras las sombras una cicatriz que le ha valido el desprecio de todos. Sin embargo, su destino da un giro inesperado cuando sus lágrimas atraen al temible príncipe de los lobos en el bosque maldito. Fascinado por su esencia, el poderoso líder licántropo decide protegerla con un beso, desafiando las crueles burlas de la corte y forjando el inicio de un romance legendario y eterno.
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Capítulo 3

Escuchaba los murmullos llenar la cálida mañana mientras yo me cuestionaba aún por qué no sentían miedo ante la llegada de aquellos seres. Si estuviera fuera de esta alcoba mi cuerpo temblaría si algún lobo o felino posara sus intimidantes ojos sobre mí.

¿Cómo mis hermanas aguantarían aquello?

Rezaba para que ellas permanezcan a salvo.

Macarena me había despertado con una mirada entristecida, observe las cortinas blancas y el sol recién iba posándose en los cielos. Cuestione y cuestione ante aquel apuro por despertarme, también cuestione sobre los murmullos invadiendo la cercanía de mi alcoba, pero mi doncella prefirió callar.

Horas después el bullicio seguía presente, pasos, voces y algunas risas.

Mi corazón latió fuertemente, Macarena peinaba mis cabellos con nerviosismo y por alguna extraña razón desee que este día nunca llegara.

¿Qué pasaba en realidad?

A mi mente llegaron las palabras de mi hermana: Yo también tengo miedo, miedo porque te miento y soy débil.

¿Mentirme?

Negué levemente mi cabeza alejando aquellos pensamientos, entrelacé mis manos y las pose sobre mi regazo. Hoy Macarena había traído un vestido blanco, este era largo y sin ningún diamante. Aunque pregunte, ella guardaba silencio y agachaba la cabeza.

Macarena no era así, ella sonreía, no agachaba la cabeza reflejando en su mirada tristeza.

De pronto un sollozo me alarmo, me puse de pie alarmada cuando en el reflejo del espejo pude ver a mi doncella cubrir su rostro mientras lloraba.

—Macarena ¿qué te ocurre? —me acerque a ella y tome sus manos alejándolas de su rostro. Sus entristecidos ojos me observaron para luego pronunciar

—Lo lamento, alteza —fruncí el ceño sin saber que lo siguiente provocaría un temblor en mi cuerpo

Las puertas de mi alcoba fueron abiertas bruscamente, varios guardias se adentraron y fue ahí que mi padre ingreso, con un traje negro decorando su cuerpo, la corona dorada se posaba en su cabeza y sus fríos ojos me observaban con atención.

¿Qué hacía aquí?

Un silencio perturbador se formó en el ambiente, Macarena pronto se colocó de rodillas y agacho la cabeza callando sus sollozos. Agache mi cabeza para luego reverenciar.

—Majestad —pronuncie con nerviosismo

—Hoy Sol nuestro reino tendrá paz al final del día, vendrán días llenos de abundancia y dejaremos atrás la penuria. —mis labios temblaron ante sus palabras— ¿Quieres saber el motivo de mi presencia?

Segundos después asentí lentamente.

—Es fácil Sol, tu muerte será hoy —asustada ante sus palabras alce mi rostro, fijamente lo observe y él solo hizo un movimiento de cabeza provocando que sus guardias se acercaran a mí con rapidez. Me tomaron fuertemente de los brazos

—Padre... —pronuncie débilmente dejando que mis lágrimas surquen mis mejillas, él solo sonrió y giro sobre sus talones para luego alejarse de mí

Sus guardias comenzaron con la caminata.

Me arrastraron alejándome de la oscura alcoba que me mantuvo cautiva y de los sollozos entristecidos de Macarena.

—Suéltenme, suéltenme, suéltenme

Aclame en voz baja pidiendo que me suelten, ellos ignoraban mis pedidos y seguían guiándome bruscamente por los pulcros pasillos.

Preferí agachar la cabeza y no observar las miradas atemorizadas de las mucamas. Algunos murmullos hicieron presencia en el lugar, mis cabellos negros cubrieron mi rostro y al fin pude sentir el aire rozar mi piel, aunque no era de aquella forma que quise sentirla.

Estaba fuera de la oscuridad y a minutos de morir frente a mi padre.

Ahora entendía las palabras de Guadalupe y la entristecida mirada de Macarena. Todo esto había sido planeado y mi padre, silencioso y frío, había planeado aquello para traer paz a su reino o simplemente para sacar de su vida mi presencia.

Mi corazón dolía, sus palabras que se repetían en mi cabeza atacaban con fuerza y solo me rendí.

Deje que mi cuerpo fuera llevado, ya no aclame, ya no solloce con fuerza, de mis labios simplemente el silencio estaba impregnado. El suelo quemaba mi piel en cada paso de los guardias, el dolor se impregnaba y apreté mis labios ahogando mis sollozos.

El bullicio pronto hizo presencia, voces cantarinas, algunas gélidas, otras con la burla en sus palabras y miradas curiosas. Buscaban aquello que me hizo permanecer en la oscuridad, aquella cicatriz que me causo dolor y tristeza en mi vida.

¡Basta!

¡Basta!

Un gemido escapo de mis labios cuando fue tirada al suelo con fuerza, mis manos ardían, mi cuerpo dolía y mi piel quemaba. Escuche pasos cercanos y un carraspeo que formo el silencio.

Así mi padre pronuncio con fuerza y orgullo en sus palabras.

—Gracias a todos por su presencia, este día celebraremos un nuevo comienzo. Hoy la maldición y penuria de este pueblo morirá frente a nosotros. Hoy se acaba una miserable vida que solo trajo caos —y yo en silencio pedía que de una vez mi vida acabará

Las miradas sobre mí eran intensas, murmullos por doquier y un palpitante dolor en mi corazón que en segundos incrementaba.

Alce mi rostro y observe el cielo, no me importaron los jadeos y risas al ver mi cicatriz. Yo solo miraba el hermoso cielo, las nubes blanquecinas, el incandescente sol y algunas aves revolotear por doquier.

—Hermoso —susurre

Me imagine alguna vez aquella escena, deslumbrante y bella. Mis lágrimas seguían surcando mis mejillas y una sonrisa entristecida se formó en mis labios.

Sentí algo frío chocar posarse sobre mi cuello, luego una voz conocida gritando con desesperación y la espada siendo retirada lentamente.

—¡No! ¡Padre! ¡Padre! ¡No! —Guadalupe gritaba mientras algunos guardias la sostenían con fuerza, pose mis ojos en la muchacha de cabellos negros que yacía a su lado, Jazmín, de rodillas y murmurando algo en voz baja. Sus melancólicos ojos me observaron y fuertemente fue puesta de pie. Ella también grito pronunciando el nombre de mi padre con fuerza

Mis hermanas estaban ahí implorando por mi vida.

Aparte mis ojos de ellas y agache la cabeza.

No pude contener los sollozos que escapaban de mis labios ni el temblor en mis manos. La fría espada nuevamente fue colocada sobre mi cuello, sentí la suave brisa acariciar mi piel, cerré mis ojos y esperé a que el final llegara a mi vida.

Pero este final nunca llego.

Solo escuche un grito, feroz y atemorizante.

Pronto el silencio hizo presencia.

—Majestad —algunas personas murmuraban con temor aquello, escuche suspiros desesperados y la espada ser retira de mi cuello

El guardia se colocó de rodillas reverenciando.

Pero ¿a quién?

No me atrevía alzar mi rostro y ver al causante de este atemorizante silencio.

Solo escuche pasos.

—¿Qué planeas hacer Cameleo? —fríamente cuestiono aquel desconocido hombre

—Majestad, no espera su llegada —titubeo mi padre como respuesta

—¿Acaso no puedo venir a tu reino? —rápidamente mi padre respondió

—No majestad, no quise decir aquello. Solo me encuentro sorprendido

—Entonces ¿qué planeabas hacer? —preguntó el susodicho

Pude tomar un respiro, mi corazón seguía palpitando con fuerza y no pude parar mis lágrimas. Ellas seguían brotando, una a una, reflejando mi dolor. Aunque el silencio era atemorizante pude sentir una pizca de paz y yo me cuestionaba: ¿Por qué lo sentía?

—Majestad, yo... —pero la respuesta de mi padre fue cortada por la feroz voz del hombre desconocido

—¡Cállate! —el guardia que yacía a mi lado, sin alzar el rostro, tembló— ¿Qué le hiciste? —pregunto con temor el hombre

Mi padre prefirió el silencio.

Entonces sentí aquellas manos tomar delicadamente mis brazos como si tuviera temor a romperme, ayudada por aquellas manos logré ponerme de pie y sentir mis piernas flagear adoloridas. Sus dedos fríos acariciaron la piel de mis brazos, suavemente y en silencio.

—Pequeña Sol —pronuncio mi nombre con anhelo y felicidad, aquello causo extrañeza en mi corazón— ¿qué te hicieron? —sentí sus dedos abandonar la piel de mis brazos y posarse pronto en mi barbilla, la sostuvo suavemente y alzo mi rostro

En esos segundos observe fijamente sus misteriosos ojos. Sus palabras quedaron en el aire siendo llevadas por el viento, escuche mi corazón palpitar con fuerza y el miedo desaparecer de mi cuerpo.

¿Quién era aquel hombre que trajo el silencio y miedo a mi padre?

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