Portada de la novela La cicatriz del sol

La cicatriz del sol

9.7 / 10.0
La princesa Sol vive marginada en el reino de Wilor, ocultando tras las sombras una cicatriz que le ha valido el desprecio de todos. Sin embargo, su destino da un giro inesperado cuando sus lágrimas atraen al temible príncipe de los lobos en el bosque maldito. Fascinado por su esencia, el poderoso líder licántropo decide protegerla con un beso, desafiando las crueles burlas de la corte y forjando el inicio de un romance legendario y eterno.

La cicatriz del sol Capítulo 1

Deseaba la libertad y muchas veces me cuestionaba: ¿Qué era ser libre?

Las mañanas eran tristezas, las tardes deprimentes y las noches tormentosas. Quería refugiarme en algunos cálidos brazos y llorar en silencio, tal vez escuchar una voz pidiendo calma, unas manos acariciando mis enmarañados cabellos y sentir un delicado beso ser depositado en mi frente.

Pero debía borrar aquellos anhelos porque yo seguía soñando.

Era una tarde fresca, el sol se posaba en lo más de los cielos, podía escuchar el cántico de las aves mientras mi padre me observaba con ternura, sus labios pronunciarían mi nombre sin odio y podía recorrer los pasillos de mi hogar sin miedo, pero todo era solo un sueño.

Porque cada vez que mi rostro era visto por mi padre el repudio se impregnaba en su mirada, prefería ocultarme en la oscuridad y llorar en silencio.

Nunca supe el motivo de aquella cicatriz que se marcaba en la parte derecha de mi rostro, pero el silencio de mi padre provocaba que aquella pregunta nunca surcara mis labios.

Cuando tan solo era una niña miraba con tristeza a mis hermanas correr por los jardines del palacio, mi padre me lo prohibió. Decía que yo traía vergüenza en su vida.

—Eso eres Sol, vergüenza

Sus palabras perforaban mi corazón cada vez que lo recordaba.

Ahora ya tenía 19 años y la costumbre de permanecer en la oscuridad cubrieron por completo mis anhelos.

Sé que nunca podre sonreír, pero estaba feliz sin mostrar aquella emoción en mi rostro, mis hermanas habían conseguido comprometerse con hombres de alta cuna y los murmullos felices corrían por los pasillos del castillo.

Ellas merecían ser feliz.

Solté un suspiro cuando la puerta fue abierta por donde ingresaron mi nana junto a mi doncella. Ambas reverenciaron con pequeñas sonrisas formadas en sus labios.

—¿Por qué no te sientas en tu cama Sol?, —me pregunto suavemente mi nana, yo guarde silencio mientras dejaba de observarla— ¿qué ocurre?

Se acercó lentamente a mí intentando descifrar que era aquello que ahora me atormentaba, aunque yo intentara negarlo ella podía sentir mi tristeza o solo mi intento de valentía.

Observe a través de las cortinas blancas con el temor a ser observada por los guardias que custodiaban el jardín principal y tras soltar un suspiro agache la cabeza.

—¿Estas así por tus hermanas? —cuestiono mi nana

Yo asentí.

—Estoy feliz al saber que se casaran. —forme en mis labios una pequeña sonrisa— Mi padre yacía contento ¿no?

Pose mis ojos en la figura de la mujer que cuido de mí en esta oscura y solitaria alcoba. Sus cabellos negros poseían algunas muestras de vejez, su piel blanquecina brillaba siendo cubierta por un vestido lila y sus manos yacían entrelazadas sobre su vientre.

Ella intento sonreír, pero solo pudo agachar la cabeza y negar lentamente.

—Solo dilo nana, prometo no llorar —intente mostrar calma en mis palabras

—Ese hombre ambicioso y cruel solo piensa en el dinero —hablo con molestia

—Nana tranquila —ella negó ante mis palabras

—Sol —sus labios pronunciaron mi nombre con tristeza— odio ver que estas escondida aquí como si fueras una prisionera, mereces salir a la luz y sonreír

Me mantuve en silencio mientras dejaba de observarla.

—Esa cicatriz no te hace diferente

—Si lo hace —mi corazón palpito llenándose de tristeza y un nudo se fue formando en mi garganta, apreté mis labios dispuesta a no dejar que mis sollozos hagan presencia

Nuevamente quería llorar.

Ella no dijo nada más porque mi respuesta sería el silencio. Un cruel silencio que me mantiene a salvo y alejada de la curiosidad.

Era mejor no sentirla.

Las horas fueron pasando, la tarde había llegado y el atardecer se podía reflejar detrás de las cortinas blancas, era un borroso atardecer, pero al menos al cerrar mis ojos podía verlo con claridad. Mi nana arreglaba mis cabellos mientras mi doncella limpiaba con delicadeza las pinturas que me dedique a crear en estos años de mi vida.

Cada uno reflejaba en sus misteriosas pinceladas algún sentimiento que embargaba mi corazón. La confusión fue pintada entre colores negros y blancos, una rosa se posaba en el medio, roja como la sangre, mientras el negro y blanco se combinaban a su alrededor.

La rosa era yo y las preguntas fueron representadas por el blanco mientras que el negro tomaba lugar representando a la oscuridad. Aquellas preguntas seguirían siendo preguntas, no tendrían respuestas.

Luego, cuando tan solo poseía 15 años, pinte un ave dorada y una figura grisácea observando con anhelo a la bella ave. Aquella ave era la libertad y yo la figura grisácea, cubierta de tristeza y melancolía.

Nadie, ni siquiera Macarena y mi nana fueron capaces de entender aquellos trazos, pero halagaban mis pinturas con la sinceridad en sus palabras.

Ambas son las únicas que al mirarme no muestran desprecio en sus ojos.

Ninguna se atrevió a pronunciar palabra alguna dejando que el ambiente sea consumado por el nerviosismo y la pena mientras mis pensamientos estaban siendo atacados por la imagen de mi padre sonriente y la felicidad plasmada en sus ojos.

Lo imagine en el jardín sonriendo ante las palabras de mis hermanas, ellas deslumbrando belleza, delicadeza y educación en sus palabras hasta que giro su rostro desechando aquel brillo que se posaba en su mirada. Me observo con repugnancia y odio.

Grito palabras frías y crueles, convirtió cada una en filosas agujas que se clavaron en mi corazón.

Llevaba tantos años en la oscuridad que es normal soñar con salir a la luz, sentir la brisa rozar mi piel y que mi libertad ya no sea lejana.

La oscuridad a veces puede ser tu mejor compañía.

—En unos días los futuros esposos de las princesas llegaran al reino, alteza. —comento mi doncella intentando calmar aquel incómodo silencio. Solo asentí— Habrá un festival en honor a los misteriosos hombres de alta cuna, ojalá que aquellas bestias no arruinen los jardines reales —pose mis ojos en mi doncella cuando de sus labios salió aquella palabra: Bestias

En tierras lejanas existen reinos llenos de fertilidad, riquezas y plenitud. Reinos gobernados por bestias de aspectos deslumbrantes y terroríficos.

Uno de ellos es el reino de los lobos, gobernado actualmente por Fermio, se decía que cuando aquel rey tomaba su forma natural mirar sus penetrantes ojos estaba prohibido. Él invadía tu mente provocando que crueles pesadillas se queden plasmadas en tus recuerdos y hasta la locura invada tu vida.

Era uno de los reyes más poderosos.

El segundo rey se llamaba Bréeme, gobernante del reino felino. Su raza era conocida por su majestuosidad y frialdad. En sus tierras se presenciaron guerras antiguas, sangre quedo impregnada en aquel lugar y se decía que el viento aún conservaba lamentos de aquellos guerreros.

Sin duda existen lugares mágicos a mi alrededor, lugares que son parte de mis anhelos.

Pero hay un reino en particular que esconde misterios, es el reino del mar. Gobernado por una mujer de belleza única y especial. Suele salir de las profundidades cuando la luna azul tiñe las aguas cristalinas y el viento se torna cálido. Nadie sabe cómo describir su rostro ni el color que poseen sus ojos.

Su historia es un misterio.

—Macarena no los llames así —pronuncio mi nana con reproche, Macarena giro sobre sus talones y formo en sus labios una mueca de tristeza

—Lo lamento. —hablo arrepentida, hasta que su voz cantarina nuevamente retorno— Señora Cristal ¿sabe que rango poseen aquellos hombres? —cuestiono mi doncella captando mi completa atención

—Su majestad no ha mencionado aquello, pero cuando lleguen al reino sabremos cuáles son sus rangos —mi doncella asintió con emoción ante las palabras de mi nana

Yo escuchaba en silencio.

—Listo Sol —pronuncio mi nana soltando mis cabellos de sus temblorosas manos

—Gracias —pronuncie en voz baja, agache la cabeza y me acomode entre las colchas

Mi doncella reverencio provocando que sus cabellos negros cayeran sobre su rostro como cascada, sus ojos color chocolate me observaron mientras formaba una sonrisa.

—Descansa Macarena

—Descanse alteza —pronunciaron ambas en coro

Segundos después abandonaron la alcoba y el silencio se hizo presente.

Así mientras la noche se teñía de azul en un inmenso silencio mis lágrimas surcaron lentamente las pálidas mejillas que adornaban mi rostro.

Solloce con un dolor indescriptible en mi corazón.

Un dolor que anhelo desaparecer, pero el tiempo, mi padre y el mundo me lo impiden.

Cerré mis ojos dejando que mis tormentosos sueños invadan mi mente. Algo que ya es costumbre en mi vida, a veces es difícil describirlos, son diferentes escenarios, borrosos rostros y luego simplemente van desapareciendo de mi mente.

Pero había algo que es aún difícil descubrir, sentía entre las noches una caricia ser depositada en mi mejilla, una voz lejana y unos ojos observarme desde la oscuridad.

Tal vez era mi mente creando aquello.

Antes de abrir mis ojos dándole la bienvenida a un nuevo día mis sueños aparecieron, yacía en un lugar oscuro, de aroma putrefacto, escuchaba suaves sollozos, luego una voz susurrando algo misterioso y entonces llego aquel cántico.

Tan suave.

Tan pleno.

Tan deslumbrante.

Tan cálido.

Tan conocido.

"Era ella mi delirio.

Era ella mi destino.

Dime amor mío ¿cuánto tiempo debo esperar?

La luna llego.

El viento soplo.

Y tú sigues sin llegar.

Era ella mi delirio.

Era ella mi destino.

Dime amor mío ¿cuándo llegaras?

Dímelo amor mío, dímelo mi hermoso Sol"

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Tabla de contenidos de La cicatriz del sol

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