
La Chica Volviera de Infierno
Capítulo 3
Alejandro se detuvo en la puerta y se giró. La expresión de su rostro era de un odio puro.
"Por favor, no hagas esto," le supliqué, mi voz rota. "Hablemos. A solas. Por favor."
Él sonrió, una sonrisa torcida y malévola.
"¿A solas? No, Sofía. El punto de esto es que todos lo vean. Que todos vean a la hermana del criminal recibiendo lo que se merece."
Caminó de regreso hacia el centro de la habitación, donde yo estaba temblando, sostenida apenas por Elena. La gente retrocedió, creando un círculo a nuestro alrededor como si fuéramos un espectáculo de circo.
Agarró la botella de champán más cara de la mesa, la que habíamos guardado para un brindis especial. Mis ojos se abrieron de par en par, sin entender qué iba a hacer.
La descorchó con un movimiento brusco. El sonido resonó en el silencio mortal de la sala.
Y luego, sin una palabra, volcó la botella entera sobre mi cabeza.
El líquido helado me empapó el cabello, el vestido, el maquillaje que había tardado una hora en perfeccionar. El champán me corría por la cara, mezclándose con mis lágrimas. Sentí el frío pegajoso en mi piel, la humillación quemándome por dentro. Escuché jadeos de sorpresa entre los invitados, pero nadie se movió. Nadie dijo nada.
Yo solo podía temblar, incapaz de reaccionar.
"Ahora te ves un poco mejor," dijo Alejandro, tirando la botella vacía al suelo, donde se hizo añicos. "Más acorde con la basura de la que provienes."
Sacó su teléfono del bolsillo. La luz de la pantalla iluminó su rostro cruel. Abrió la cámara.
"Sonríe, Sofía," dijo, acercando el teléfono a mi cara llorosa y empapada. "Vamos a enviarle un pequeño recuerdo a Camila. Para que vea que se ha hecho justicia."
El flash me cegó. Una, dos, tres veces. Estaba grabando mi peor momento, inmortalizando mi dolor para el disfrute de otra persona. Intenté cubrirme la cara con las manos, pero él me agarró las muñecas con una fuerza brutal.
"No, no. Quiero que te vea bien. Quiero que vea tus ojos. Los mismos ojos que tiene tu hermano."
Su voz era un veneno que se filtraba en mis oídos.
"¿Crees que esto es malo?" se burló. "Esto no es nada. Camila sufrió de verdad. Tú solo estás recibiendo una pequeña dosis. Considéralo un regalo de cumpleaños de mi parte."
Finalmente me soltó, empujándome hacia atrás. Tropecé y caí al suelo, mi vestido empapado pegado a mis piernas. Él me miró desde arriba con desprecio, guardó su teléfono y, esta vez, se fue de verdad, cerrando la puerta tras de sí.
La fiesta había terminado. La gente empezó a irse en silencio, sin mirarme, como si mi dolor fuera contagioso. Solo Elena se quedó, arrodillada a mi lado, tratando de ayudarme a levantarme.
Pero yo no podía. Me arrastré hasta el baño, cerré la puerta con pestillo y me miré en el espejo. La persona que me devolvía la mirada era un monstruo. El rímel corrido formaba surcos negros en mis mejillas, mi cabello estaba pegajoso y revuelto, y mis ojos… mis ojos estaban vacíos.
Abrí la regadera y me metí debajo del agua helada con todo y vestido. Froté mi piel con fuerza, tratando de quitarme el champán, el olor de su traición, la sensación de sus manos en mis muñecas. Pero no importaba cuánto frotara, la suciedad no se iba. Estaba dentro de mí.
Mientras el agua fría caía sobre mí, un recuerdo vino a mi mente. Ricardo y yo, cuando éramos niños, jugando en el parque. Él me empujaba en el columpio, cada vez más alto. "¡Más alto, Ricky, más alto!" le gritaba yo, riendo. Y él reía conmigo, su protector, mi héroe. ¿Cómo pude dudar de él? ¿Cómo pude creerle a un extraño por encima de mi propia sangre?
Alejandro se había acercado a mí en la cafetería de la universidad, justo unas semanas después de que arrestaran a Ricardo. Dijo que era nuevo en la ciudad, que no conocía a nadie. Yo estaba rota, sola, y él fue mi salvavidas. Ahora me daba cuenta. No fue una coincidencia. Fue una cacería. Me eligió, me estudió, y se metió en mi vida con el único propósito de destruirme. Y lo había logrado.
También te puede gustar





