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Portada de la novela La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

Aurora, acorralada por una deuda millonaria tras una traición, se ve obligada a aceptar un matrimonio de conveniencia. Su esposo es Damián, un CEO que vive aislado en su viñedo tras un accidente que lo dejó en silla de ruedas. Aunque el contrato estipula solo un año de unión, la vitalidad de ella choca con la amargura de un hombre que juró no volver a amar. En medio de una convivencia forzada y secretos, ambos descubrirán si este pacto será su ruina o su salvación.
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Capítulo 3

El paisaje fuera de la ventanilla del vehículo de alta gama cambió drásticamente. Atrás quedó la arquitectura gris y asfixiante de la ciudad, reemplazada por las colinas onduladas de Valdenia, un mar de viñedos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El sol de la tarde bañaba las vides en tonos dorados y ocres, un espectáculo de belleza que, irónicamente, parecía burlarse de mi estado de ánimo.

A mi lado, el señor Valdés, o "el patriarca", como lo llamaban en los negocios, mantenía un silencio sepulcral. Su presencia en el asiento trasero no era un gesto de cortesía; era una vigilancia. Quería asegurarse de que el producto que había comprado llegara sano y salvo a su destino. Yo, por mi parte, intentaba mantener la compostura, aunque cada kilómetro que recorríamos me alejaba más de mi zona de confort.

No pude evitarlo. La curiosidad, mezclada con una creciente ansiedad, me obligó a romper el silencio. Había estado dándole vueltas al contrato, al cheque, y sobre todo, a la voluntad de un hombre que, según los rumores, odiaba al mundo entero.

-¿Cómo lo hizo? -pregunté, rompiendo la tensión que llenaba el habitáculo-. ¿Cómo logró que Damián firmara? No me parece un hombre que acepte órdenes, mucho menos después de... bueno, de lo que le pasó.

El señor Valdés soltó una carcajada. No fue una risa alegre; fue un sonido seco, metálico, que me recordó al choque de dos cuchillos. Se giró hacia mí, sus ojos grises brillando con una diversión cruel.

-¿Crees que le dije la verdad? -preguntó, inclinando la cabeza-. Damián lleva meses tratando de que deje de intervenir en su vida. Ha rechazado a enfermeras, terapeutas, secretarias y contadores. No quiere nada que venga de mí. Así que le ofrecí lo único que codicia: su independencia.

-¿Independencia? -fruncí el ceño-. ¿Cómo se la dio casándolo conmigo?

-Le dije que, si aceptaba casarse con una mujer que él mismo elegiría, o que la familia impondría, yo me retiraría de su vida. Le di un ultimátum: o me deja entrar en el viñedo para supervisar sus gastos, o acepta a una esposa y yo me retiro de la gestión total de sus bienes. Aceptó firmar para que dejara de molestarle. Cree que es una estratagema pasajera, Aurora. Él no tiene ni la menor idea de quién eres.

Sentí un vacío en el estómago. La frialdad de su plan era escalofriante.

-¿Y qué le dijo de mí? -pregunté, con la voz casi en un susurro-. ¿Cómo convenció a un hombre amargado de que aceptara a una desconocida?

El patriarca se encogió de hombros, restándole importancia como si hablara del clima.

-Le dije que eras una admiradora de hace años. Que te habías enamorado de él cuando era el "príncipe" del viñedo, mucho antes del accidente. Le dije que habías estado esperando en las sombras, aguardando el momento adecuado para acercarte. A un hombre herido en su ego no le cuesta creer que alguien pueda amarlo, incluso si es un poco patético.

Me quedé helada. La humillación me golpeó con la fuerza de un tsunami.

-¡Eso es una mentira! ¡Yo nunca lo he visto! -exclamé, sintiendo que la sangre me subía a la cara-. ¡Usted me ha convertido en una acosadora, en alguien desesperada por él!

-Es una narrativa, Aurora. Úsala -respondió él, sin inmutarse-. Él no sabe quién eres. Él espera a una mujer que lo mire con lástima y devoción. Si juegas bien tu papel, se relajará. Y cuando se relaje, bajarás sus defensas.

Me hundí en el asiento, procesando la información. Era verdad: yo nunca había visto a Damián. Cuando empecé a salir con Bruno, Damián ya estaba recluido en el viñedo, recuperándose de las secuelas del accidente. Bruno siempre hablaba de él como si fuera un fantasma, una vergüenza familiar que prefería esconder debajo de la alfombra. "Mi hermano menor no está bien, Aurora, mejor ni preguntes", solía decir. Y yo, joven, ingenua y enamorada, nunca pregunté.

Ahora me daba cuenta de que Bruno me había ocultado a Damián por celos, o tal vez por pura malicia, para evitar comparaciones. Pero eso no quitaba el hecho de que iba a entrar en la vida de un hombre que creía que yo era una fanática obsesionada. El desastre estaba garantizado.

-¿Y si me descubre? -pregunté, mirando mis manos-. ¿Si se da cuenta de que no tengo ni idea de su vida pasada?

-Entonces improvisa. Tienes una mente rápida, ya lo demostraste con el pastel -dijo él, mirando su reloj-. Estamos cerca.

La hacienda de Valdenia apareció de repente tras una curva cerrada. Era una estructura imponente, una casona de estilo colonial rodeada de viñedos centenarios que parecían custodiarla. Sin embargo, al acercarnos, pude ver la decadencia. Las paredes tenían grietas, la pintura descascarada revelaba años de negligencia, y las ventanas, cubiertas con cortinas pesadas, daban la impresión de unos ojos cerrados al mundo.

El coche se detuvo en el patio central, donde la grava crujió bajo los neumáticos. El silencio era absoluto, roto solo por el susurro del viento entre las hojas de parra.

-Baja -ordenó el patriarca.

Bajé del coche, sintiendo que cada paso hacia la entrada era una marcha hacia el patíbulo. El señor Valdés caminó conmigo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta principal.

-Entra tú. Yo no voy a entrar -dijo, con una sonrisa gélida-. Tengo una reunión de negocios en la ciudad. Ya sabes dónde está tu habitación. Tienes instrucciones claras. Haz que funcione, Aurora. No me decepciones.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y subió al coche. En cuestión de segundos, me dejó sola frente a la puerta de madera tallada de la hacienda. El coche se alejó, levantando una nube de polvo que me hizo toser.

Estaba sola. Ante mí, el abismo.

Respiré hondo, empujé la puerta y entré. El recibidor era enorme, con un suelo de baldosa fría y un olor a cera vieja, vino rancio y soledad. La casa estaba sumida en una penumbra casi total.

-¿Hola? -llamé, mi voz sonando demasiado pequeña en aquel espacio vasto-. ¿Damián?

No hubo respuesta. Avancé por el pasillo central, guiada por una luz tenue que provenía de lo que parecía ser un estudio al final de la casa. El sonido de un cristal rompiéndose me hizo sobresaltar.

-¡He dicho que no quiero visitas! -la voz de Damián retumbó, profunda, ronca y cargada de una furia que me hizo temblar.

Me acerqué a la puerta del estudio y la encontré entreabierta. Me asomé con cautela.

Allí estaba él. Damián Valdés.

No era el hombre roto que me habían descrito. Era, incluso en su silla de ruedas, una figura imponente. Tenía el cabello oscuro, algo largo, cayendo sobre una frente surcada por la tensión. Estaba de espaldas a la puerta, frente a un ventanal que daba a los viñedos, con una copa de vino en la mano y varias botellas vacías sobre la mesa. Su silla, de diseño moderno y funcional, parecía un trono de metal en medio de aquella habitación antigua.

-¿Quién diablos eres? -preguntó, sin girarse. Su voz era un gruñido-. Si eres la enfermera de la agencia, dile a mi padre que la próxima vez envíe a alguien que sepa guardar silencio.

Entré en la habitación, obligándome a no temblar.

-No soy una enfermera -dije, tratando de sonar más valiente de lo que me sentía.

Damián giró la silla con una destreza que me dejó sin aliento. Sus ojos, de un color avellana intenso, se clavaron en los míos. Eran ojos que habían visto demasiado dolor, demasiado odio, pero que en ese momento solo reflejaban un shock genuino.

-¿Quién eres tú? -repitió, entrecerrando los ojos, observándome con desdén-. No te conozco.

-Soy Aurora -respondí, poniéndome derecha, obligándome a sostenerle la mirada-. Tu esposa.

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