Portada de la novela La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

9.0 / 10.0
En La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar, Aurora pacta un matrimonio por contrato con Damián para saldar una deuda. En este romance novel, la convivencia forzada en un viñedo desafía al gélido líder. Lee esta historia en nuestra plataforma de web novels free.
Resumen de La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar
Aurora, acorralada por una deuda millonaria tras una traición, se ve obligada a aceptar un matrimonio de conveniencia. Su esposo es Damián, un CEO que vive aislado en su viñedo tras un accidente que lo dejó en silla de ruedas. Aunque el contrato estipula solo un año de unión, la vitalidad de ella choca con la amargura de un hombre que juró no volver a amar. En medio de una convivencia forzada y secretos, ambos descubrirán si este pacto será su ruina o su salvación.
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La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar Capítulo 1

El aroma a vainilla, caramelo y chocolate oscuro debería haber sido el olor más feliz de mi vida. Era el perfume de mi éxito, de mi futuro, de las horas que pasé frente al horno perfeccionando cada capa de ese pastel de tres pisos que coronaba el salón principal. Me llamo Aurora, tengo veintidós años, y hasta hace apenas una hora, creía que el destino me estaba sonriendo. Mi título en gastronomía estaba a punto de ser respaldado por una boda de ensueño, un matrimonio que, según todos en mi círculo, era el paso lógico hacia una vida perfecta.

Estaba equivocada. La perfección es una capa de fondant demasiado dulce que, cuando la rompes, revela que el interior está podrido.

-Bruno, cariño, ¿dónde estás? -murmuré para mí misma, limpiándome una mancha de harina del antebrazo.

La fiesta estaba en su apogeo. El sonido de las copas chocando, las risas de los invitados de alcurnia y la música clásica de fondo creaban una sinfonía de falsedad. Bruno, mi prometido, el hombre con el que llevaba tres años de relación, el heredero de la fortuna de los Valdés, me había pedido que lo esperara en la cocina del salón de eventos después de sus "asuntos de negocios". Se suponía que brindaríamos por nuestro compromiso.

Caminé hacia el área de servicio, con mis tacones resonando contra el suelo de mármol pulido. Mi vestido color esmeralda, que había elegido cuidadosamente porque me hacía sentir poderosa a pesar de mis curvas, se movía conmigo, pero mi corazón latía con una extraña inquietud que no lograba silenciar.

Al acercarme a la puerta entreabierta de la despensa de servicio, escuché risas. No eran risas de negocios. Eran risas que erizaban la piel, seguidas de un murmullo que reconociendo al instante. Era la voz de mi prima, Elena.

-¿Estás seguro de que ella no entrará? -preguntó ella, con ese tono melodioso que siempre usaba para ocultar su envidia.

-Por favor, Elena. Aurora está demasiado ocupada obsesionándose con ese estúpido pastel. No tiene ni idea de lo que pasa a su alrededor. Es tan... predecible -la voz de Bruno era fría, despectiva, una faceta que nunca me había mostrado en tres años.

Me quedé helada. El aire en mis pulmones se volvió pesado. Empujé la puerta con suavidad, sin hacer ruido, y lo que vi me rompió algo dentro, algo que no sabía que era tan frágil. Bruno estaba acorralado contra los estantes de suministros, con las manos recorriendo la cintura de Elena. Sus rostros estaban tan cerca que, por un segundo, me negué a procesar la imagen.

-¿Bruno? -mi voz salió como un hilo de seda, un susurro que apenas logré articular.

Ellos se separaron de inmediato. Elena se ajustó el vestido con una sonrisa burlona, pero Bruno... Bruno ni siquiera se inmutó. Se limitó a arreglarse el nudo de la corbata, mirándome de arriba abajo con un desprecio tan evidente que sentí como si me hubiera abofeteado.

-Aurora. Qué inoportuna. Te dije que esperaras en la mesa -dijo él, con esa calma irritante de quien se sabe dueño de la situación.

-¿Inoportuna? -exclamé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello hasta mis mejillas-. ¿Qué demonios haces con ella? ¡Es mi prima, Bruno! ¡Estamos a punto de casarnos!

Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Su mirada escaneó mi cuerpo, deteniéndose en mis curvas, en mis caderas, en todo lo que él solía llamar "su hogar". Pero ahora, en sus ojos no había deseo, sino una lástima cruel.

-Aurora, sé razonable. Mírate -dijo él, señalándome con un dedo acusador-. Te has descuidado. Ya no eres la chica de la que me enamoré. El estrés, la gastronomía, la comida... te has dejado estar. Tienes que entender que un hombre como yo necesita a alguien que mantenga un estándar. Elena entiende la vida de otra manera. Deberías agradecer que me casara contigo en primer lugar, es casi un favor humanitario que te estaba haciendo, considerando tu situación financiera y tu falta de ambición.

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, pero en lugar de caer, algo en mi interior se encendió. No era tristeza, no era llanto. Era una furia fría y calculadora.

Miré hacia la mesa auxiliar donde, por capricho de última hora, había dejado el pastel de bodas que aún no habíamos servido. El betún blanco, decorado con perlas de azúcar, me pareció de repente lo más absurdo del mundo.

-¿Un favor humanitario? -pregunté, con una calma que me asustó incluso a mí.

-Exacto. Así que, por favor, ve a limpiar ese desastre de harina que tienes en el brazo y compórtate. Tenemos invitados -sentenció él, dándome la espalda.

No lo pensé. No razoné. Tomé el pastel, pesada y firme, y con toda la fuerza que mis brazos habían acumulado amasando pan durante años, lo estampé directamente sobre su espalda.

El sonido fue glorioso. El merengue suizo se esparció por su traje de diseñador, el bizcocho se desmoronó sobre sus hombros y el chocolate manchó su camisa blanca impecable. Bruno se giró, atónito, con los ojos desorbitados, cubierto de una masa pegajosa que caía lentamente por su cuerpo.

-¡Estás loca! -gritó él.

-Estoy despierta -le respondí, levantando la barbilla-. Quédate con ella, Bruno. Se merecen el uno al otro. Y por cierto... el pastel estaba seco. Igual que tú.

Salí de allí sin mirar atrás, quitándome los tacones porque no podía soportar un segundo más de esa farsa. Salí por la puerta trasera del salón, hacia la noche fría de la ciudad. El coche de mi madre, mi orgullo, mis ahorros, mis planes... todo se había quedado en ese salón.

Dos días después, mi vida era un mosaico de facturas sin pagar y promesas rotas. Estaba sentada en el pequeño apartamento que compartía con mi madre, mirando el techo, tratando de calcular cómo sobrevivir al mes. Mi padre había muerto dejándome no solo su apellido, sino una deuda asfixiante, y mi madre... mi madre necesitaba esa cirugía en la clínica privada que no podíamos pagar. Estaba acorralada.

El timbre sonó con una insistencia autoritaria. No esperaba a nadie. Al abrir, me encontré con el hombre que menos quería ver en el mundo: el padre de Bruno. El patriarca Valdés.

No me dejó hablar. Entró al apartamento como si fuera el dueño del lugar, escaneando con desprecio cada rincón humilde.

-Aurora -dijo, sin saludar-. Sé lo que pasó. Bruno es un idiota, pero es mi hijo, y lo que hiciste con el pastel ha manchado el nombre de la familia en los círculos sociales.

-¿Viene a cobrarme los daños, señor Valdés? -pregunté, sintiendo un nudo en el estómago-. Porque si es así, no tengo nada.

Él soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. Se ajustó los gemelos de oro y me miró con una intensidad que me hizo retroceder un paso.

-No. Vengo a proponerte un trato. Sé que tu madre está grave. Sé que las deudas de tu padre están a punto de ejecutar tu casa. Estás al borde del abismo, Aurora.

Me quedé helada. Sabía que él tenía contactos, pero escuchar cómo desnudaba mi miseria me hizo sentir pequeña.

-¿Qué quiere? -pregunté, con la voz quebrada.

-Tengo otro hijo. Damián -dijo él, caminando por mi pequeña sala-. Damián era el orgullo de esta familia hasta que ese maldito accidente lo dejó en una silla de ruedas. Ahora vive en nuestro viñedo en Valdenia. Es un hombre amargado, oscuro, que se niega a recibir ayuda y que ha destruido cualquier posibilidad de gestión eficiente de las tierras.

-¿Y qué tengo que ver yo con su hijo? -pregunté, aunque empezaba a sospechar hacia dónde iba la conversación.

-Damián necesita una esposa. Alguien que no sea de nuestra clase social, alguien que no busque su dinero, porque él ya no confía en nadie de nuestra élite. Si te casas con él, si firmas un contrato de matrimonio por un año y te aseguras de que se mantenga estable, de que vuelva a interesarse por la vida... yo pagaré todas tus deudas. La cirugía de tu madre, la casa, la clínica. Todo.

Me quedé en silencio, procesando la locura de su propuesta. ¿Casarme con el hermano del hombre que me humilló? ¿Convertirme en la esposa de un desconocido en un lugar apartado?

-¿Por qué yo? -logré articular.

-Porque eres terca. Porque vi cómo le tiraste ese pastel a mi hijo y no te importaron las consecuencias. Eres una mujer que no se rompe fácilmente, y Damián necesita a alguien así para que deje de autodestruirse.

Él sacó un documento de su maletín de cuero y lo dejó sobre la mesa de centro. Había un cheque en blanco, o mejor dicho, la promesa de uno.

-Tienes una hora para decidir, Aurora. La clínica no esperará para siempre. Tu madre tampoco.

Miré el documento, luego mi teléfono, donde tenía los recordatorios de los pagos médicos pendientes. La desesperación se apoderó de mí, una ola fría que me obligó a tomar una decisión. No era por amor, no era por dinero en el sentido tradicional. Era por supervivencia.

-Acepto -dije, sintiendo que algo en mi interior se quebraba para siempre.

El señor Valdés sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Excelente. Partirás mañana hacia Valdenia. Prepárate, Aurora. Damián no es un hombre fácil, y los viñedos no perdonan a los débiles.

Se marchó, dejándome sola con un contrato que acababa de vender mi libertad. Me senté en el sofá y miré hacia la ventana. Mañana empezaría una vida nueva, con un nombre que no conocía y un destino que no había elegido. Pero mientras mis manos temblaban, una extraña determinación comenzó a crecer en mí. Si Damián era un hombre roto, yo aprendería a reconstruirlo, aunque tuviera que usar mis propias piezas para lograrlo. No sería una esposa sumisa. Sería la tormenta que Valdenia no esperaba.

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