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Portada de la novela La CEO del Placer

La CEO del Placer

Jimena Dávila, la poderosa directora del Grupo Dávila, domina el mundo empresarial pero ignora el placer real. Su existencia perfecta se altera cuando conoce a Thiago Ríos, un ingeniero de espíritu libre que no teme confrontar su poder. Lo que inicia como un roce profesional pronto evoluciona hacia una atracción magnética e irresistible. Ante este desafío, la ejecutiva tendrá que elegir entre proteger su frialdad o entregarse a un deseo que amenaza su control.
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Capítulo 2

El zumbido bajo del aire acondicionado apenas lograba cubrir el leve sonido de unos pasos decididos que resonaban por el pasillo de mármol gris perla, pulido hasta el brillo. En el aire flotaba una mezcla elegante de madera, papel nuevo y el leve aroma cítrico del ambientador que usaban en la planta ejecutiva. Todo estaba en orden, limpio, silencioso. Hasta que él llegó.

Tiago Ríos entró por las puertas de cristal del edificio como si lo hiciera todos los días. Como si no fuera un recién llegado, sino el dueño del lugar. Llevaba una mochila negra cruzada al hombro, pero no era eso lo que atraía las miradas.

Era él.

Un par de secretarias que organizaban unos documentos cerca de la recepción se quedaron en silencio al verlo pasar. Una de ellas, sin querer, dejó caer su bolígrafo. Un mensajero, con los auriculares puestos, se lo quitó para mirar mejor. Incluso uno de los guardias de seguridad revisó dos veces su identificación, más por curiosidad que por protocolo.

Tiago no parecía pertenecer a ese entorno tan perfectamente medido. Y sin embargo... lo hacía.

Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba la firmeza de su pecho y brazos ligeramente musculados, con las mangas dobladas justo hasta los codos. El pantalón de vestir oscuro delineaba sus caderas y le daba un aire profesional, pero el cabello negro, algo rebelde, y la barba perfectamente recortada le conferían un estilo entre salvaje y elegante que desentonaba... en el mejor de los sentidos.

Una mujer de finanzas murmuró algo a su compañera al verlo pasar. Un técnico de sistemas se le quedó viendo desde la máquina de café, con una mezcla de admiración y envidia. Parecía que el edificio entero lo miraba.

Y él lo sabía.

Subió por el ascensor hacia el último piso con la misma seguridad con la que un actor sube al escenario. Apretó el botón del nivel ejecutivo y esperó, con las manos en los bolsillos, silbando apenas una melodía suave, indescifrable. Cuando las puertas se abrieron, lo primero que notó fue el silencio distinto de ese lugar: más denso, más pesado. Y el frío.

La alfombra gris oscuro amortiguó sus pasos hasta la recepción de la oficina de presidencia. Diana, la asistente de Catalina Dávila, levantó la vista y lo escaneó de pies a cabeza. Sus cejas se alzaron sin disimulo.

-¿Tiago Ríos? -preguntó ella, intentando sonar neutral.

-En persona -respondió él, sonriendo con una seguridad descarada.

Diana tragó saliva, desviando la mirada. Señaló la puerta a su derecha.

-La señora Dávila lo espera. Adelante.

Tiago agradeció con un leve gesto y empujó la puerta. No tocó y tampoco pidió permiso. Solo entró, como si la oficina ya le perteneciera y entonces la vio.

Jimena Dávila estaba de pie frente a la enorme ventana de cristal que ofrecía una vista imponente de la ciudad. Las nubes bajas dibujaban sombras sobre los rascacielos. Su silueta, esbelta y firme, se recortaba contra la luz natural. Llevaba un traje blanco impecable, con líneas suaves pero severas. Su cabello oscuro con ondas grandes le daban un brillo a su rostro.

Se giró con lentitud, al escuchar la puerta. Y al verlo, sus ojos verdes se endurecieron. Como si se preparara para la guerra. O para algo peor: sentir.

Tiago no dijo nada. Solo la observó. Desde los tacones elegantes que abrazaban sus tobillos, subiendo por sus caderas estrechas, el contorno de su cintura, el escote sutil, hasta su rostro. Fijó los ojos en los de ella con una intensidad que quemaba.

Jimena se mantuvo firme, pero sintió cómo una punzada cálida se instalaba justo en la boca del estómago. Era como si alguien hubiera encendido una chispa allí. Algo pequeño, pero peligroso.

-¿Tiago Ríos? -preguntó, con tono firme, aunque le costó mantener el aire contenido.

-El mismo -respondió él, cerrando la puerta a su espalda sin romper ese contacto visual-. Gracias por recibirme.

Ella caminó hacia su escritorio con un aplomo profesional, aunque por dentro sus piernas parecían recordar un terreno inestable. Se sentó con la espalda recta, entrelazando los dedos.

-Dígame, señor Ríos... ¿por qué debería contratarlo?

Tiago se quitó las gafas de sol que había dejado sobre la cabeza y las colocó sobre el escritorio sin apuro. Luego se acomodó las suyas con un gesto seguro.

-Porque conmigo al frente del sistema, su empresa estará más segura que nunca -dijo con voz grave, casi ronca-. Porque no solo tengo la experiencia. Tengo algo más importante: hambre. Hambre de reto, de responsabilidad y de demostrar que el riesgo más grande... puede ser la mejor inversión.

Jimena alzó una ceja, con expresión imperturbable.

-Tiene un expediente impresionante... Y es joven. Muy joven.

-¿Es eso un problema? -preguntó él.

-No, si puede controlarse.

Tiago esbozó una sonrisa que parecía afilarse en los bordes.

-Soy muy bueno controlando lo que importa. Aunque a veces... dejarse llevar también es necesario.

Jimena se aclaró la garganta. Su voz volvió a helarse, pero sus mejillas tenían un leve matiz más rosado.

-Está contratado. Puede comenzar mañana. O, si desea conocer la empresa hoy, Diana puede hacerle un recorrido.

Tiago dio un paso más cerca.

-¿Y por qué no me la muestra usted, señorita Dávila?

El aire pareció congelarse un instante.

Desde la puerta, entreabierta, Diana miraba a su jefa. Y cuando Jimena giró apenas la cabeza, la asistente le hizo una leve seña: contrólate... pero hazlo tú.

Catalina se puso de pie. Su voz fue como hielo fino sobre fuego.

-Sígame.

Él caminó a su lado, sin despegarle la mirada.

El recorrido comenzó por el ala de desarrollo. El ambiente ahí era otro: más dinámico, más colorido. Pantallas encendidas, teclados sonando, ideas flotando en el aire. Jimena caminaba con firmeza, explicando estructuras, protocolos, áreas de diseño e innovación.

Pero él no escuchaba las palabras. Escuchaba el ritmo de sus pasos. El perfume que dejaba a su paso: una mezcla de almizcle, rosas. Su voz, segura, se colaba bajo su piel.

Ella, en cambio, intentaba no sentir el calor de su presencia detrás de ella. Sabía que la estaba observando, sabía que cada mirada suya era un pulso contra su concentración.

Subieron por las escaleras interiores, donde la luz era más suave, más íntima. Él la siguió en silencio... hasta que habló.

-¿Siempre es así de... rígida?

Jimena se detuvo, sin girar.

-¿Disculpe?

-Tan estructurada, exacta y controlada. Apostaría a que usted nunca se sale de lo previsto.

Jimena giró despacio para enfrentarlo. El aire entre ellos se tensó, cargado de una electricidad sorda.

-¿Eso es un problema, señor Ríos?

-No, en absoluto -susurró él, acercándose apenas-. Pero a veces lo más interesante sucede cuando algo se sale del guión.

Ella lo miró fijamente. Una parte de sí misma gritaba que cortara ese momento. Que se alejara. Que recuperara el control. Pero otra... ardía.

El recorrido finalizó en la sala donde estaban los servidores centrales. El aire acondicionado allí era más fuerte, más seco. Las luces azules parpadeaban como estrellas tecnológicas. Jimena habló del sistema de protección, los cortafuegos, la inteligencia artificial incorporada...

Pero lo único que Tiago pensaba era en su espalda recta y en cómo su voz bajaba apenas cuando hablaba de cosas importantes.

-¿Le apasiona su trabajo, señorita Dávila? -preguntó él, en voz baja.

Ella parpadeó, sorprendida por la pregunta.

-Sí. Me ha costado demasiado como para no hacerlo.

Tiago asintió. Su mirada era más suave esta vez.

-Entonces tenemos algo en común.

Un segundo de silencio los envolvió y en medio de toda esa tecnología... el sistema que realmente estaba en riesgo, era el de Jimena. Porque por primera vez, no sabía cómo protegerse.

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