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Portada de la novela La CEO del Placer

La CEO del Placer

Jimena Dávila, la poderosa directora del Grupo Dávila, domina el mundo empresarial pero ignora el placer real. Su existencia perfecta se altera cuando conoce a Thiago Ríos, un ingeniero de espíritu libre que no teme confrontar su poder. Lo que inicia como un roce profesional pronto evoluciona hacia una atracción magnética e irresistible. Ante este desafío, la ejecutiva tendrá que elegir entre proteger su frialdad o entregarse a un deseo que amenaza su control.
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Capítulo 3

El reloj marcaba las 7:03 a. m. y la ciudad aún bostezaba entre nubes grises cuando Tiago Ríos cruzó la puerta principal del Grupo Dávila. El piso pulido del lobby reflejaba las luces cálidas del techo, y un tenue aroma a café recién hecho flotaba desde alguna oficina secundaria. Apenas saludó al recepcionista con un gesto de cabeza antes de dirigirse a la zona de sistemas, en el segundo piso.

Había llegado antes que todos.

Se quitó la chaqueta de cuero negro, la colgó en el respaldo de la silla y se sentó frente a uno de los monitores principales. Su reflejo se dibujaba débilmente sobre la pantalla apagada, y por un segundo, su mirada se quedó fija en sus propios ojos.

"Podrías irte ahora, Ríos", pensó. "Cerrar esta puerta, decir que fue un error aceptar este empleo y seguir tu camino."

Pero no lo hizo.

Encendió la computadora, se frotó las manos para entrar en calor y empezó a revisar los protocolos internos con la precisión quirúrgica de quien había hecho esto mil veces antes... y con el desdén de quien rara vez encontraba un reto a la altura.

El cielo era una sábana opaca y húmeda. A medida que se sumergía en las líneas de código, Tiago empezó a fruncir el ceño. No era solo que el sistema estuviera desactualizado: alguien había implementado capas de seguridad de forma deliberadamente torpe.

Demasiado fácil de romper y muy expuesto.

-Esto no es incompetencia -murmuró, tecleando más rápido-. Es sabotaje.

Tomó notas, comparó fechas de modificación y se encontró con patrones sospechosos. Alguien había querido dejar una puerta abierta. Tal vez un exempleado resentido o alguien dentro. El hecho era claro: la empresa estaba en riesgo. Grave.

Se puso de pie con decisión, tomó una carpeta limpia, imprimió los puntos críticos y los organizó con cuidado. Al cerrar el informe, sus dedos se detuvieron sobre la tapa. Había algo intenso que lo llevaba a querer trabajar ahí.

Ella.

Jimena Dávila.

Imponente. Inaccesible. Tan contenida que cada gesto suyo parecía calculado con escuadra y compás. Y sin embargo... tan humana cuando se la miraba lo suficiente. Cuando uno notaba cómo apretaba la mandíbula al escuchar algo que no le gustaba. Cómo sus ojos brillaban más cuando sentía que estaba perdiendo el control.

Tiago sonrió. Había algo profundamente satisfactorio en imaginar el momento en que la vería rendirse, no por debilidad... sino por deseo.

Dentro de las oficinas del Grupo Dávila, el ambiente no era distinto. Todo estaba en su sitio, tal como Jimena lo exigía: orden, silencio, eficacia.

Ella revisaba unos informes cuando escuchó el golpe seco de la puerta de cristal al cerrarse tras de sí. Levantó la vista con lentitud. No porque esperara a alguien, sino porque su rutina no admitía interrupciones sin previo aviso.

-¿Le molesta si interrumpo? -preguntó Tiago, sin una pizca de arrepentimiento en la voz.

Ella dejó la pluma sobre el escritorio, cruzó lentamente las piernas y entrecerró los ojos.

-Ya lo hiciste -respondió con una neutralidad tan perfecta que era imposible saber si estaba molesta... o intrigada.

Tiago avanzó con una carpeta en la mano, su camisa ligeramente desabotonada por el cuello, revelando la curva firme de su clavícula. Había algo peligroso en la manera en que caminaba. Como si nada pudiera perturbar su centro. Como si todo en él desafiara a romper reglas.

-Estaba revisando el sistema de encriptación de datos -dijo mientras colocaba la carpeta frente a ella-. Y tengo que ser honesto: lo que están usando ahora es obsoleto. Vulnerable. Y torpemente implementado.

Jimena alzó una ceja. Sus ojos verdes se clavaron en los de él, fríos como una tormenta detenida.

-¿Torpemente? -repitió con una voz baja, afilada-. ¿Así califica el trabajo que hizo el equipo anterior?

-Sí -respondió, sin rodeos-. Y si no me deja aplicar las actualizaciones que propongo, en menos de tres meses podrían sufrir una filtración.

Ella lo miró en silencio unos segundos. Demasiado acostumbrada a que sus empleados temieran cada palabra suya, la manera en que él le hablaba tan directo la incomodaba... y al mismo tiempo, encendía algo extraño en su pecho. Algo que latía con fuerza.

-Le recuerdo que usted lleva solo un día en esta empresa -dijo finalmente-. No está en posición de dar órdenes.

Tiago apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose apenas hacia ella. El aroma de su loción -cítrica, masculina, con un toque de madera- la envolvió sin pedir permiso.

-No estoy dando órdenes -susurró con una sonrisa sesgada-. Estoy salvando su empresa.

Jimena apretó la mandíbula. Bajó la mirada al informe y lo hojeó con frialdad. Sabía que tenía razón. Ya había sospechado de fallas en los protocolos y el robo del antiguo ingeniero lo dejaba claro. Pero eso no justificaba su manera de hablarle.

-Cambie lo que tenga que cambiar, pero no vuelva a entrar a mi oficina sin cita -ordenó, volviendo a cruzar las piernas con ese gesto controlado que usaba para no mostrar debilidad.

Tiago no se movió. La observó con detenimiento, deteniéndose descaradamente en el movimiento de su pierna, en el modo en que su blusa de seda se estiraba levemente al respirar.

-¿Siempre le molesta perder el control, señorita Dávila?

Sus palabras fueron un puñal envuelto en terciopelo.

Jimena sintió un calor que trepaba desde su abdomen. No era ira. Era algo peor. Algo que la sacudía por dentro y que no tenía nombre en sus años de rigidez.

-No he perdido el control -dijo, tensa.

-No -murmuró él, separándose del escritorio con lentitud, dándole la espalda como si acabara de ganar una partida de ajedrez-. Pero está muy cerca de hacerlo... conmigo.

Jimena se quedó inmóvil.

Tiago se detuvo en la puerta y giró la cabeza por encima del hombro. Sus ojos marrones, detrás de los lentes, brillaban como brasas encendidas.

-Avíseme si necesita que le explique personalmente las nuevas capas de seguridad... o cualquier otra cosa.

Y salió.

Jimena se apoyó contra el respaldo de su silla, exhalando como si llevara minutos conteniendo el aire. Sentía la piel erizada. El pulso desbocado. El cuerpo... vivo. Se levantó y caminó hasta el ventanal, cruzándose de brazos. Afuera, la lluvia comenzaba a manchar los cristales. Las gotas resbalaban como lágrimas lentas.

¿Por qué no podía quitárselo de la cabeza?

Era solo un empleado. Joven. Insolente. Irresistible.

Se odiaba por pensar así. Se odiaba por cómo su cuerpo reaccionaba. Pero más aún, se odiaba por sentir... ganas.

En el piso inferior, Tiago caminaba por el pasillo con una sonrisa victoriosa. En su mano llevaba la copia del nuevo informe. Pero en su mente, llevaba otra cosa: el temblor en la voz de Jimena. El fuego que había visto brillar en sus pupilas.

No estaba allí solo por el sistema.

No.

Estaba allí por ella.

Y aunque Jimena se empeñara en mantener el control, él sabía algo que ella aún no aceptaba: Los cuerpos no mienten y el de ella... ya comenzaba a ceder.

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