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Portada de la novela La cautiva del alfa de sombras

La cautiva del alfa de sombras

Alma llega a Frederick Tower buscando un empleo estable, pero su vida da un giro tras conocer a Alex Frederick en el ascensor. Él es un poderoso magnate y el alfa de la manada Niebla, quien identifica de inmediato a Alma como su Omega. Entre extraños malestares físicos y la amenaza constante de clanes enemigos, ella termina atrapada en un conflicto sobrenatural. Ahora, Alma deberá elegir entre ser una presa del destino o la mujer capaz de dominar al lobo.
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Capítulo 1

POV: Alma

El contrato no olía a papel.

Olía a desinfectante, a tinta fresca… y a algo más. Un rastro metálico, casi eléctrico, que no tenía sentido en una sala de Recursos Humanos en el piso veintiocho de Noir Tower.

—Firma aquí, Alma —dijo Sofía, empujando el documento hacia mí—. Y aquí. Y… aquí. Te lo juro, no vendemos tu alma. Solo un porcentaje obsceno de tu tiempo.

Intenté sonreír. El bolígrafo se sentía demasiado pesado entre mis dedos.

Era mi primer día en Noir Holdings. Hasta ahora solo había sido un nombre en correos fríos. En este momento, sentada frente al contrato, empezaba a parecer una vida nueva… o una trampa muy elegante.

—Esta es la versión final —añadió Sofía—. Incluye confidencialidad reforzada para análisis de riesgo y el apartado médico. Nada fuera de lo normal para tu área.

Apartado médico.

Mis ojos bajaron al texto. Letras pequeñas, párrafos interminables. Una línea se desprendió del resto como si la hubieran subrayado con sangre:

“La parte contratante se compromete a someterse a exámenes médicos periódicos, incluyendo evaluaciones hormonales, y a informar de inmediato cualquier cambio significativo en su ciclo, estado físico o emocional…”

Fruncí el ceño.

—¿Evaluaciones hormonales? —pregunté—. Pensé que eran solo chequeos generales.

Sofía se encogió de hombros.

—En tu área trabajan con información sensible —explicó—. El estrés, el insomnio, los ataques de ansiedad… todo eso puede distorsionar tus análisis. Es una forma elegante de decir “si estás a punto de explotar, queremos saberlo”.

Tenía sentido. Más o menos. Pero algo en esa frase me incomodó. No decía “ciclo menstrual”. Decía “ciclo” a secas, como si asumieran que mi cuerpo seguía reglas que nadie me había explicado.

Un calor raro empezó a subir desde la nuca. Aflojé la bufanda que usé para enfrentar la lluvia de Nova Lyra.

—Alma —dijo Sofía, mirándome con atención—. ¿Estás bien?

—Sí —respondí demasiado rápido—. Solo… hace calor.

Mentía. El aire acondicionado estaba helado. Mi piel, en cambio, ardía.

“Ansiedad”, pensé. “Nuevo trabajo, edificio enorme, contrato con letras diminutas. Normal”.

Respiré hondo y seguí leyendo. Confidencialidad reforzada. Prohibición de hablar de proyectos. De usar datos para beneficio personal. De casi todo lo que podría salvarme si esto salía mal.

Al final del documento, un espacio en blanco:

Firma de la empleada: Alma Trish.

Mi nombre ahí parecía ajeno. Definitivo.

El olor raro volvió.

No venía del papel.

La puerta de la sala se abrió sin que nadie golpeara. El aire se movió, trayendo un perfume oscuro, como ámbar caliente mezclado con tormenta.

No tuve que girar la cabeza para saber quién era.

—Señor Noir —dijo Sofía, poniéndose de pie—. No lo esperábamos para la firma.

Yo tampoco. Pero mi cuerpo sí. Lo reconoció antes que mi mente.

La atmósfera cambió. El espacio pareció encogerse, como si las paredes contuvieran la respiración.

Me obligué a levantar la vista.

Traje oscuro, corbata un poco aflojada, hombros relajados, tensión escondida en la mandíbula. Sus ojos ámbar recorrieron la escena: el contrato, mi mano, mi cara.

Era más joven de lo que imaginaba para alguien que sonaba tan intocable en los correos. Más joven… y mucho más peligroso.

—Vine a ver algo —dijo, con una voz tranquila que llenaba la sala—. ¿Hay problemas con el documento?

Sofía rió, nerviosa.

—Nada grave, señor. Solo la letra pequeña asustando a los talentos nuevos.

Lo dijo en tono ligero, pero sus dedos apretaban la carpeta contra el pecho.

Dante Noir se acercó a la mesa.

No necesitaba acercarse tanto. Ninguna cláusula lo exigía. Y aun así, lo hizo. Cada paso hacía que el olor a ámbar y tormenta se hiciera más fuerte, hasta envolverme.

El calor en mi nuca bajó por la espalda. Sentí el pulso en la garganta, en las muñecas, en lugares que no deberían enterarse de quién era mi jefe.

—¿Hay algo que no entiendas, señorita Trish? —preguntó, sin apartar la vista de mí.

Quise decir “no, todo bien, firmo y me voy a mi escritorio”. En cambio, mi mirada volvió al apartado médico.

—La parte de los exámenes —alcancé a decir—. Y esto de informar cambios de ciclo. No estoy enferma. Solo tengo ansiedad.

Al soltar esa palabra, me sentí ridículamente expuesta. Como si acabara de entregarle mi punto débil.

Sus ojos se clavaron un poco más en los míos. No con lástima. Con interés.

—No es una cláusula pensada solo para ti —dijo al fin—. Es estándar para tu área.

Su tono era neutro, pero la sensación fue otra: como si estuviéramos hablando de algo que yo ni siquiera sabía que podía cambiar.

Quise preguntar “¿qué tipo de cambios esperan exactamente?”. Pero el calor subió un grado y el perfume se me metió por la nariz, bajando al pecho como humo espeso.

Sofía aprovechó el silencio.

—Si estás conforme, firmamos y activamos tu ingreso —dijo, empujando otra vez el documento hacia mí—. Oficialmente formas parte de análisis de riesgo desde hoy. Están esperándote arriba.

“Están esperándote”.

Pensé en la pieza helada que arriendo. En mi mamá preguntando por mensaje si “en la capital pagan bien”. En las deudas. En la beca que acepté apenas vi el logo de Noir Holdings.

Pensé en que no tenía un plan B.

Miré el espacio en blanco.

Tomé el bolígrafo.

—Quiero el trabajo —dije, intentando que la voz no me temblara.

Y firmé.

La tinta apenas se secó cuando el olor a ámbar y tormenta pareció intensificarse. Como si el aire aprobara mi decisión.

Dante bajó la vista al contrato. Sus labios se curvaron apenas, en una línea que no era exactamente una sonrisa.

—Bienvenida oficialmente a Noir Holdings, Alma —dijo.

Mi nombre en su boca sonó a promesa. O a amenaza.

No estaba segura de qué me asustaba más.

Mientras Sofía guardaba el contrato y hablaba de credenciales, mi cuerpo seguía reaccionando como si no hubiera firmado solo un empleo.

Como si algo mucho más profundo acabara de decidirse por mí.

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