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Portada de la novela La cautiva del alfa de sombras

La cautiva del alfa de sombras

Alma llega a Frederick Tower buscando un empleo estable, pero su vida da un giro tras conocer a Alex Frederick en el ascensor. Él es un poderoso magnate y el alfa de la manada Niebla, quien identifica de inmediato a Alma como su Omega. Entre extraños malestares físicos y la amenaza constante de clanes enemigos, ella termina atrapada en un conflicto sobrenatural. Ahora, Alma deberá elegir entre ser una presa del destino o la mujer capaz de dominar al lobo.
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Capítulo 2

POV: Alex

El piso veintiocho siempre ha sido demasiado luminoso para mi gusto.

Demasiados afiches motivacionales, demasiadas sonrisas entrenadas. Normalmente no vengo a Recursos Humanos en persona. Para eso tengo directores y correos con copia oculta.

Hoy es distinto.

Hoy el aire de la torre cambió.

Lo noté en cuanto crucé el lobby. Entre café, desinfectante y trajes caros, había algo más: un rastro cálido, nuevo, que no pertenecía a ningún empleado habitual. Lo seguí sin pensarlo. El instinto se adelantó al resto de mi cerebro.

Omega.

La palabra se clavó en lo más antiguo de mí, en un lugar que llevo años manteniendo bajo llave.

Podría haber ignorado el olor. Fingir que no lo reconocía. Pero cuando vi su nombre en la agenda del día —“Firma contrato, analista: Alma Trish”— supe que no lo haría.

 Por eso entré en la sala de Recursos Humanos en mitad de la firma.

Ahora, el contrato ya está guardado en la carpeta de Sofía y ella intenta llenar el aire con frases sobre credenciales y accesos, como si no hubiera sentido cómo la atmósfera cambió cuando Alma firmó.

Yo sí lo sentí.

Su olor se volvió más nítido en el momento exacto en que la tinta tocó el papel. Como si un vínculo que ninguno de los dos entiende hubiera dado un paso adelante.

—En unos minutos tu tarjeta estará activa y podrás subir a análisis de riesgo —dice Sofía—. Te van a encantar las vistas desde arriba.

Alma asiente, pero sus dedos aprietan el borde de la mesa. Está tensa, sobrecalentada, y finge que no lo nota. La ansiedad que mencionó no explica todo lo que percibo.

—No hace falta que espere aquí —digo—. La acompañaré yo.

Sofía parpadea.

—Señor Frederick, no es necesario. Puedo llamar a alguien del piso para que…

—No —la corto, tranquilo—. Quiero hablar con el director de análisis. Y ya que voy en esa dirección, sería ineficiente hacerla ir sola.

No doy lugar a discusión. Sofía asiente.

Me giro hacia Alma.

—¿Lista? —pregunto.

Sus ojos se elevan hacia los míos. Vacilan un segundo.

—Supongo que sí —responde.

No es la respuesta de alguien con opciones. Es la respuesta de quien entiende, incluso sin saberlo, que acaba de cruzar una línea.

Salimos al pasillo. El olor a desinfectante intenta competir con el suyo y pierde. Camino un paso por delante. Puedo sentirla detrás, como una corriente de calor.

Llegamos a los ascensores internos. Pulso el botón. Las puertas de metal reflejan nuestras siluetas.

—¿Siempre revisa personalmente los contratos de los nuevos analistas? —pregunta.

La mayoría se quedaría callada. Ella no.

—No —respondo—. Pero no todos los nuevos analistas llegan a proyectos que me interesan.

—Apenas firmé —dice—. Ni siquiera he visto mi escritorio.

—Eso puede cambiar rápido —replico.

 Las puertas se abren con un “ding”. Entro primero. Sostengo las puertas con la mano.

—Adelante, Alma.

Su nombre en mi boca tiene un peso distinto al del contrato. Ella lo nota. Lo veo en el leve cambio de su respiración cuando cruza el umbral y se sitúa a mi lado.

Las puertas se cierran. El ascensor arranca.

En el espacio cerrado, su olor me golpea sin filtros. Calor, algo dulce, nervios. Y debajo, el matiz inequívoco que llevo años sin permitir que importe.

Omega latente.

La miro de reojo. Mantiene la vista fija en el panel de números, como si pudiera escapar subiendo más rápido.

—No tienes que preocuparte por los exámenes —digo, rompiendo el silencio—. Nadie aquí te va a cuestionar por tener ansiedad.

—No es eso lo que me preocupa —responde, casi en un susurro.

—¿Entonces qué? —pregunto.

Tarda en contestar.

—No me gustan las cosas que no entiendo —admite—. Y tengo la sensación de que en este edificio hay muchas.

No puedo evitar una ligera sonrisa.

—En eso coincidimos.

Ella frunce el ceño, sorprendida.

El ascensor sigue subiendo. Siento cómo el calor en su cuerpo aumenta, cómo su pulso se acelera. Todavía no es peligroso, pero no va a tardar si la expongo a demasiados estímulos.

Mi parte racional hace un cálculo: joven, sin antecedentes de clan, con un diagnóstico de ansiedad que cubrirá cualquier síntoma extraño los primeros meses. Vulnerable.

Mi parte alfa da una respuesta mucho más simple: mía.

Ignoro esa voz.

—En análisis de riesgo —digo— verás números que otros prefieren fingir que no existen. Si algo no te cuadra, no lo ignores.

—¿Incluso si a alguien importante no le gusta? —pregunta.

Me mira, por primera vez, directamente. Hay miedo, sí, pero también curiosidad.

—Sobre todo entonces —respondo.

El “ding” anuncia nuestra llegada. Las puertas se abren.

El olor a café recalentado invade el ascensor. Salgo primero. Alma camina a mi lado esta vez, no detrás.

Las miradas se vuelven hacia nosotros. El murmullo baja. Ver al dueño de la torre aparecer en tu piso con una empleada nueva no es algo que pase todos los días.

Localizo a Fernandez en su oficina de vidrio. Golpeo el marco con los nudillos.

—Buenos días —digo cuando abre.

—S-señor Frederick —balbucea—. No sabía que…

—Esta es Alma Trish —lo interrumpo—. Nueva analista. Desde hoy quiero que se enfoque en un proyecto específico: Sonata.

Veo cómo el nombre del proyecto y el de ella se cruzan en la mente de Fernandez. No comprende la mitad de lo que implica, pero entiende suficiente: esto no es rutina.

—Por supuesto —dice—. Bienvenida, señorita Trish.

—Quiero que sus informes lleguen a mi bandeja —añado—. Sin filtros.

Fernandez traga saliva.

—Entendido.

Me aparto un paso. Siento que Alma me mira un instante antes de obligarse a mirar la oficina, los monitores, cualquier cosa menos a mí.

Mientras vuelvo al ascensor, una certeza se instala, pesada, en el centro de mi pecho:

Acabo de poner a mi omega en medio del sistema que mejor manejo.

Si algo sale mal, no será por lo que ella vea.

Será por lo que otros estén dispuestos a hacer cuando descubran lo que es.

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