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Portada de la novela La Casa De Los Silencios

La Casa De Los Silencios

Eleanor Hartwood busca escapar de un historial de abusos refugiándose en la antigua finca que heredó de su tía en Yorkshire. La mansión, lejos de ser un asilo de paz, alberga ecos del pasado y misterios que claman justicia. En este entorno inquietante surge un lazo profundo con Theo Ravenscroft, un hombre que carga con sus propios tormentos. Juntos deberán desentrañar verdades ocultas y peligros acechantes que el silencio de la casa se niega a liberar.
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Capítulo 2

Eleanor pasó la noche en vela.

No porque algo la hubiera asustado exactamente - al menos no en el sentido clásico de la palavra -. Pero había una inquietud, una tensión silenciosa que parecía crecer entre las habitaciones como raíces. La casa hacía ruidos. Muchos. Y aunque era natural que una estructura antigua crujiera, rechinara o susurrara con el viento, había algo en aquellos sonidos que la mantenía en estado de alerta, como si cada crujido fuera un llamado. Como si alguien caminara en la planta de arriba cuando ella sabía que estaba sola.

Intentó racionalizar. El suelo viejo, el techo alto, el viento colándose por las rendijas. El tiempo distante que se manifestaba a su manera. Pero no servía de nada. La incomodidad persistía como una brisa helada en la nuca.

Despertó - o mejor dicho, se levanto - con el cielo ya grisáceo. La mañana se anunciaba húmeda, y una neblina baja cubría el campo alrededor de la casa. Aún no tenía electricidad. Se puso un abrigo más grueso, preparó un té con lo que encontró en la antigua despensa - algunas latas oxidadas, hojas secas y una tetera con la tapa suelta - y se acomodó en la cocina, frente a la ventana empañada.

Afuera, el jardín parecía aún más descuidado a la luz del día. Las plantas crecían libres, casi salvajes, y las enredaderas tomaban parte de la pared lateral de la casa. Recordaba vagamente a la tía Vivienne cuidando ese jardín con esmero. Siempre con sombrero, siempre con los guantes de cuero marrón, agachada en la tierra como si allí estuvieran enterradas respuestas. Ahora, todo aquello parecía un retrato en ruinas.

Bebió el té en silencio. Estaba tibio, y el sabor de hierbas envejecidas dejaba un regusto amargo, pero era mejor que el vacío.

Decidió subir al piso de arriba.

Las escaleras crujían bajo sus pies, lo que la hizo avanzar más despacio. El pasamanos de madera oscura seguía firme, pero cubierto por una fina capa de polvo. A medida que subía, sintió un leve perfume en el aire - no lavanda, como en la planta baja, sino algo más dulce, tal vez jazmín. Se detuvo en el último peldaño e inspiró profundamente. El olor desapareció. O quizá nunca había estado allí.

El pasillo del piso superior era estrecho y oscuro, con cuatro puertas cerradas: dos dormitorios, un baño y el antiguo cuarto de costura de la tía. Abrió la primera puerta, la habitación donde solía dormir de niña. Reconoció de inmediato el papel pintado con flores, ahora amarillento y descascarado en algunos puntos. La cama seguía allí, cubierta por una sábana blanca. Todo intacto. Y frío.

Pasó los dedos por un marco sobre la cómoda: una foto de la tía más joven, al lado de una mujer que Eleanor no reconoció. La imagen estaba algo desvaída, pero las manos entrelazadas de las dos mujeres transmitían una ternura que le apretó el pecho.

Exploró la segunda habitación, más vacía, con una estantería de libros y un escritorio. Se sentó allí unos minutos, sin un propósito claro. Tomó uno de los libros antiguos: Jane Eyre. Había una anotación a lápiz en la primera página:

"Para quien elige la libertad, aunque duela."

Reconoció la letra fina de su tía. Sonrió, aunque con los ojos llenos de lágrimas.

Decidió marcharse. Necesitaba ir al pueblo y ver si alguien podía ayudarla con la electricidad. Quizá comprar comida, velas, descubrir si aún había vecinos. Necesitaba oír voces, cualquier cosa que no fuera el eco de su propia soledad.

Se puso el abrigo, tomó el bolso y bajó con pasos decididos.

Cuando abrió la puerta principal, el aire frío la golpeó como una bofetada. Pero algo más llamó su atención.

Había huellas en el jardín.

Huellas recientes. Demasiado pequeñas para ser suyas. Demasiado pequeñas para un adulto. Y se desvanecían justo en la curva de la casa, donde la tierra estaba más blanda y húmeda.

Frunció el ceño. Miró alrededor. Nadie.

Cerró la puerta tras de sí, el corazón más acelerado de lo que le gustaría admitir. Quizá un animal, pensó. O algún vecino curioso. Pero en el fondo, lo sentía: la casa estaba lejos de estar vacía.

Muy lejos.

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