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Portada de la novela La Casa De Los Silencios

La Casa De Los Silencios

Eleanor Hartwood busca escapar de un historial de abusos refugiándose en la antigua finca que heredó de su tía en Yorkshire. La mansión, lejos de ser un asilo de paz, alberga ecos del pasado y misterios que claman justicia. En este entorno inquietante surge un lazo profundo con Theo Ravenscroft, un hombre que carga con sus propios tormentos. Juntos deberán desentrañar verdades ocultas y peligros acechantes que el silencio de la casa se niega a liberar.
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Capítulo 3

El camino que llevaba al pueblo era de grava, flanqueado por cercas bajas y árboles de ramas retorcidas. Eleanor caminaba con pasos rápidos, las manos en los bolsillos del abrigo y la mirada fija al frente. El viento frío del campo le cortaba la piel, pero lo prefería al silencio cargado de la casa.

Intentaba apartar la incomodidad que le provocaban las huellas en el jardín. Se había repetido que tal vez fueran de un niño jugando o incluso de algún animal. Pero había algo en aquello que la perturbaba - no solo por las marcas en sí, sino porque parecían parte de algo mayor, como si la casa intentara comunicarse. O advertirle.

Sacudió la cabeza. Estaba cansada. Aún frágil. La mente podía crear fantasmas donde solo había ecos.

Cuando llegó a la plaza principal, la niebla empezaba a disiparse. Era un pueblo pequeño y pintoresco, con construcciones de piedra grisácea, puertas de colores y escaparates modestos. Un colmado, una floristería, un pub con fachada oscura y cortinas gruesas en las ventanas. Un lugar donde todos conocían a todos - y, probablemente, ya sabían que ella había regresado.

Sintió las miradas antes incluso de ser consciente de ellas.

En la entrada del colmado, dos mujeres conversaban apoyadas en un mostrador improvisado con cajones de manzanas. Cuando Eleanor pasó, la conversación se interrumpió. Una de ellas le sonrió con contención; la otra solo observó, los ojos entrecerrados de curiosidad. Dentro de la tienda, la vieja campanilla de la puerta sonó aguda, y el dependiente - un hombre bajo, de cabello ralo - alzó la vista y la reconoció al instante.

- ¿Usted es... Eleanor?

Ella asintió, forzando una sonrisa.

- Sí. Eleanor Hartwood. Soy sobrina de la señora Vivienne.

- Claro. Claro... - Se limpió las manos en un trapo sucio antes de acercarse al mostrador. - Supimos del fallecimiento. Mis condolencias. Era una mujer... reservada, pero correcta.

Eleanor agradeció con un leve gesto de cabeza, sin saber bien cómo responder a aquella frase.

- ¿Se está hospedando en su casa?

- Sí. En realidad, heredé la casa.

El hombre parpadeó, sorprendido.

- ¿Va a quedarse allí a vivir?

- Por ahora, solo estoy pasando un tiempo. Necesito descansar, pensar un poco. - Hizo una pausa. - Pero no tengo electricidad. No sé si la cortaron por falta de uso, o...

- Ah. Debe de ser solo el disyuntor general. El señor Hobbs se encarga de esas cosas. La empresa de energía ya casi no viene por aquí. ¿Quiere que lo llame?

Eleanor asintió, agradecida. Mientras él marcaba un número en un teléfono viejo y amarillento, ella recorrió la tienda. Cogió velas, fósforos, una lata de sopa, pan, té nuevo. Todo lo que pudiera hacer la noche un poco menos oscura. Al salir, las mismas mujeres seguían afuera. Una de ellas susurró algo cuando Eleanor pasó. Fingió no notarlo, pero el escalofrío fue inevitable.

Siguió hasta el pub, más por curiosidad que por necesidad. El interior era acogedor, con paredes revestidas de madera y olor a chimenea. Se sentó cerca de la ventana. Pidió un café. Observó el movimiento - pocos clientes, casi todos hombres, conversando en voz baja.

Y entonces lo vio.

En el rincón más oscuro del pub, solo en una mesa junto a la chimenea, había un hombre. No llevaba sombrero, como los demás. Tenía el cabello oscuro y revuelto, y una mirada absorta en algo que no estaba allí. No la miraba. Ni miraba a nadie. Parecía ajeno al mundo que lo rodeaba. Pero había en él una presencia que la hizo sentirse incómoda. Como si ocupara un espacio mayor del que le correspondía.

Uno de los hombres en la barra susurró algo y señaló discretamente en su dirección.

Theo Ravenscroft.

No necesitaba preguntar. Lo supo, con esa intuición que no se explica, que era él.

El hombre solitario de la casa del lago. El escándalo del que nadie hablaba abiertamente. El nombre que flotaba en el aire como un secreto conocido por todos, pero nunca pronunciado en voz alta.

Y por un instante, sus miradas se cruzaron.

Breve. Intenso. Como un roce de piel en una herida abierta.

Eleanor apartó los ojos.

Sintió algo vibrar en su pecho. Algo entre alarma y fascinación.

Se levantó. Pagó el café. Salió en silencio, antes de que el propio silencio dijera más de lo que debía.

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