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Portada de la novela LA CASA AL FINAL DEL EMPEDRADO

LA CASA AL FINAL DEL EMPEDRADO

El estallido de la Revolución Mexicana en 1910 obliga a Alameda Gómez a madurar de golpe. Un inesperado percance con su vestimenta une su camino al de un prepotente y acaudalado jurista, quebrando su ingenuidad juvenil. Pese a que inicialmente lo desprecia por su arrogancia, la devoción y el afecto mutuo cambian su percepción. Alameda deberá encarar duras penas y desafíos sentimentales para rescatar al hombre que ama de un destino funesto.
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Capítulo 3

Capítulo 3

 La joven Alameda llegó a su trabajo un tanto emocionada por haber logrado ayudar a don Servando, su padre. Por lo que ahora debía hablar claro con doña Adolfa. Lo que la ingenua muchacha ignoraba era que sus nuevos planes estaban por cambiar su vida por completo.

Después de preparar el desayuno puso a la anciana al tanto.

—¿Y ahora que voy a hacer yo sola? Aún faltan semanas para que mi nieto regrese.

—Ya he pensado en eso señora... Tengo una amiga, Lazara se llama; y ella bien puede encargarse de usted... Estoy segura que en cuanto le hablé de usted aceptará el empleo.

Adolfa que apreciaba de corazón a la joven, se vio en una encrucijada.

— Mira. Si es por dinero, yo también te puedo ayudar con el pago de las deudas del hombre ese. Que yo no comprendo porque insistes en llamarlo padre si ni siquiera lo es, ni se ha comportado como tal y puros problemas te ha traído... Sólo debemos espera a que mi nieto regrese, ya que él es quien tiene control de mi dinero y...

— Se lo agradezco con el alma. Pero el señor Rentería me ha hecho tomar una resolución en el momento que... no pude negarme. De cualquier manera el empleo que él me ofreció es sólo por un mes, así que si usted lo desea, yo podría volver a trabajar aquí pasado ese tiempo.

— ¡Hombre hija pero que pregunta! Claro que serás bienvenida siempre... Ah pero por lo pronto promete que vendrás de vez en cuando a ver a tu vieja amiga.

— Claro que nos estaremos viendo.

— Oye y... ¿es... es guapo?

—¿Cómo?

— El tal Rentería ¿es guapo?

—Realmente no me fije bien... Sólo sé que es un engreído, un pedante y un grosero y... No sé como voy a soportar verlo a diario.

Entonces la anciana sonrió satisfecha, pues por ese lado no había inconveniente que interfiriera en sus planes. Ya que ella había ideado presentar a la muchacha con su joven nieto Clemente. Desde que Doña Adolfa la vio entrar a su casa, supo que no era una mujer común, no sólo por su belleza, sino por su educación y cierto toque de elegancia. En pocas palabras era la mujer perfecta para su querido nieto.

Después del medio día Alameda fue a su casa. Ahí encontró a don Servando, y como era de esperarse, alcoholizado.

— ¡Mi querida Alamedita!— dijo emocionado al verla.

—¿Otra vez está ebrio?

—¿Y qué esperabas? Me encontré con Rómulo y los muchachos, y ¿qué crees? Pos nos pusimos a festejar que ya me habían soltado los gendarmes. Pero los muchachos me invitaron porque yo no traía ni un centavo.

— Voy a prepararle una sopa y agua caliente para que luego tome un baño y se le baje la borrachera.

— ¡Pero si estoy tan contento así!

— Debe ayudarme a conseguir el dinero para pagarle a quien hizo el favor de pagar sus deudas... Yo sola no voy a poder. Es mucho dinero. No quiero deberle un sólo peso a él y...

— ¿Me quieres poner a trabajar ingratísima de tu madre?

— Mire. Ya verá que no es tan mala la idea. Le pregunté a don Camilo, el dueño de la tienda de abarrotes si podía ocuparlo a usted en algo, y me dijo que fuera a verlo hoy por la tarde.

—Yo que voy a trabajar como un vulgar cargador. Sabes de mi categoría, de quien soy, de lo ilustre de mi apedillo... Además yo siempre vi por ti y tu madre desde que eras una niñita... y mira nomas como me pagas de verás... ¡Jip!

— Pero...

—¡Pagar esa deuda sería un abono a lo mucho que yo hice por ti mal agradecidísima! ¡Jip!

— Está bien. Si quiere no me ayude, pero hágalo por usted, verá que se sentirá mejor trabajando y sintiéndose útil y...

— ¿Ahora me estás llamando inútil Alameda? — dijo el viejo molesto haciendo un intento por empujar a la joven, pero fue a dar al piso donde cayó dormido.

Al siguiente día, muy temprano la joven se presentó en la casona de Vidal. La muchacha al poner un pie en la entrada del lugar, no pudo evitar sentirse un tanto preocupada y a la vez emocionada.

—¿Qué es lo que desea? — preguntó al abrir la puerta una altiva madura mujer de rasgos indígenas pero con vestidos algo finos y conservadores.

— Busco al señor Vidal...

—¿Te refieres al abogado Rentería muchachita? — dijo la mujer corrigiéndola con tosco modo, mientras miraba a la joven de una manera escrutadora de pies a cabeza.

—Así es.

—Yo soy la nueva ama de llaves de este lugar muchacha y el señor no me habló de ti — dijo la mujer un tanto molesta.

Entonces la joven se sintió confundida.

—Pero él me ofreció un empleo y...

— Lo siento. Como verás no estoy al tanto de eso.

— Pero ¿usted puede emplearme en algo?

— Pues tengo cubierto el lugar de la cocinera y las mucamas... Aunque tal vez pueda haber un lugar con las muchachas que friegan los pisos o los retretes.

— ¿Y sabe dónde puedo ver al señor?

— Considerar avisar al abogado Rentería de tu presencia, es todo lo que puedo hacer por ti muchacha... Como entenderás no puedo darle información del patrón a cualquiera... Y como ves tengo un día muy ocupado niña, así que te pido que te retires anda, a mendigar trabajo a otro lado.

Después que la mujer le cerrara la puerta en la cara a la desilusionada joven; Ramira otra de la muchachas del servicio, le hizo señas a la señorita desde el balcón que había justo sobre la puerta principal.

— ¡Pssst! ¡Oye chamaca! ¡Acá arriba! — dijo la mujer en voz baja.

— Es ¿a mí?

— Seguro. Eres Alameda ¿verdad?

—Aja.

— Te veo en la ventana de la esquina derecha de la casa, la que está allá cerca de la botica.

Alameda se dirigió al lugar, y allí la sirvienta abrió por dentro una parte de la ventana de madera.

— Hola... Soy Ramira... También trabajo para el patrón Rentería. Hoy por la mañana escuché al señor decirle a la pesada de Honoria, la mujer que te recibió, que ibas a venir tú.

— ¿Cómo?

— Le dijo claramente: hoy por la mañana vendrá una señorita a quien le voy a dar el puesto de ama de llaves. Su nombre es Alameda Gómez, le dices que tuve que salir por unos asuntos pero que me vea hoy antes del mediodía en el restaurante del hotel Finca Real.

— Pero esa mujer me dijo que ella era la ama de llaves.

— Ella es la nana de la esposa del patrón... La joven irremediablemente y sin saber por qué, sintió una punzada en el pecho al oír sobre la mujer de Vidal.

—Esa Honoria se cree la muy muy — continuó la sirvienta —, pero lo que te dijo no es verdad. Ella es muy alzada y nos da órdenes a todas, pero es una gata más al igual que nosotras.

Alameda trató de disimular el desagrado que aún sentía.

— ¿Entonces? — dijo al fin.

— Pues yo digo que te apresures y vayas al hotel.

— ¡Gracias Ramira! — dijo Alameda y se dirigió al lugar.

Ya allí el hombre la esperaba un tanto ansioso, pero supo disimular al verla entrar. Luego asintiendo con la cabeza como saludándola, se puso de pie y le abrió la silla invitándola a tomar asiento. Ella un tanto desconcertada accedió.

— Buen día — dijo un poco nerviosa.

— Estaba por pensar que me había plantado.

— Nunca podría hacerle eso.

— Hubo un cambio de planes como Honoria le debió comentar — dijo él tomando asiento justo frente a ella, e intentando no mirarla a los ojos.

— Eeh... No me dio detalles —respondió temerosa.

— Pues verá usted, la casona estuvo deshabitada mucho tiempo...

—Dos años.

— Así es... y hoy las muchachas del servicio están tratando de dejar el lugar habitable. Por eso me estoy hospedando aquí.

— Si junto a su esposa — dijo la joven con un dejo de reclamo y desagrado que no pudo ocultar, y que fue un tanto evidente para él.

Entonces Vidal la miró a los ojos, como sintiéndose incómodamente descubierto. Ella ruborizándose un tanto avergonzada, se reprochó sus palabras y sintió que había cometido una indiscreción. El hombre casi por un momento dibujó una ligera sonrisa en su boca, ya que por alguna extraña razón le agradó el reclamo. Cuando de pronto...

—¿Desea ordenar algo la señorita? — preguntó un mesero.

— ¡No! — respondieron enfáticos ambos si dejar de mirarse.

Pero casi de inmediato Vidal recompuso apartando su mirada de la de ella.

—Es verdad ¿Desea tomar algo? — le preguntó a la joven.

Ella también reaccionando, sólo negó con su cabeza bajando su mirada. El mesero al sentir la tensión entre ambos se retiró confundido.

— Mientras todo se prepara en la casona, voy a necesitar que usted supervise los trabajos de limpieza del lugar... Creo duraran un par de días más. Y necesitaré que me mantenga al tanto.

— Claro señor — respondió ella sin mirarle. A la joven le dio la impresión que la personalidad del tipo engreído había desaparecido misteriosamente, lo que lo hacía un tanto enigmático y encantador. Vidal por su parte también continuó evitando mirarla.

— ¿Es todo? — dijo ella.

— No. ¿Usted conoce la propiedad al detalle?

— Como la palma de mi mano.

— Justo aquí en mi cuarto, tengo un mapa de la propiedad... Voy a necesitar que vayamos y me especifique todos los lugares que desconozco.

Ella se sintió un poco incomoda al escuchar que debía ir a su cuarto. Vidal al notarlo, intentó darle un poco de confianza, reiterándole que no podía traer el documento al restaurante. Entonces, de uno de los bolsillos sacó el llavero de la casa ofreciéndoselo a la contrariada joven.

Fue al momento de tomarlo que las manos de ambos hicieron contacto y una descarga los recorrió, erizándoles por completo la piel. La situación para los dos no pasó inadvertida.

— ¿Y cómo será el trato con la señora Honoria?

— Es una buena mujer, pero muy entrometida. Usted sólo recibirá órdenes directamente de mí y sólo a mí me debe dar explicaciones y detalles de su trabajo, a nadie más. Ella es la nana de...

— Si lo sé... ¿Y de su mujer supongo que también debo recibir órdenes?

— Se equivoca. Usted sólo debe obedecerme a mí. Ella, ella sólo es...

— No se preocupe. No debe darme ninguna explicación.

— Alissa no está en México. Se enteró de mis planes sobre la recepción que quiero darle al señor presidente y se empeñó en venir. Ella llegará en algunas semanas. Honoria quiso adelantarse y supervisar el lugar. Pero por ellas no se preocupe, se marcharán del pueblo antes de la reunión.

De pronto se hizo un silencio incómodo para los dos.

— Mañana iniciaremos con lo del mapa, y hoy por la tarde necesitaré que me acompañe a la casona para dejarla al frente de todo.

— Entiendo abogado — y se puso de pie; mientras Vidal se apresuró a retirarle la silla a la joven.

Alameda pensó en ese momento que eran muchas atenciones para una simple empleada, por lo que comenzó a sentirse más nerviosa.

— Con su permiso — dijo retirándose sin mirarlo para evitar algún nuevo momento incómodo.

Él también permaneció inmóvil detrás de la silla, mientras la señorita se retiraba. Y justo cuando ella abandonó el lugar, él por fin pudo soltar la respiración. Su pulso se había acelerado tanto que le fue muy evidente que aquella jovencita algo provocaba en él.

Llegada la hora, Vidal recibió a la joven en la casona y mandó llamar a todos; incluyendo a Honoria. Luego les hizo el nombramiento oficial de Alameda. La nana al escucharlo, furiosa dio la media vuelta y se alejó a su habitación.

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