
La Boda Que Nunca Fue
Capítulo 2
Sofía estaba sentada frente a un hombre de mediana edad con un traje impecable, su rostro inexpresivo, como si estuviera tallado en piedra.
La oficina era minimalista y fría, sin ninguna decoración personal, solo un escritorio, dos sillas y una ventana que daba a una pared de ladrillos.
"¿Está segura de su decisión, señorita? Una vez que el proceso comience, no hay vuelta atrás. Su identidad actual, Sofía, la diseñadora de modas, será completamente borrada. Para el mundo, usted nunca habrá existido."
La voz del hombre era monótona, sin rastro de emoción.
Sofía asintió, su garganta seca.
"Estoy segura."
Su propia voz sonó extraña, firme, desprovista de la duda que la había atormentado durante el último mes.
Hace exactamente un mes, su vida era un cuento de hadas. O al menos, eso es lo que todo el mundo creía. Estaba a punto de casarse con Alejandro, el magnate textil más poderoso y deseado de la Ciudad de México. Su historia de amor era la comidilla de todas las revistas de sociedad, un romance épico que Alejandro se había encargado de publicitar hasta el cansancio.
Pero hace un mes, ella lo había visto.
Lo había visto a él, a su prometido, con su asistente, Camila, en su propia oficina. La oficina con paredes de cristal que él había diseñado para que siempre pudieran verse, incluso estando en reuniones distintas. Una broma cruel del destino. La imagen de ellos dos, entrelazados en un acto de intimidad descarada, se había grabado a fuego en su mente.
Ahora, esa imagen era su ancla, la fuerza que la impulsaba a tomar esta decisión drástica.
"Bien," dijo el hombre, deslizando una tableta por el escritorio. "Firme aquí. A partir de este momento, usted es una empleada en período de prueba de nuestra agencia de investigación de tendencias. Su pasado queda atrás."
Sofía tomó el lápiz digital. Su mano no tembló. Firmó.
Sabía que Alejandro era un hombre obsesivo, posesivo. Si simplemente desaparecía, él movería cielo, mar y tierra para encontrarla. Usaría todo su poder, todo su dinero.
Pero no podría encontrar a alguien que ya no existía.
Esta era la única manera. La única forma de escapar, de borrarlo por completo de su vida.
Al salir del edificio anónimo, el aire frío de la tarde la golpeó. Levantó la vista y lo primero que vio fue un anuncio espectacular en un edificio al otro lado del Paseo de la Reforma.
Era una foto de ella y Alejandro, sonriendo, abrazados. El titular decía: "La boda del siglo: Alejandro y Sofía, un amor que inspira a México".
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Sofía.
Mientras caminaba, escuchaba los murmullos de la gente a su alrededor.
"¿Viste? Son ellos. ¡Qué pareja tan perfecta!"
"Dicen que él está loco por ella. Construyó esa mansión colonial en Coyoacán solo para ella."
"Y compró su cadena de restaurantes favorita para que ella pudiera comer su postre preferido cuando quisiera."
"¡Todo su imperio se llama 'Grupo Moda Sofía'! Es el gesto más romántico que he visto."
"Leí que incluso le donó médula ósea cuando ella estuvo enferma hace unos años. Eso es amor verdadero."
Sofía siguió caminando, cada palabra un eco hueco en sus oídos. Amor verdadero. Qué farsa.
Recordaba cada gesto, cada palabra grandilocuente. Recordaba la propuesta de matrimonio, él arrodillado, con los ojos llenos de una devoción casi febril.
"Solo tú, mi Sofía," había jurado. "O moriré."
Ella, con un pasado de abandono en un orfanato, anhelaba ese amor, esa seguridad. Se había aferrado a sus promesas como un náufrago a una tabla.
Hasta esa tarde.
La tarde en que Camila, con una sonrisa maliciosa, la había guiado a la terraza del edificio corporativo con la excusa de mostrarle una nueva tela.
"Mira, Sofía," había dicho, señalando hacia la oficina de Alejandro. "Tu prometido está trabajando muy duro."
Y entonces la vio. La escena que la perseguiría para siempre.
Las palabras de Camila, lo suficientemente altas para que Sofía las escuchara a través del cristal reforzado, resonaron en su cabeza como un eco infernal.
"¿Te excitaría más si Sofía nos viera?"
La respuesta de Alejandro, furiosa, ahogada por el deseo.
"¡Cállate! ¡Tú solo eres un juguete!"
Un juguete.
Sofía apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas de sus manos.
No, la boda del siglo no sucedería.
Ella se aseguraría de ello.
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