
La Boda Que Nunca Fue
Capítulo 3
El recuerdo era tan vívido que Sofía sintió una náusea repentina. Se detuvo, apoyándose en la pared de un edificio, tratando de recuperar el aliento.
Los gigantescos anuncios en Reforma parecían burlarse de ella, proyectando una fantasía que el público consumía con avidez. Una fantasía en la que ella misma había creído ciegamente.
Recordó el día de la propuesta de matrimonio, no en un restaurante lujoso, sino en el hospital. Ella estaba débil, recuperándose de la enfermedad que casi le cuesta la vida. Alejandro no se había separado de su lado.
Cuando los médicos confirmaron que el trasplante de médula ósea había sido un éxito, gracias a él, Alejandro se arrodilló junto a su cama.
No había un anillo de diamantes, solo sus manos sosteniendo las de ella.
"Sofía," dijo, con la voz quebrada. "No puedo imaginar un mundo sin ti. Cásate conmigo. Déjame cuidarte por el resto de mi vida. Te juro que serás la única mujer para mí. Solo tú, mi Sofía, o moriré."
Sus ojos mostraban una vulnerabilidad que la desarmó. En ese momento, en la esterilidad de esa habitación de hospital, se sintió la mujer más amada del mundo. Creyó cada palabra. Pensó que su anhelo de un amor verdadero, de una familia, finalmente se había cumplido.
Qué ingenua. Qué estúpida.
Se había sentido tan segura, tan amada, que cuando Camila se unió a la empresa como asistente de Alejandro, no vio la amenaza. Camila era eficiente, ambiciosa, y siempre estaba un paso por delante. Sofía incluso había sentido lástima por ella, por la forma en que Alejandro a veces la trataba con desdén en público.
Ahora entendía. Era todo parte del teatro.
El día que descubrió la verdad, el mundo se derrumbó bajo sus pies.
Fue por la tarde. Alejandro le había dicho que tenía una reunión de última hora. Ella estaba en el taller, dando los toques finales al diseño de su propio vestido de novia, un sueño hecho realidad.
Camila apareció en la puerta, con una sonrisa que ahora Sofía reconocía como depredadora.
"Sofía, qué pena molestarte. Alejandro me pidió que te mostrara unas muestras de seda que acaban de llegar de Italia. Están en la terraza, la luz es mejor allí."
Sofía, confiada, la siguió.
Subieron al último piso. La terraza ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Pero Camila no se detuvo en las muestras de tela. La guio hacia la barandilla de cristal que daba directamente a la oficina de Alejandro.
La oficina que él llamaba "nuestro santuario". Con sus paredes de cristal de un solo lado. Visibles desde fuera, privadas desde dentro.
"Para que siempre puedas verme, mi amor," le había dicho. "Para que sepas que incluso cuando trabajo, mi corazón está contigo."
Y allí estaba él. Su Alejandro. Con Camila.
No estaban trabajando.
Estaban sobre el escritorio de caoba, el mismo escritorio donde firmaban contratos millonarios. La falda de Camila estaba subida hasta la cintura, sus manos aferradas a los hombros de Alejandro.
Sofía se quedó paralizada, el aire atrapado en sus pulmones. El sonido de la ciudad se desvaneció, reemplazado por un zumbido ensordecedor en sus oídos.
Fue entonces cuando escuchó la voz de Camila, amplificada por la extraña acústica del patio interior.
"¿Te excitaría más si Sofía nos viera?"
Vio la cabeza de Alejandro girar bruscamente hacia la ventana, sus ojos buscando en la oscuridad de la terraza. Por un instante, sus miradas se cruzaron. Vio la sorpresa, el pánico, y luego... algo más. Una chispa de excitación retorcida.
Luego, su voz, un gruñido bajo y furioso.
"¡Cállate! ¡Tú solo eres un juguete!"
La empujó, pero no la apartó. Al contrario. La besó con una ferocidad que hizo que Sofía retrocediera.
Sintió que iba a vomitar. Se tapó la boca con las manos y corrió, huyendo de la terraza, de la oficina, de la mentira que era su vida.
Las lágrimas corrían por su rostro, calientes y amargas. Se escondió en un baño, temblando incontrolablemente. El eco de sus palabras, la imagen de sus cuerpos, la traición. Todo se arremolinaba en su mente, un veneno que le quemaba el alma.
El amor de su vida. Su salvador. Su futuro esposo.
Un mentiroso. Un monstruo.
En ese momento, acurrucada en el suelo frío del baño, Sofía supo que todo había terminado.
No habría boda.
No habría futuro.
Solo un adiós silencioso.
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