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Portada de la novela LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA.

LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA.

Después de un matrimonio de quince años que terminó en un doloroso divorcio, Rebecca siente que el amor es algo del pasado. Todo cambia al conocer a Arturo, el heredero de un gran imperio con fama de conquistador y una actitud prepotente. A pesar de sus diferencias y las heridas que ambos cargan, surge un vínculo que los obliga a cuestionar su presente. Deberán decidir si arriesgan todo por esta pasión o si se refugian en la soledad que ya conocen.
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Capítulo 2

Londres, 1 año y medio después.

—Hola Rebecca, buenos días..

—Buenos días, Martha ¿Qué tal tu fin de semana?

—Excelente ¿Qué tal el tuyo? ¿Cuéntame cómo te fue con el hombre aquel, el de la cafetería?

—Pues... Bien, no salí con él, me incomoda su presencia y no me inspira confianza.

—Hay amiga, si sigues así vas a quedar en sequía total. Ya deja de pensar en Edward, sé que es por él que no te decides, aún lo piensas, ya ha pasado más de un año, deberías darte la oportunidad de conocer otros hombres. Te lo mereces.

Rebecca tenía 21 años cuando conoció a Edward Smith un atractivo hombre, que se cruzó en su camino por casualidad justo en la misma cafetería cerca de su universidad, esa donde ella acostumbraba a tomar su café mañanero de todos los días.

Cursaba el último año de administración cuando lo conoció, él siempre ocupaba el mismo lugar junto a una ventana con su portafolios a un lado y una tableta en la mano.

Recordó esa mañana en que por accidente la tropezó y le derramó su café, el único café que se pudo permitir esa mañana.

El hombre llamaba mucho la atención, era de buen parecer, bonitos ojos y una seductora voz.

Ella solo anhelaba no volvérselo a encontrar, pero de tanto frecuentar el mismo lugar no supo en qué momento se habían vuelto amigos, tanto que en un cerrar y abrir de ojos la amistad pasó a una relación, al poco tiempo ya tenía un anillo en su dedo y una boda en camino.

Rebecca no estaba emocionalmente en condiciones de una nueva relación, su corazón estaba muy herido por la manera como Edward la abandonó. Después del divorcio tomó la decisión de buscar un empleo, tenía muchos gastos que cubrir.

Buscar trabajo no fue tarea fácil, su edad era el primer impedimento, en casi todos los lugares en donde se presentó le hacían ver que era muy mayor para ocupar un cargo que era apropiado para una mujer más joven, “pero si tan solo tengo 38 años”, se decía. Aparte de eso el hecho de que tenía 15 años de no ser subordinada de otros tampoco le ayudaba mucho.

Se atrevió a presentarse en la constructora F&L Constructores, no sabía si la aceptarían, pero igual lo intentaría, era el último cartucho que quedaba por quemar antes de darse por vencida, pero para su gran sorpresa la selección fue casi que de inmediato, la experiencia y madurez que adquirió a lo largo de los años que duró su negocio hizo que lograra ser contratada como la asistente del arquitecto Maximiliano Franco, presidente y dueño de la constructora.

El hombre era un italiano de 68 años, muy bien conservado y muy guapo, de ojos azules, con un perfil como los dioses, alto, con porte de caballero en todo momento.

Rebecca fue contratada como su asistente personal, entre sus deberes estaba el mantener la agenda actualizada, los contratos al día, estar pendiente de las reuniones, congresos, entrevistas con posibles socios e ingenieros, salidas a campo, entre otras tareas un tanto personales.

Siempre mantuvo una excelente relación con su jefe, lo apreciaba mucho ya que estaba muy agradecida por haberle dado la oportunidad de trabajar, cuando otros le habían cerrado la puerta. Él la trataba como a una hija y ella como a un padre.

—¿Buenos días, señoritas qué tal su día? —saludó el hombre.

—Excelente señor ¿Y usted cómo está? ¿Pasó a ver a su médico? —preguntó.

—Sí hija, estuve el fin de semana con él en su consultorio. Me recomendó reposo, así que debes ayudarme a dejar todo listo, porque este viernes mi hijo tomará las riendas de la empresa y tú serás su asistente, así que, por favor, te pido que le ayudes.

—Claro que sí señor, será con el mayor de los gustos.

Todos salieron a sus lugares, Martha se ubicó en la recepción, mientras don Maximiliano, Amber y Rebecca subían por el ascensor hasta el piso donde estaban las oficinas de presidencia y las de ingeniería estructural, área dirigida por su hijo Arturo Franco.

Arturo también era un italiano de 45 años, arquitecto, soltero, de cabello rubio oscuro, ojos azules, con un cuerpo atlético y músculos marcados, alto, varonil, inteligente, emprendedor, pero todo un arrogante, engreído y mujeriego.

Estuvo a punto de casarse con la hija de su padrino Otto Musspegui, pero lo engañó fugándose con su mejor amigo Antonio D' Lucca. Desde ese momento Arturo no cree en el amor, para él dinero y sexo es lo que las mujeres quieren y él no perderá el tiempo enamorando.

Al llegar al piso salieron con una amena conversación sobre el fin de semana y los preparativos para la despedida de don Maximiliano y la bienvenida del nuevo presidente.

Después de una mañana intensa entre trabajo y reuniones, recibió una llamada de su madre que la dejó desecha, casi al borde del llanto llegó al baño en donde se derrumbó.

Rebecca casi que, a diario, se lamentaba de su miserable vida, esa que empezó a llevar desde que Edward la abandonó, no entendía qué había hecho mal para que le pagara de esa manera, así que las malas noticias que ahora recibía solo sumaban más peso a sus desgracias.

Rebecca era hija única de un feliz matrimonio entre Aurora Macera y Louis Griffin, empleado de un prestigioso banco de la ciudad.

Su padre falleció cuando tenía 12 años, fue en un accidente de auto, el conductor de un camión de carga tuvo un micro sueño ocasionando que se saliera de su carril y le embistiera, su muerte fue rápida.

Aurora siempre mantuvo una Boutique, pero después de la muerte de su padre se sintió tan desolada que se perdió en su propio dolor, los médicos decían que era un mecanismo de defensa por la tragedia vivida, pero a veces pensaba que ella exageraba.

Por su situación emocional no pudo mantener el negocio y casi lo pierde. Los compromisos y las deudas se acumularon que el poco dinero que entraba era para sobrevivir. No sabía hacer negocios y la única solución viable fue recurrir a préstamos con usureros para poder pagar los compromisos acumulados y los nuevos adquiridos.

Con mucho esfuerzo, Rebecca terminó sus estudios en una universidad pública, con el dinero que su padre le había dejado en un fideicomiso. Con esfuerzo logró graduarse con honores, aunque la situación familiar no le permitió seguir. Aurora cada día se hace más compromisos y era ella quien los pagaba, razón por la que no pudo mantener el negocio y los compromisos de su madre.

Después de calmarse se levantó del piso del baño, lavó su cara y miró su reflejo en el espejo —no lloraré más.

Salió del baño y se dirigió a la oficina de su jefe, tocó un par de veces hasta que escuchó el "pase", cerró la puerta tras sí y pidió disculpas por la intromisión.

Aún sus ojos estaban nublados por las lágrimas que no se percató del hombre sentado en una de las sillas frente al escritorio de don Maximiliano.

—Señor... yo... necesito ausentarme el resto de la tarde. ¿Podría por favor permitirme estas horas para atender un asunto personal? —solicitó con la voz quebrada.

Inmediatamente don Maximiliano notó que en sus ojos había rastros de lágrimas, conocía muy bien a su asistente, tenía ya 6 meses de estar trabajando para él, por lo que no le fue difícil notar en su voz las secuelas del llanto, así que le concedió el permiso solicitado.

—Claro que sí hija, ve sin ningún problema, es más, voy a llamar a Alfred para que te lleve en el carro y así puedas atender a tiempo tu asunto —acotó el mayor con una cálida sonrisa.

Rebecca al escuchar el ofrecimiento de su jefe, abrió mucho los ojos en asombro.

—No es necesario señor, ya está haciendo mucho con darme la tarde —respondió despidiéndose del mayor.

Las palabras del presidente hicieron que el visitante dirigiera su vista hacia la mujer parada a su lado, su corazón dio un brinco y su cuerpo reaccionó ante la mujer junto a él. Le pareció aún más hermosa, de lo que ya era, pero muy simple y común para su gusto.

Rebecca y Arturo no era que mantuvieran una relación muy cordial, pese a que el hombre despertaba un deseo indescifrable en ella y le pareciese mandado a hacer en el mismo olimpo, su comportamiento no mostraba ser el del hijo de un hombre noble, amable, caballeroso y respetuoso como don Maximiliano, Arturo era un arrogante y engreído.

En cambio, para Arturo Rebecca despertaba un instinto muy primitivo por poseerla, la mujer le parecía bellísima, sus curvas lo provocaban, su silueta lo ponía, anhelaba estar entre sus piernas envolviéndose en el calor de su cuerpo, se sentía invadido por un extraño deseo por descubrir lo que había detrás se era cara de chica buena y bajo ese elegante uniforme.

La tensión sexual entre ambos era palpable.

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