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Portada de la novela LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA.

LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA.

Después de un matrimonio de quince años que terminó en un doloroso divorcio, Rebecca siente que el amor es algo del pasado. Todo cambia al conocer a Arturo, el heredero de un gran imperio con fama de conquistador y una actitud prepotente. A pesar de sus diferencias y las heridas que ambos cargan, surge un vínculo que los obliga a cuestionar su presente. Deberán decidir si arriesgan todo por esta pasión o si se refugian en la soledad que ya conocen.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente Rebecca llegó más temprano que todos los días, un lujoso auto la dejó en la entrada del edificio, situación que no pasó desapercibida para el hombre que la observaba en la recepción del edificio.

En el rostro de Rebecca se evidenciaba el cansancio de la larga noche, la cual trató de disimular con un buen maquillaje, pero para los empleados que a esa hora ya llegaban a la constructora, la situación no pasó desapercibida.

Entró al ascensor con la mirada gacha junto al resto del personal y se ubicó en una esquina, entró sin percatarse de la presencia del hombre que la observaba desde el otro extremo.

Aún se sentía tan perturbada e intranquila por lo acontecido el día anterior, que recurrió a cerrar sus ojos y recostar su cabeza en la pared metálica a su espalda. La caja siguió avanzando y parando en cada piso dejando a sus compañeros en ellos, creyó sentirse completamente sola para arrojar un fuerte suspiro que más bien pareció un sollozo, pero no se lo permitió y tragó fuerte el nudo que se atoró en su garganta.

Pasaron unos cuantos segundos cuando un carraspeo de garganta la hizo abrir los ojos de golpe y acomodarse en su sitio, la voz de su inimaginable acompañante la hizo girar a verlo.

—Veo que pudo resolver su "asunto" de ayer por la tarde, es más, creería que la dejo muy satisfecha, porque, por más que se esmeró —dijo señalando su cuerpo de arriba abajo— se nota que le hizo pasar una muy buena noche.

Rebecca lo miro llena de ira por las insinuantes palabras, respiró profundo un par de veces antes de contestar y aclaró su voz para no sonar dolida.

—No recuerdo haberle informado mi situación, pero noto su interés en saber más de lo debido, señor Franco.

Arturo lanzó una sonora carcajada, y se le acercó demasiado, tanto que la atrapó entre su cuerpo y las paredes del elevador.

Rebecca arrojó un jadeo involuntario por la sorpresa del atrevimiento y hasta quizás se sonrojó por el acercamiento del futuro heredero.

Al hombre no le pasó desapercibido tal suceso que sintió su cuerpo reaccionar ante la cercanía de la mujer.

—No se crea tan importante señorita Griffin —dijo a escasos centímetros de su boca—. Usted no es alguien de mi interés, es más, creo que no es ni un tanto suficiente para alguien como yo. —concluyó sintiendo el embriagador aroma a rosas y ámbar.

El cuerpo del Arturo siguió reaccionando a la proximidad de Rebecca, tanto que se le aceleró el corazón y un escalofrío le recorrió por completo, concentrándose en su entrepierna.

El fresco y mentolado aliento del hombre la mareó, pero se recuperó y se removió tratando de alejarse de su cuerpo. Se enderezó y lo miró de forma desafiante, ese hombre la acababa de insultar tratándola de mujer fácil al decir que pasó una muy buena noche y rebajándola tanto al no considerarla importante y suficiente para un hombre en su posición.

—¿Alguien como usted? —dijo levantando una ceja y alejándose un poco más.

—Sabe que sí —afirmó sintiéndose valiente—. Soy mucho más que "suficiente" para alguien como usted, que, por su arrogante comportamiento considero que no es capaz de estar a mi altura. Que tenga un buen día señor Franco.

Rebecca escupió las palabras en el preciso momento en que las puertas del ascensor se abrían y salió sin esperar respuesta del sujeto que la irritó e hirió más de lo que ya estaba.

El heredero permaneció más de lo debido en el ascensor resoplando de la rabia. Esa mujer lo perturbaba de maneras inimaginables, sentía un deseo descontrolado por besarla, por tenerla, pero a la vez sentía una leve molestia por su presencia.

Arturo respiró profundo varias veces intentando controlar tanto su malhumor como la incomodidad sentida en su entrepierna, no podía negar que la mujer lo ponía. Se maldijo a sí mismo por ser tan débil a su cercanía.

Unos minutos después salió directo hacia su oficina, al lado contrario de las de presidencia. Pasó de largo entre sus empleados que a ninguno de ellos les pareció extraño que su jefe llegara nuevamente con un humor de perros.

Al llegar entró azotando la puerta de un solo empujón. Su amigo Bruno Rossi ya se encontraba en el interior esperándolo como todos los días, pero este notó de inmediato su mal humor.

Eran amigos desde la infancia, un italiano muy guapo, con porte y elegancia al andar. Fueron compañeros en la colegiatura, pero, aunque estudiaron en la misma universidad, sus destinos se separaron cuando cada uno eligió su propia profesión.

Bruno se decidió por la ingeniería y se especializó en diseño estructural, mientras Arturo se profesionalizó en arquitectura como su padre, especializándose en administración, pues su deseo era seguir con el legado.

—¿Qué sucedió? Parece que hubieses comido alacranes —le dijo en tono burlón.

—Nada, solo que la tonta de Griffin me mandó a la mierda una vez más y de la manera más sutil. —Las carcajadas de Bruno no se hicieron esperar.

—A este ritmo creo que voy a ir a tu funeral antes de tiempo. Ya deja a la mujer en paz hombre. Acepta que ella no te va a dar ni la hora. Es más, creo que si te ve con intenciones de arrojarte al precipicio te alentará para que saltes más rápido o de pronto hasta te da el empujoncito —afirmó atorándose de risa.

Arturo le miró molesto, pero al final terminó cediendo y riendo también por lo mal que le estaba yendo con la mujer. Ambos hombres después de reír y disfrutar del mal momento decidieron zanjar el tema e iniciar con los retoques de los planos y diseños del nuevo proyecto para un cliente mexicano.

Por otro lado, en las oficinas de presidencia se encontraba una Rebecca sintiéndose contrariada entre haber hecho bien o mal. Primero por haber descargado su rabia con el hombre, pero a la vez culpable por haberlo ofendido, pero “él se lo buscó” se dijo para sentirse mejor.

Le atormentaba que ese fuera un motivo para que él solicitara su despido o quizás para iniciar una guerra sin sentido, pero lo único reconfortante en todo era que siempre le iba a dejar en claro que ella no era como las mujeres con las que él está acostumbrado a tratar.

Dejó los pensamientos hacia Arturo de lado y se dedicó a continuar con su trabajo, hasta que las palabras de su jefe la hicieron voltear a verlo.

—Buenos días mi niña ¿Cómo terminó de ir tu día ayer?

Ella lo miró sin ocultar su tristeza y en sus ojos se acumularon las lágrimas que no dieron espera para rodar por sus mejillas. Abrió su boca para hablar, pero el sollozo que se había atorado en su garganta desde que llegó en la mañana se abrió paso dando así inicio a un llanto inconsolable.

El mayor no tuvo la menor duda en tomarla entre sus brazos y consolarla, por lo que la instó para que entrara en su oficina y tras cerrada la puerta con seguro le pidió que le contara lo sucedido.

Rebecca no tardó mucho en recobrar la compostura y entre hipidos le narró lo sucedido con su madre la tarde anterior. Contó con lujo de detalles cómo ella firmó sin leer pagarés de una deuda que había adquirido del señor Ricardo Rubessco, un conocido usurero del bajo mundo.

El hombre era tan despreciable que hacía préstamos a personas con dificultades para pagar. Las sumas eran algunas veces exorbitantes que muchos no lograban cumplir con los plazos y terminaban perdiendo propiedades y bienes.

Rebecca no sabía cómo Aurora había adquirido una nueva deuda que, hasta la fecha, no había podido pagar. El hombre le había pedido a la mujer entregarle a su hija, pues estaba tan obsesionado con ella que buscaba la manera de poder ganarla.

La madre no accedió a tal bajeza, pues ya Rebecca era una mujer adulta y no aceptaría por ningún motivo a su pedido. El viejo se mantuvo en su posición y destrozó parte del lugar obligando a Aurora a tener todo el dinero para finales de mes o la bella mano de su preciosa hija, de lo contrario ni casa, ni negocio ni nada por lo que luchar.

Esos eran los motivo por los que Rebecca asistió al encuentro con el usurero y aceptó pagar el compromiso de su madre, pero viendo que la suma era exorbitante, solicitó 6 meses de plazo para pagar todo el total, plazo que el viejo negó, pero al final aceptó, porque era eso o la posibilidad de no poder tener de ninguna manera a la castaña mujer.

Ahora era Rebecca quien firmaba un nuevo acuerdo en el que comprometía el 80% de su sueldo para cubrir el monto acordado en el tiempo estipulado.

Don Maximiliano escuchaba anonadado la narración, pero su mente asimilaba la obstinada obsesión del hombre por acabar con los sueños y esperanzas de su asistente, quien desde que llegó se ganó, no solo su cariño sino también su viejo corazón.

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