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Portada de la novela Juegos del corazón

Juegos del corazón

Blanca es una talentosa diseñadora gráfica cuya vida da un vuelco al reencontrarse con Javier, una figura clave de su pasado. Aunque la chispa entre ambos persiste, el camino hacia el amor está lleno de obstáculos: ella lucha contra sus miedos internos y él no logra expresar sus verdaderos sentimientos. Esta narrativa sobre segundas oportunidades muestra cómo el destino intenta unir de nuevo a dos personas marcadas por la duda y una conexión innegable.
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Capítulo 2

(Narrador Omnisciente)

En el primer día de clases en el prestigioso colegio al que ambas han inscrito a sus hijos, Ana y Marta se encuentran en el bullicioso patio lleno de niños emocionados y padres expectantes. Aunque han pasado muchos años desde que compartieron juegos en la infancia, la conexión es instantánea cuando sus miradas se cruzan entre la multitud.

Entre risas y abrazos, Ana y Marta se saludan efusivamente, compartiendo la alegría de ver a viejas amigas después de tanto tiempo. La emoción crece aún más cuando descubren que ambos han decidido inscribir a sus hijos en el mismo colegio.

Durante la charla animada sobre sus respectivas vidas, surgen detalles que no se conocían. Marta menciona que se mudó a una nueva casa hace un mes, y Ana, sorprendida, revela que también se mudó recientemente. Las dos intercambian direcciones y, para su asombro, descubren que no solo comparten el mismo colegio para sus hijos, ¡sino que también son vecinas desde hace un mes!

La revelación llena de sorpresa y alegría hace que ambas amigas se den cuenta de la casualidad maravillosa que ha vuelto a unirlas. Comparten risas cómplices sobre la coincidencia mientras caminan juntas hacia el edificio del colegio, listas para embarcarse en esta nueva etapa de la vida no solo como compañeras de clases, sino también como vecinas que comparten un capítulo emocionante de sus vidas y la de sus hijos.

(Blanca)

Soy Blanca, según mis conocidos, con mi encanto distintivo, irradio una presencia serena y a la vez vibrante. Mis ojos, quizás de un tono suave y expresivo, reflejan curiosidad y determinación. La elegancia natural se manifiesta en tus gestos, con una postura grácil que denota confianza.

Mi cabello, ya sea rizado y rebosante de vitalidad o liso y pulido, es un marco perfecto para mi rostro. Mi sonrisa, mi rasgo más distintivo, ilumina mis facciones, transmitiendo calidez y amabilidad a quienes me rodean. Mis labios, quizás de un tono natural, son la puerta de entrada a historias y risas compartidas.

En cuanto a mi estilo, puede ser una expresión única de mi personalidad. Ya sea que me  incline hacia lo clásico y atemporal o hacia lo moderno y vanguardista, mi elección de vestimenta seguramente refleja mi gusto refinado. La elegancia sutil se fusiona con la comodidad en cada detalle, creando un conjunto que es tan auténtico como versátil.

Mi voz, dulce y resonante, lleva consigo la calidez de mis palabras. Esa mezcla de serenidad y vitalidad en mi tono hace que mis conversaciones sean envolventes y agradables, creando un ambiente acogedor a tu alrededor.

En resumen, según los que me conocen, soy una mezcla única de gracia, amabilidad y autenticidad. Mi presencia ilumina cualquier espacio, y mi personalidad deja una huella duradera en aquellos que tienen el privilegio de conocerme.

Mis padres son Marcos Bustamante  y Ana Gavilán  quienes son mi modelo a seguir, siempre he visto ese amor entre ellos , la comunicación efectiva que caracteriza su relación como ponen en práctica en nuestra unida familia.  Además de su amistad con Fabio Agramonte y Marta Gil, pues a lo largo de los años, han tejido una red sólida de conexión y apoyo mutuo, superando las diferencias inherentes a sus respectivas dinámicas familiares. Desde que tengo 9 años he visto la dinámica entre mis padres y ellos, quienes son los padres de Vanessa, Javier y Camila. 

Pues les cuento...

Javier, con mi misma edad, era el líder natural de nuestras travesuras infantiles. Dotado de una energía inagotable y una imaginación desbordante, siempre encontraba la manera de convertir los momentos más simples en aventuras emocionantes. Su risa contagiosa era el eco de nuestras jornadas de juegos, y su ingenio innato nos guiaba hacia mundos imaginarios donde todo era posible.

Vanessa, con un año más que nosotros, era la voz de la razón y la hermana mayor de Javier que aportaba una dosis de sensatez a nuestras locuras. Siempre dispuesta a participar en nuestras hazañas, también ejercía como protectora y confidente. Su madurez añadía una dimensión equilibrada a nuestras interacciones, y su complicidad con Javier se traducía en momentos de risas cómplices y complicidad fraternal.

Camila, la hermana menor de Javier, agregaba una chispa de ternura a nuestro grupo. A pesar de la diferencia de edad, se sumaba a nuestros juegos con entusiasmo, demostrando una curiosidad y vitalidad contagiosas. Su presencia nos recordaba la diversidad de edades en nuestra pequeña pandilla, creando una dinámica única llena de aprendizaje mutuo.

Mi hermano Tobías, tres años menor que yo, aportaba su propia perspectiva a nuestras travesuras. Aunque quizás no siempre podía seguirnos en cada aventura, su energía y entusiasmo eran igualmente valiosos. La diferencia de edades se diluía cuando encontrábamos actividades que involucraban a todos, creando un lazo especial entre nosotros.

Los juegos infantiles con Javier, Vanesa, Camila y mi hermano Tobias eran auténticos festivales de alegría y creatividad. Nuestros días se llenaban de risas y energía desbordante mientras explorábamos juntos el fascinante mundo de la infancia.

En el cálido verano, construíamos fortalezas improvisadas en el jardín, utilizando sábanas y cojines como nuestras principales herramientas de construcción. Aquellas estructuras efímeras se convertían en nuestros castillos secretos, donde compartíamos historias imaginarias y planeábamos nuestras próximas aventuras.

Los juegos de escondite en el atardecer eran un clásico infaltable. Nos sumergíamos en el juego con risas contenidas, buscando los escondites más ingeniosos y escapando con destreza para evitar ser descubiertos. Cada rincón del vecindario se convertía en nuestro campo de juegos, y las risas resonaban entre las casas mientras la competencia amistosa se intensificaba.

Las tardes de lluvia no eran impedimento para la diversión. Nos aventurábamos a jugar a las damas chinas o a montar puzles en el suelo de la sala, aprovechando cada oportunidad para compartir travesuras y secretos de niños.

Los fines de semana eran la ocasión perfecta para nuestras expediciones en bicicleta por el vecindario. Recorríamos las calles con risas alegres, creando historias inventadas sobre los lugares que explorábamos. Cada esquina se volvía un escenario nuevo para nuestras imaginativas hazañas.

Estos juegos infantiles no solo fortalecieron nuestros lazos como amigos, sino que también dejaron grabados recuerdos imborrables en el rincón más tierno de mi infancia. La complicidad y la camaradería entre Javier, Vanesa, Camila, Tobías y yo se transformaron en los cimientos de una amistad duradera que trascendió los años y las estaciones, hasta el momento aquel

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