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Portada de la novela Humanamente tuya

Humanamente tuya

Selena busca el anonimato universitario para olvidar su pasado, pero su destino cambia al conocer a los trillizos Blackwell, influyentes hombres lobo. Aunque el Alfa identifica a la joven como su compañera, decide rechazarla por su condición humana. Sin embargo, un asalto brutal obliga a una mordida desesperada que revela el secreto oculto en la sangre de Selena. Entre rivalidades, celos y conflictos, ella decidirá si perdona al Alfa o elige su propia libertad.
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Capítulo 2

La música hacía vibrar el suelo como un segundo pulso. En el salón común de la residencia donde habían hecho la fiesta, las luces colgantes lanzaban destellos cálidos sobre los vasos de plástico que portaba cada quien. El sonido de la música, las risas y los cuerpos se movían fuera de ritmo. Selena se había quedado cerca de la pared, con la espalda tocando los ladrillos, una limonada sin alcohol entre las manos y la certeza de que se iría antes de la medianoche.

- No tienes que quedarte si no quieres  -dijo Daniela, su compañera de cuarto, gritándole por encima del reguetón-. Pero prometiste al menos un rato.

-Un rato -repitió Selena, y sonrió para que Daniela dejara de preocuparse. 

Intentó concentrarse en los detalles que le daban calma: las guirnaldas de papel, la mesa de snacks, el chico que hacía un show de baile. 

Hasta que el aire cambió.

Fue una sensación leve, pero precisa, como cuando entra la brisa al abrir una ventana en una habitación que lleva tiempo cerrada. Un olor extraño se sintió en el salón y cortó el aroma dulce de las bebidas. Algunos giraron en esa dirección por puro instinto. La música siguió sonando, pero el sonido de las voces se detuvo.

Entraron juntos. 

Eran los trillizos Blackwell atravesando la puerta. Cada uno llevaba una chica tomada del brazo, y aún así parecían ir solos. 

-Genial -murmuró Daniela, y su entusiasmo se mezcló con un suspiro-. Ahora sí comenzó la fiesta.

Selena trató de hacerse más pequeña para que no la vieran. Se llevó el vaso a los labios sin beber.

Entonces sucedió.

Adrián, que estaba inclinando, escuchando a alguien decirle algo al oído, se detuvo. Apenas un paso, pero suficiente para tensar la línea de sus hombros. Luciano giró la cabeza un poco, como un animal que capta un ligero movimiento. Elías parpadeó una vez, lentamente, y su mirada subió  por encima de la gente, como si buscara algo en el firmamento.

Les llegó el aroma a vainilla.

Selena no sabía que ella olía  así. Pero en un segundo, en la nariz de ellos, su presencia tuvo un nombre. Y los tres, al mismo tiempo, voltearon hacia donde ella estaba. 

Los presentes se apartaron y alguien la rozó con el codo. El vaso de Selena chocó contra la pared y la limonada le salpicó las manos. Se quedó inmóvil con el corazón golpeando su pecho.

-No te vayas a desmayar -le dijo Daniela, en broma.

Luciano fue el primero en acercarse, arrastrando a su acompañante de manera descuidada. Saludó a los que vio a su paso de una manera particular. Elías lo siguió un poco más atrás, con pasos silenciosos y firmes. Adrián quedó al centro, mientras todos se apartaban.

-¿Quieres irte? -le preguntó Daniela, bastante seria.

Selena negó con la cabeza, mientras su voz temblando dijo.

-Me siento bien.

Los trillizos llegaron hasta la mesa, muy cerca de Selena. Luciano soltó a su pareja y tomó una galleta. Adrián alzó la vista y la miró.

Selena sintió que su estómago se movía y que el mundo se volvía distante. Hubo un segundo en que pensó que se acercarían, que dirían algo.

Luciano llegó primero.

-No muerdo. Bueno, a veces -soltó en medio de una carcajada.

La chica que ya estaba de su mano de vuelta lo soltó con cara de fastidio. Pero la atención de él estaba con Selena desde que llegó.

-¿Cómo te llamas? -preguntó sin invadir su espacio.

-Selena -dijo ella.

-Luciano. Ese es Elías -señaló con la barbilla-. Y el que finge que no nos mira es Adrián.

Selena no pudo evitar mirarlo, y él también la estaba mirando. 

-¿Quieres beber algo? -intervino Elías.

-No, gracias -respondió apretando el vaso vacío.

-No estás bien -afirmó Luciano-. Tus manos tiemblan.

Selena dejó el vaso sobre la mesa.

Adrián caminó y se detuvo al lado de Selena. Ella sintió un cosquilleo en la nuca, la misma electricidad de la clase de literatura, pero más intensa. Le dio sed.

-Hola -saludó él.

Selena se quedó muda y Daniela se interpuso para ayudarla.

-Somos de primer semestre. Selena estudia Letras y yo Arquitectura.  

-Muy interesante -comentó Elías con honestidad viendo a Daniela y dedicándole una sonrisa. 

Adrián no apartó los ojos de Selena. 

-Huele a... empezó a decir Adrián.

Luciano rió, un poco.

-Vainilla.

Selena tragó grueso, su perfume era de lo más barato. Lo vendían en el supermercado. Sabía que lo olía a vainilla; sin embargo, dudó.

-Baila conmigo -le pidió Luciano.

-No -respondió Selena.

Luciano arqueó la ceja encantado.

-Me gusta.

-Déjala -exigió Elías.

Luciano respondió con una mueca dando un paso atrás. 

-Solo quería ser amable con ella.

Adrián no sonrió, giró la cabeza como si escuchara algo que nadie más escuchaba. Un segundo después, hubo un vacío.

La conocía.

La conocía de otro modo que no podía explicar.

-No -negó Adrián con la cabeza.

Luciano lo miró de reojo riendo. Elías desvió la atención hacia la puerta, atento a algo que se aproximaba.

-No deberías estar aquí -le dijo por fin.

Selena parpadeó, sin comprender.

-No deberías estar con nosotros.

No en tono de amenaza, sino como una advertencia.

-Selena respondió sin miedos.

-No estoy con ustedes -corrigió-. Estoy en mi pared.

Luciano quiso aplaudir, estaba encantado con Selena. Elías miró a Adrián esperando que eligiera sus palabras con cuidado. Adrián inspiró y dejó ver su debilidad hacia ella.

-Vámonos -dijo mirando a sus hermanos.

-¿Nos llevamos su pared? -preguntó Luciano, burlándose.

-Luciano -advirtió Elías.

Adrián se dio la vuelta sin responder, avanzaron y se fueron del lugar.

-¿Estás bien? -explotó la curiosidad de Daniela, quien se había distraído con un chico de su clase.

-Sí -apenas alcanzó a decir.

La música subió y todos siguieron bailando. 

No entendía lo que había pasado. Solo sabía que cuando volviera a verlo, otra vez, el mundo parecería inclinarse ante él.

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