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Portada de la novela Hombres condenados

Hombres condenados

Tres combatientes marcados por el tormento atraviesan tierras plagadas de entidades demoníacas, anhelando purgar sus pecados. Ante la inminente guerra contra la oscuridad, surgen unas misteriosas mujeres decididas a adueñarse de sus espíritus. En una atmósfera de terror y aventura, estos guerreros enfrentarán el veredicto de quienes buscan su perdición, luchando por sus vidas y su salvación antes de que el enfrentamiento final decida el destino de todos.
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Capítulo 2

Trescientos años después, San Petersburgo-Rusia…

Yelena se apretujó en su gruesa parka, que llevaba abierta para tener rápido acceso al cuchillo de carnicero que escondía dentro de ella.

Caminó por premura a través de las cicatrices de una ciudad que había tenido que resurgir de sus cenizas muchas veces, sin permitir que sus cúpulas doradas dejaran de brillar y se perdieran los majestuosos vestigios obsequiados por la época del esplendor zarista.

El instinto de supervivencia de los humanos no se rendía, ni siquiera, en sus peores momentos. Ella era un ejemplo de eso.

Avanzó por las húmedas calles evitando las sombras y los sucios montículos de nieve. La gente que pasaba por su lado parecía no verla, todos se apresuraban por llegar a sus casas.

La noche a cada segundo se hacía más fría y vaticinaba la pronta llegada de otra nevada.

En una esquina, un bar solitario aún mantenía encendido el cartel de «Abierto», pero dentro solo se hallaba el copropietario dormitando en la oficina y dos cantineros tan aburridos, que uno de ellos jugueteaba con los palillos mondadientes mientras el otro miraba con angustia el noticiero:

«Varios países acusan a Estados Unidos de encubrir a Sudáfrica tras haber realizado una posible explosión nuclear en el Atlántico Sur, en conjunto con Israel. El hecho fue registrado por un satélite de observación como una señal de “doble flash”, característico de una prueba de armas nucleares.

Sin embargo, la explosión no puede ser corroborada debido a un fallo de los detectores del pulso electromagnético. Se presume que podría haber sido una señal electrónica falsa generada por un detector envejecido o un meteorito, mantener esas teorías evitarían una nueva y aireada discusión entre las potencias.

En caso contrario, quedaría en evidencia la posesión de armas nucleares por parte de Sudáfrica y rompería el “Acuerdo de Paz” firmado hace más de cien años, y reafirmado hace una década, entre los humanos y los demonios.

La posible explosión se realizó cerca de la isla Bouvet, un gélido islote ubicado en pleno Atlántico Sur a 2.600km de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, que es una de las zonas de contención donde fueron recluidos los demonios».

Por siglos, el hombre había aprendido la lección de no mezclarse con seres infernales o las consecuencias serían catastróficas para la raza humana.

Gracias a la alianza entre países y ejércitos, la humanidad había podido enfrentar la invasión demoniaca ocurrida trescientos años atrás, logrando reducir considerablemente la cantidad de demonios que habían escapado del infierno y aislando a los sobrevivientes en «zonas de contención», alejadas de las sociedades.

Luego de eso se pautó con ellos en un «Acuerdo de Paz» para no alterar la convivencia.

No obstante, la sed de poder era imposible erradicarla de la mente humana. Algunos líderes continuaban haciendo convenios con los demonios para obtener mayor fuerza y otros arremetían contra los seres infernales pensando que de esa forma eliminaban el posible apoyo de sus enemigos.

Pero los demonios no eran seres que respetaran acuerdos, ni entendían la diferencia entre países amigos o países enemigos, mucho menos, de bloques de aliados. Si recibían ataques, eran capaces de cobrárselas de la peor forma posible.

Ellos acometían contra los humanos en general, sin establecer diferencias. Por eso muchos gobiernos veían con terror esas provocaciones.

En San Petersburgo, el que no estaba preocupado por la pronta nevada, lo hacía por los nuevos vientos de guerra que soplaban, y no solo entre grandes potencias, sino posiblemente, entre humanos y demonios.

Pero Yelena no tenía cabeza para pensar en nada diferente a su conflicto personal. Necesitaba dinero, y rápido, y la única manera de obtenerlo era arriesgando su vida asesinando a seres infernales.

Terribles criaturas escaparon del infierno junto a los demonios trescientos años atrás, cuando los constantes ruegos de los humanos, por poder y sabiduría para ganar guerras y dominar territorios, rompieron el sello de las puertas del infierno. Aunque los demonios fueron dominados y aislados, esos monstruos fueron abandonados a su suerte.

Para los demonios eran como mascotas, pero para los humanos eran aberraciones peligrosas capaces de asesinar y destruir.

Acababan con los cultivos y con el ganado, y arremetían contra toda la fauna siendo capaces de atacar, incluso, a los propios humanos.

Las ciudades contaban con «equipos de control de engendros» para eliminarlos, por eso no era común hallarlos entre la población, sino ocultos en las afueras, ya fuera en lo más alto de las montañas, escondidos entre los bosques o en los pueblos apartados.

Para acabar con esos, los gobiernos recurrían a los cazadores. Esos sujetos eran como mercenarios que se habían especializado en perseguir y asesinar a demonios rebeldes. Sin embargo, cuando la necesidad apremiaba, se aventuraban a enfrentar a los seres infernales por dinero.

Con el tiempo, decidieron crear una especie de gremio que los agrupara para exigir ayudas logísticas y financieras a los gobiernos.

De esa forma podían ejercer su trabajo sin tanto riesgo. Pero había cazadores que trabajaban por su cuenta.

Atrapaban a especies que pudieran vender o intercambiar en el mercado negro, ya que sus pieles, sangre y huesos eran productos muy demandados y usados en la magia negra, o en la fabricación de alucinógenos ilegales.

Luego de que un ser infernal entrara en la ciudad después de devastar los campos de los alrededores y de que seis miembros de los equipos de control de engendros murieran tratando de emboscarlo en un barrio humilde, el gobernador de San Petersburgo decidió solicitar auxilio a los cazadores independientes.

Como tenían poco personal para los equipos de control y los cazadores del gremio habituaban solicitar recompensas muy exageradas para actuar dentro de la ciudad, él prefirió acudir a esos mercenarios para eliminar ese peligro.

Publicó una nota en un diario local ofreciendo una buena suma de dinero a cambio de la cabeza del animal.

Yelena vio aquello como una buena oportunidad. Justo en ese instante sufría por una nueva agresión de los demonios en su vida y necesitaba de dinero para librarse de su acoso. Por eso se armó de valor y salió al frío de la noche en busca del peligroso ser como una cazadora independiente.

Al llegar al barrio señalado en la nota de prensa donde había ocurrido la fallida emboscada, se apresuró por salir de la calle principal sumergiéndose entre callejones.

El animal que buscaba era un gnoll: un ser humanoide muy parecido a las hienas que poseía grandes colmillos y garras. La mayoría no superaba el metro y medio de estatura y solían vivir en manadas para cazar a sus presas.

Si alguno estaba en solitario, podía ser porque estaba perdido o había sido rechazado por los suyos. En ambos casos debía tratarse de un ser débil, por eso ella había decidido arriesgarse a pesar de ser una novata.

Se detuvo en una esquina y miró con recelo el estrecho y oscuro callejón franqueado por edificios ruinosos. Esa era la dirección registrada en la nota de prensa.

El lugar estaba desolado, ni siquiera las casas parecían habitadas. La joven había esperado encontrarse con varios cazadores por la jugosa recompensa que ofrecían, pero no divisó a nadie en los alrededores. Ella parecía ser la única que había acudido al llamado.

Su corazón empezó a palpitar con energía. Tenía miedo, aunque se esforzaba por ignorarlo, ya que este solía paralizarla cuando más necesitaba de acción.

Se aventuró a caminar por el centro de la callejuela para estar lejos de las sombras y así repasar con atención cada rincón, pero un fuerte ruido metálico, producido a su espalda, la hizo ahogar un grito y sacar su cuchillo del interior de la parka mientras se giraba.

Quedó inmóvil frente a un sujeto alto y delgado, vestido con un anorak gris y con la capucha cubriendo su cabeza.

Tenía una espada sostenida en su mano derecha. Él había saltado de una escalera de incendios.

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