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Portada de la novela Historia Después de Mi Muerte

Historia Después de Mi Muerte

Mientras mi vida se apaga en una fría cama de hospital, mi padrastro Ricardo y mi hermanastra Valentina esperan con ansias el final para apoderarse del patrimonio de mi madre. Desde un plano etéreo, observo cómo mi cuerpo sucumbe ante un tumor cerebral mientras ellos tachan mi agonía de farsa. Sin embargo, mi fallecimiento no detendrá la verdad: la donación de mis córneas será el instrumento de una justicia que expondrá su oscura ambición.
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Capítulo 2

El aire en la habitación era pesado, cargado con el olor a antiséptico y una tristeza que se pegaba a las paredes, a los muebles, a todo, mi alma flotaba cerca del techo, observando la escena con una impotencia helada, mi cuerpo, o lo que quedaba de él, yacía en la cama del hospital, pálido y quieto, conectado a máquinas que pitaban con una monotonía indiferente.

A un lado de la cama, mi padrastro, Ricardo, miraba su reloj con impaciencia, su rostro, normalmente tan calculador y sereno, ahora mostraba una evidente molestia, no por mi estado, sino por el tiempo que estaba perdiendo aquí.

"¿Cuánto más va a tardar esto?", le preguntó a una enfermera que pasaba, su voz era un susurro áspero, lleno de fastidio.

"Lo siento, señor, los médicos están haciendo todo lo posible", respondió la enfermera con una profesionalidad forzada.

Ricardo bufó y se pasó una mano por su cabello perfectamente peinado, su traje caro parecía fuera de lugar en la esterilidad del hospital.

Desde mi posición etérea, yo solo podía observar, gritar sin que nadie me oyera, quería decirle que no se preocupara, que pronto estaría libre de mí, que ya no sería un obstáculo en sus planes de quedarse con la fortuna de mi madre.

Entonces, la puerta se abrió y entró Valentina, su hija adoptiva, mi hermanastra, sus ojos, que siempre me habían mirado con una envidia mal disimulada, ahora estaban llenos de una falsa preocupación, corrió hacia Ricardo y lo abrazó, ignorando por completo mi cuerpo en la cama.

"Papi, ¿cómo estás? ¿Estás bien?", preguntó con una voz dulce y temblorosa.

Ricardo la rodeó con sus brazos, su expresión se suavizó al instante, toda la dureza de su rostro se desvaneció para ser reemplazada por una devoción absoluta.

"Estoy bien, mi amor, no te preocupes por mí", le dijo, acariciándole el cabello, "solo estoy cansado de esta situación, de ella".

Su mirada se desvió hacia mí por un segundo, y en sus ojos vi un desprecio tan profundo que me habría hecho temblar si todavía tuviera un cuerpo que pudiera sentir, para él, yo no era más que un problema, una carga que lo arrastraba y le impedía disfrutar de la vida con su adorada Valentina.

Yo, Sofía, su hijastra, la talentosa pintora que soñaba con exhibir sus obras, ahora era solo un bulto inerte en una cama de hospital, una molestia a punto de ser eliminada, y ellos, mi única familia, esperaban mi final con una frialdad que congelaba mi alma.

Mi alma sin cuerpo lloraba en silencio, observando cómo Ricardo consolaba a Valentina, asegurándole que todo estaría bien, que pronto todo volvería a la normalidad, una normalidad en la que yo ya no existiría.

Un médico entró en la habitación, su rostro era grave.

"Señor Ricardo, necesito hablar con usted", dijo el doctor Elías, su voz sonaba seria y profesional.

Ricardo se separó de Valentina, su expresión se volvió a endurecer.

"Dígame, doctor, ¿ya terminó todo?", preguntó con brusquedad.

El doctor Elías lo miró con una mezcla de sorpresa y desaprobación.

"Su hijastra, Sofía, está en un estado muy crítico, las próximas horas son decisivas", explicó el médico, enfatizando cada palabra, tratando de hacerle entender la gravedad de la situación.

Pero Ricardo no parecía escuchar, su mente estaba en otro lugar, con Valentina, con sus planes, con la herencia.

"Sí, sí, lo que sea", dijo agitando una mano con desdén, "lo importante es que mi hija Valentina está bien, ¿verdad? Su trasplante de córneas fue un éxito, ¿no es así?".

El doctor Elías frunció el ceño, confundido y alarmado por la actitud del hombre.

"Señor, la operación de Valentina está programada para mañana, pero ahora estamos hablando de la vida de Sofía", insistió el doctor.

Ricardo lo miró como si fuera un idiota.

"Mire, doctor, esa mujer", dijo señalando mi cuerpo con desprecio, "siempre ha sido una fuente de problemas, siempre buscando atención, siempre tratando de arruinar nuestra felicidad, estoy seguro de que esto es solo otro de sus dramas para llamar la atención".

Una ola de ira y dolor me recorrió, aunque ya no tenía un sistema nervioso que pudiera procesarlo, las palabras de Ricardo eran veneno puro, una distorsión tan cruel de la realidad que me dejaba sin aliento, o lo habría hecho.

Él creía que yo era una manipuladora, una carga, un obstáculo.

Él creía que yo era la villana de esta historia.

Él creía que mi sufrimiento era falso, una actuación.

"No, Ricardo, no...", susurré al vacío, mi voz un eco inaudible, "nunca quise ser un problema, solo quería pintar, solo quería que me quisieras un poco, que vieras más allá de tu ambición y tu odio".

Pero mis palabras se perdieron en el aire, rebotando contra las paredes de mi prisión invisible, Ricardo ya había vuelto su atención a Valentina, quien lo miraba con adoración, susurrando palabras de consuelo en su oído, los dos formaban una alianza perfecta de codicia y engaño, y yo era la víctima silenciosa de su conspiración.

Mi alma se encogió, la desesperación era un abismo sin fondo, estaba atrapada, obligada a ser testigo de mi propia desaparición, a escuchar las mentiras que construyeron para justificar su crueldad, este era mi final, un final solitario y malentendido, orquestado por las dos personas que deberían haberme protegido.

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