
Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
Capítulo 2
Don Ramón me miró fijamente, sus ojos eran dos pozos oscuros y profundos en un rostro lleno de arrugas, cada una contaba una historia que yo no quería escuchar.
Su pequeña tienda en el mercado de Sonora olía a hierbas secas, a cera de vela y a algo más, algo antiguo que se pegaba en la ropa.
"Ese amuleto que trae tu novio no es para la buena suerte, mija."
Su voz era rasposa, como si se hubiera tragado el polvo de los siglos.
Yo me reí, un poco nerviosa, apretando las correas de mi mochila donde llevaba mis bocetos, mi vida entera.
"Don Ramón, Ricardo no cree en esas cosas, es solo un regalo de su familia."
Él negó con la cabeza lentamente.
"Hay familias que regalan bendiciones y otras que regalan maldiciones, Ximena, el problema es que a veces se parecen mucho, ese amuleto no da suerte, la quita, la intercambia, ten mucho cuidado con quién consideras tu amigo y a quién le das tu corazón."
Sentí un escalofrío, a pesar del calor pegajoso de la Ciudad de México.
Últimamente, las cosas habían estado raras, mis lápices se rompían, mis telas se manchaban misteriosamente y a veces sentía una fatiga tan grande que no podía ni sostener una aguja, pero lo atribuí al estrés de la universidad, a la presión por mantener mi beca completa en la mejor escuela de diseño.
Salí de la tienda sin hacerle mucho caso, pero sus palabras se quedaron flotando en mi mente, como un mal presagio.
Esa noche, Don Ramón volvió a mi mente cuando me llamó, su voz sonaba urgente a través del teléfono.
"Ya empezó, ¿verdad? Sientes cómo se te va el talento, cómo se te apagan las ideas."
Le dije que estaba loco, que solo estaba cansada.
"Para revertirlo, tienes que hacer que la persona que te lo está haciendo se ponga el amuleto, pero solo funcionará si esa persona te considera de su familia, si te quiere de verdad."
Colgué el teléfono, mi corazón latía con fuerza.
¿Ricardo? ¿Mi Ricardo, el que conocía desde que éramos niños? ¿Y Sofía? Mi mejor amiga, mi hermana del alma, la que me animaba a seguir adelante.
Era imposible, Don Ramón era solo un viejo supersticioso.
No podía hacerles daño, no podía ni siquiera pensar en traicionar su confianza, ellos eran todo lo que tenía.
La semana siguiente fue la presentación final del semestre, la más importante, la que decidía si podíamos aplicar a la beca para estudiar en el extranjero, mi sueño.
Llegué al salón de actos y abrí mi portafolio.
Mi corazón se detuvo.
Mis diseños no estaban, en su lugar, había unos bocetos burdos, casi infantiles, y peor aún, al lado había una copia exacta de los diseños de una famosa diseñadora francesa.
Era plagio, un plagio descarado.
La directora de la escuela, la señora Elena, me miró con una decepción que me partió el alma.
"Ximena, no esperaba esto de ti."
Mientras me acusaban públicamente, vi a Sofía presentar sus diseños, unos diseños que yo reconocí al instante, eran míos, eran las ideas que le había contado emocionada hacía unas semanas, pero perfeccionados, con un toque de genialidad que yo misma sentía que había perdido últimamente.
Todos la aplaudían, Ricardo estaba a su lado, sonriéndole con orgullo.
Salí de allí corriendo, humillada, con las lágrimas cegándome.
Me escondí en un pasillo vacío, tratando de respirar, y entonces los escuché.
La voz de Sofía, llena de una alegría maliciosa.
"Funcionó, Ricardo, funcionó a la perfección, ¡nadie sospechó nada! El amuleto es increíble, siento todas sus ideas en mi cabeza, ¡soy un genio!"
Luego, la voz de Ricardo, mi Ricardo.
"Te lo dije, mi amor, con esto, tú tendrás la beca y yo te tendré a ti, sin que la sombra de la 'gran diseñadora' Ximena nos estorbe, ya era hora de que supiera cuál es su lugar."
Me quedé helada, el aire se me fue de los pulmones.
La traición era un sabor amargo en mi boca, peor que cualquier veneno.
No sentí tristeza, solo un frío glacial que se extendió desde mi pecho hasta la punta de mis dedos.
Ya no había ingenuidad, no había confianza, solo había una certeza: Don Ramón tenía razón.
Esa misma tarde, volví a la tienda del mercado, ya no era la misma chica asustada.
Mis ojos estaban secos, mi mandíbula apretada.
Le conté todo a Don Ramón.
Él solo asintió, como si lo hubiera sabido desde el principio.
"Para recuperar lo tuyo, tienes que darles una probada de su propia medicina, pero de una forma que no puedan rechazar."
Me explicó el ritual, era sencillo pero requería un sacrificio.
Tomó una pequeña navaja de obsidiana y, sin dudarlo, me hice un pequeño corte en la yema del dedo.
La sangre brotó, una gota roja y brillante.
Don Ramón la recogió en un pequeño dije de plata, idéntico al que Ricardo llevaba.
"Este ahora contiene una parte de tu esencia, pero está vacío, cuando se lo des, el amuleto original sentirá la llamada y querrá unirse, el intercambio se completará, pero esta vez, a tu favor."
Sostuve el dije en mi mano, se sentía frío.
Era mi única arma.
Salí de allí con un plan formándose en mi mente, un plan frío y calculado.
Llamé a Ricardo, mi voz sonaba rota, desesperada, la actuación de mi vida.
Le pedí que nos viéramos, que lo necesitaba.
Él aceptó, su voz llena de una falsa compasión que me revolvió el estómago.
La noche del encuentro, me puse mi vestido más sencillo, me despeiné un poco y me aseguré de que mis ojos estuvieran rojos e hinchados.
Cuando Ricardo me vio, su rostro mostró una mezcla de lástima y triunfo.
Me abrazó.
"Ximena, lo siento tanto, no sé qué te pasó."
Me aferré a él, temblando falsamente.
"Ricardo, me siento tan perdida, tú y Sofía son lo único que me queda, por favor, no me dejen sola."
Saqué el pequeño dije de plata de mi bolsillo.
"Mi abuela me dio esto, dijo que era para proteger a los que amas, yo... yo quiero que lo tengas tú, para que siempre estés a salvo."
Sus ojos brillaron, la vanidad ganando la batalla.
Se lo puse alrededor del cuello, mis dedos rozando el amuleto original que él llevaba, el que me había robado todo.
Sentí una pequeña descarga eléctrica, casi imperceptible.
Él no notó nada.
"Gracias, Xime, siempre cuidaré de ti."
Me sonrió, una sonrisa de depredador que ya no me engañaba.
Yo le devolví la sonrisa, pero la mía era una promesa silenciosa de venganza.
El juego había comenzado.
Y esta vez, yo ponía las reglas.
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