
Hechizo de Celos: Obsesión Fatal
Capítulo 3
Me senté frente a Ricardo en la cafetería de siempre, el lugar donde habíamos tenido tantas citas, tantos sueños compartidos.
Ahora todo se sentía como una mentira.
Mantenía la cabeza gacha, moviendo el azúcar de mi café con una cucharita, interpretando mi papel de víctima a la perfección.
"No sé qué voy a hacer, Ricardo, la escuela me suspendió la beca, me van a expulsar."
Él puso su mano sobre la mía, su toque ahora me daba asco.
"Tranquila, Xime, ya veremos cómo solucionarlo, Sofía y yo te ayudaremos."
Observé de reojo el dije de plata que le había dado, colgaba junto al amuleto original, el que le había dado su familia.
Vi cómo se lo tocaba inconscientemente, frunciendo el ceño por un segundo.
"¿Pasa algo?" pregunté, con falsa inocencia.
"No, nada, solo... sentí un poco de calor, debe ser el café."
Mentía, yo sabía que el intercambio estaba empezando, el amuleto falso estaba llamando a su gemelo, preparándose para reclamar lo que era mío.
Mi celular vibró sobre la mesa, un mensaje de un compañero de clase.
"¡Tienes que venir a la escuela! ¡Hay un escándalo enorme en el taller de diseño!"
Levanté la vista hacia Ricardo, mis ojos abiertos de par en par.
"¿Qué está pasando?"
Él se encogió de hombros, pero vi un destello de pánico en sus ojos.
Cuando llegamos a la universidad, el caos era total.
Un grupo de estudiantes y profesores rodeaba a Sofía, que estaba pálida y temblorosa.
La señora Elena, la directora, sostenía una tela estampada con furia.
"¡Sofía, este diseño de estampado es una copia exacta del portafolio de graduación de un exalumno! ¡Esto es un robo!"
Sofía balbuceaba, buscando a Ricardo con la mirada.
"Yo no... yo no lo hice, se lo juro."
La trampa que le habían tendido a Ricardo, el supuesto robo de un componente, se había magnificado.
El amuleto, ahora confundido por la presencia de mi dije, estaba empezando a causar estragos, mezclando el talento que me había robado con ideas ajenas, ideas plagiadas.
El plan original de Sofía era culpar a Ricardo de un pequeño robo para luego "perdonarlo" , haciéndose ver como una santa.
Pero esto era mucho más grande.
Entonces, Sofía hizo lo que mejor sabía hacer: desviar la culpa.
Sus ojos se posaron en mí y su rostro se transformó en una máscara de indignación.
"¡Fue ella!" gritó, señalándome. "¡Fue Ximena!"
Todos se giraron para mirarme.
Sentí el peso de sus miradas acusadoras.
"Desde que la acusaron de plagio, ha estado actuando de forma extraña, ¡seguro que fue ella quien le dio el diseño a Ricardo para arruinarme! ¡Está celosa de mi éxito!"
Ricardo, viendo una salida fácil, se unió al ataque.
"Es verdad," dijo, con voz temblorosa. "Ximena ha estado muy resentida, me pidió ayuda y yo... yo no supe qué hacer."
Era la escena más patética y cruel que había presenciado.
La directora Elena me miró, su rostro era una mezcla de decepción y severidad.
Sofía se acercó a mí, su voz un susurro venenoso que solo yo podía escuchar.
"Asúmelo, perdedora, es tu palabra contra la mía, y ahora mismo, yo soy la estrella, hazlo por Ricardo, no querrás que lo expulsen por tu culpa, ¿verdad?"
Me estaba chantajeando, usando mi supuesto amor por Ricardo en mi contra.
La señora Elena se dirigió a mí.
"Ximena, por el bien de la reputación de la escuela y para no arruinar la carrera de Ricardo, lo mejor es que asumas la responsabilidad, será una mancha en tu expediente, pero es mejor que una expulsión para él."
Me estaban sacrificando para salvar a los verdaderos culpables.
Sentí la bilis subir por mi garganta.
Pero entonces, vi algo que me dio una pequeña y oscura satisfacción.
Mientras Ricardo me miraba con falsa pena, su mano fue de nuevo al cuello, a los dijes.
Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, casi imperceptible para los demás.
El amuleto original estaba empezando a drenarle la energía, a confundirlo, a castigarlo.
Mi plan estaba funcionando.
Bajé la cabeza, fingiendo derrota.
"Está bien," susurré. "Fui yo."
Un suspiro de alivio colectivo llenó la sala.
Sofía me sonrió, una sonrisa triunfante y cruel.
Pero yo le devolví la mirada, y por un instante, dejé que viera el hielo en mis ojos.
Su sonrisa vaciló.
Acepté la humillación, pero sabía que era solo temporal.
Estaba plantando las semillas de su destrucción, y estaba dispuesta a esperar pacientemente para verlas crecer.
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