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Portada de la novela Habun, Amor árabe

Habun, Amor árabe

En una Afganistán dominada por la opresión masculina y un estricto control social, Afsana sobrevive bajo la rigurosa vigilancia de su familia. Su destino cambia drásticamente cuando Abdul, un influyente político talibán con un pasado violento, fija su atención en ella. Para forzar su unión, él propone cancelar las deudas familiares, dejándola atrapada en una red de poder. ¿Podrá Afsana huir de este hombre implacable que está decidido a poseerla?
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Capítulo 2

Se podría decir que no hay mayor pecado que nacer siendo una mujer, en la actualidad no éramos más que objetos sin voz, los hombres nos podían golpear, hacer cosas totalmente inhumanas con nosotras, y nosotras solo podíamos estar calladas, con la mirada baja y topando nuestro rostro para evitar despertar “la lujuria” en los hombres.

El casarse se había vuelto algo tan poco romántico, tanto que solo conocías al que iba a ser tu marido cuando todo lo de la boda estaba listo.

Suponía que el idiota al cual mi padre me había vendido era algún millonario, bajo el pensamiento clasista, debía de estar feliz porque iba a tener un esposo millonario, pero no tenía más que asco. Dentro del lujoso auto, los dos gorilas me tenían sujetada de los brazos para que no me moviese ni un poco e intentar escapar.

Pero si escapaba, ¿para dónde carajos iría? En el fondo sabía que cualquier lugar era mejor que este.

Minutos después el auto se estacionó frente a una hermosa casa típica de la clase burguesa de este país, el primero en bajarse fue el idiota al cual mi padre me había vendido quien en todo el camino se había dedicado a beber alcohol.

—¿Vas a bajar por tu cuenta o prefieres que te obligue? —murmura con indiferencia.

—Tú no me mandas —le respondí entre dientes.

Él suelta una sonrisa falsa —, Agradece que ahora mismo estoy de buen humor si no, no dudaría ni dos veces en romperte la boca para que aprendas a respetar a tu prometido.

—Tú no eres mi prometido, ¡déjame en paz!

—Por si no te diste cuenta, el idiota de mi ahora suegro te vendió para saldar sus deudas —él se acerca a mí y toma mi brazo sacándome a la fuerza del auto haciéndome caer al suelo—, Eres perfecta para mí… te acostumbraras a mí.

Intente no vomitarme después de todo el asco que sentía.

—Déjenla dentro de la casa —le ordeno a sus gorilas quienes no dudaron ni un segundo en tomarme entre sus manos y llevarme al interior de la casa.

El interior de la casa era bellísimo, tenía un aire a las casas americanas, con paredes de color café oscuro marmoleadas, sillones de color azul oscuro, mesa de madera del mismo color de las escaleras que daban al segundo piso.

—Nací y crecí en los Estados Unidos hasta que nosotros tomamos Afganistán, por lo que quise traer algo de mi país —me explica como si a mí me importase su vida —, Tendrás una habitación completa para toda tu ropa y te encargaras de tus tareas como mujer a pesar de que vamos a tener empleadas domésticas.

Ruedo los ojos molesta.

—Sí que no te enseñaron modales.

—Todavía no es tarde para buscarte la esposa sumisa y perfecta que tanto quieres.

—Retírense —ordena a sus gorilas quienes obviamente obedecen—, Yo te quiero a ti, inmediatamente te vi mi polla brinco feliz —su rostro se acercó a mi cuello, ni siquiera tuve tiempo de retroceder porque su mano se posó en mi cintura—, Nos casaremos lo más pronto posible para que veas que respeto lo de “hasta el matrimonio”, pero te juro que cuando nos casemos no dormirás en toda la noche y no te dejaré caminar bien al día siguiente.

Trago saliva de forma pesada sin saber que decir, mis mejillas se sonrojan y empiezo a sentir pánico, no quería para nada casarme con él y mucho menos que él…

¿Me hiciera el amor?

Aunque eso no era amor, yo no lo amaba ni nunca lo llegaría a amar.

—Por si no sabes, me llamo Abdul Fihmad y tú próximamente vas a tener mi apellido —me quede en silencio—, Tengo algunas reglas,  si me obedeces te prometo una vida llena de lujos y sin golpes, así funciona esto… haz todo lo que te digo, no preguntes y todo estará bien.

Debía irme de allí…

—¿Dónde dormiré?

—Dormirás conmigo, ¿Dónde más? —me respondió en un tono obvio.

—¿Qué? Pero si no estamos casados…

—Eso es por ahora…

Muerdo mis labios molesta esperando que de milagro alguien me despertase de aquella pesadilla.

—Buenos días, señor Fihmad —hablo una chica detrás de nosotros.

—Sayuri, quiero que empieces los preparativos para mi fiesta de compromiso.

—Como usted ordene señor.

Aquella chica ni siquiera alzaba su cabeza a pesar de tener tapada toda la cara.

—Largo.

Ella salió de nuestras vistas casi corriendo.

—Es hora de la cena, quiero que cocines para mí —él se acerca a mí y sus manos casi se posan en mi rostro si no fuese porque retrocedí —, Tienes que acostumbrarte a mi tacto, voy a ser tu esposo te guste o no; ahora ve a hacer la cena antes de que me olvide de mis costumbres afganas y te termine follando contra el sofá.

Mis mejillas se tiñeron de rojo carmesí, este hombre era tan crudo con lo que decía que muchas veces me hacía tenerle miedo, no por su comportamiento sino por lo que salía de su boca.

Salgo corriendo hacia la entrada, abro la puerta lo más rápido que puedo y una vez se abre salgo corriendo como si de eso dependiese mi vida.

—¡Atrápenla! —escucho el grito de aquel idiota detrás de mí.

Ni siquiera me tomo el tiempo de mirar hacia atrás, simplemente corro por la que debía ser el barrio de la gente rica e importante de Afganistán. Corro hasta lo que parece ser una clase de matorral donde, tal vez por las sandalias de mala calidad logran ser a atravesadas por algo filoso, lo cual me hace gritar de dolor sin poder evitarlo.

Es allí cuando veo a uno de los gorilas mirándome fijamente.

—La he encontrado señor —habla a través de su teléfono—, Perfecto señor —aleja el teléfono de su oreja —, Te van a matar —murmura entre risitas.

En ese momento eso no me asustaba, estaba tan sumida en el dolor en mi pie que no podía pensar en otra cosa que quitar aquel dolor, siempre me había considerado una chica de mucha inteligencia emocional, pero no física, odiaba el dolor.

—Vaya, vaya, vaya —escucho la voz de Abdul acercarse donde estoy lentamente—, Ves… no puedes escapar de mí, levántala Dah.

Él lo hace, y en el intento gimo de dolor al apoyar mi pie.

Antes de que pudiese decir algo, la mano de Abdul impacta sobre mi mejilla dejándome momentáneamente aturdida.

Dah, el gorila me deja caer y siento que es el momento de mirar mis zapatos y me llevo la sorpresa de que lo que pise no era ni más ni menos que un vidrio, pero al ver la sangre me desmaye.

•••

—Muchísimas gracias doctor —escucho una voz mientras estoy medio dormida.

—No hay de que —la persona que le responde parecía ser una persona de edad—, Sigan mis recomendaciones y en poco tiempo estará mejor; espero que la próxima vez que venga sea porque Ala los bendijo con un hijo.

—Esperemos que sí.

En el momento en el que abro los ojos, mis ojos se pasean por toda la habitación, estoy acostada en una cama.

—No sabía que le tenías miedo a la sangre… ¿Cómo te sientes? —me pregunta.

Yo me quedo en silencio.

—Te colocaron sueros y te hicieron una suturas, por una semana y media no puedes apoyar el pie en el suelo.

—Ya veo.

—Eso te pasa por quererte hacer la graciosa y escapar, no importa donde estés o donde te ocultes, siempre te encontraré.

Aquello me hace temblar de miedo.

Este hombre está loco.

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