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Portada de la novela Guerra de mafiosas

Guerra de mafiosas

Kate Garret y Karina Belmond, dos influyentes líderes del crimen, se disputan el dominio del mercado ilegal en una lucha sin tregua. Esta rivalidad se intensifica al cruzarse Hugh Bryan, el capitán policial que busca arrestarlas pero termina seducido por ambas. Entre el glamour y la crueldad, las mafiosas enfrentan a peligrosos enemigos que intentan eliminarlas, mientras navegan una guerra abierta marcada por traiciones, acción y una pasión prohibida.
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Capítulo 3

El oro ilegal es mío. Yo lo tráfico desde hace muchos años, antes de que Belmond metiera sus narices en el contrabando de las piedras preciosas. Las minas en las montañas desérticas al oeste de la ciudad me pertenecen y ella lo sabe, sin embargo Belmond pretende apoderarse de ese negocio tan rentable que me deja muchísimo dinero. La envidia y la avaricia la corroe, pues. La otra vez sus sicarios intentaron bloquear las carreteras hacia nuestra fábrica de tratamiento del oro y obligó a mis hombres a enfrentarse a balazos contra medio centenar de sujetos armados que intentaron evitar que los camiones llegasen a su destino. El violento combate dejó muchísimos muertos en ambos lados y a batalla duró más de tres horas, incluso estallaron granadas reventando como truenos en las montañas. Finalmente el cargamento pudo llegar a buen puerto, dejando furiosa a Belmond.

Ella, en el colmo de la audacia y viéndose derrotada, mandó reventar los socavones de mis minas. Los mineros dormían apaciblemente en el campamento cuando de pronto ¡bum! ¡bum! ¡bum! empezaron a explotar bombas por todos sitio, estallando los escarpados de las montañas desérticas y derrumbando los socavones igual si fueran castillos de arena. Los sicarios de Belmond nos habían atacado con morteros, provocando toda suerte de derrumbes. Varias de las bombas, incluso, estallaron e el campamento despedazando a varios de mis mineros, ajenos a la guerra que sosteníamos ella y yo por el control del oro.

Yo dormía apaciblemente en el rancho que tengo en las afueras de la ciudad, cuando me llamaron de la mina, dándome los detalles de lo ocurrido en los cerros. -¡¡¡Los socavones están sepultados!!!-, me dijo el capataz alarmado. Volé en helicóptero hasta la zona del desastre y en efecto, todo era una calamidad. Las minas habían sido derrumbadas, el campamento se encontraba arrasado y el oro sepultado a muchísimos metros de profundidad taponeado por grandes rocas y piedras. Lo único que hice fue maldecir, dar bufidos y echar mucho humo de las narices.

En revancha de lo que Belmond me había hecho, ordené a mis sicarios atacar el casino "Queen Karina" que ella tiene en la zona más céntrica y comercial de la ciudad. Miles de personas se congregan allí apostando y despilfarrando su dinero en juegos, comidas, mujerzuelas, orgías y tragos. Es un edificación enorme, con jardines, mamparas, grandes ventanales y vitrales. Mis hombres llegaron disparando ametralladoras M60, reventando todos los vidrios, volviéndolos añicos, estallando esquirlas y provocando el caos y el pánico entre los miles de apostadores malgastando su plata jugando al póquer y en los tragamonedas.

Karina quedó desconcertada y pasmada viendo su obra de arte esquelética, cadavérica, hecha añicos, completamente destruido, parada delante de los soportes que sobrevivieron al violento ataque de mis hombres mientras yo me reía de buena gana dando giros en la silla de mi oficina, celebrando la calamidad que le costaría un descomunal gasto a Karina para recuperarlo. -El que le hace la paga-, me repetía yo feliz, gritando y chillando igual que una adolescente traviesa.

-Ataquen a Kate donde más le duela-, le ordenó, entonces, Karina, a "Sapo", el sicario que la protegía.

Belmond, otra vez picada en su orgullo, volvió a embestirme y en esa ocasión se la emprendió contra mi yate, "La sirena". Sus sicarios intentaron hundir mi adorada embarcación lanzándole cargas de dinamita desde una avioneta, felizmente sin lograr atinarle. El barco se salvó por un pelito, sin embargo la proa quedó bastante lastimada y uno de los mástiles se quebró por la mitad. El yate tuvo que ser remolcado al puerto porque las paletas de las hélices igualmente sufrieron considerables daños por las explosiones.

La avioneta logró irse intacta pese a que mis hombres le dispararon desde el yate. Tuvo mucha suerte.

-Esa mujer cree que me va a ganar, pero está equivocada, Karina terminará hincada a mis pies, pidiéndome perdón-, estaba yo muy furiosa luego que mis hombres me informaran de los daños sufridos en mi yate.

-¿Hasta dónde va a llegar ésta guerra?-, me preguntó Nelson jadeando, agotado, exánime, con el rostro encharcado en sudor. Habíamos hecho otra vez el amor en forma intensa, como lobos hambrientos. Yo, como les digo, estaba fastidiada, de malhumor y me la emprendí con arañazos y mordiscos sobre mi amante que tuvo que soportar mis rabietas con estoicismo tanto que quedó bastante magullado y con numerosos hilos de sangre corriendo por sus enormes bíceps y gigantescos músculos. Yo me había comportado como una fiera enjaulada frente a él porque además de la furia incontrolable que tenía, también estaba enardecida por querer devorar a mi amante pues me parecía exquisito, delicioso, muy viril y masculino y eso incendiaba mis entrañas igual como si fuera un lanzallamas.

-Voy a destruir a Karina Belmond-, fue exactamente lo que le dije a Nelson. Él como siempre asintió con la cabeza, porque así me complacía y no había algo que más me gustaba y excitaba que me dieran la razón en todo.

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