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Portada de la novela Gestando a los Hijos de mi Jefe

Gestando a los Hijos de mi Jefe

Amelia Gutiérrez se traslada a Boston con el objetivo de costear la libertad de su tía. Sumida en la escasez, accede a convertirse en la madre gestante de los trillizos de Noah Koch, un influyente viudo. Pese a que el roce diario forja un vínculo sentimental, una confusión amarga siembra la desconfianza en ella. Noah, juramentado a no entregar su corazón de nuevo, luchará por probar que su afecto es real y salvar el futuro de su hogar.
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Capítulo 3

Más tarde en el bar...

-Noah, ¿de verdad eres feliz viviendo así?

-Es lo que me tocó, Jack.

-Eres joven y millonario, podrías volver a enamorarte. Sé que Sarah fue maravillosa, pero abre tu mente.

-Deja de decir estupideces, Jack. He venido a tomar algo, no a que me dé sermones.

-Lo siento, amigo. ¿Y encontraste a la mujer que te preste el vientre?

-No, hoy he entrevistado a cinco y todas estaban locas. Conseguir un vientre para gestar a mi primogénito se ha vuelto una tarea titánica -suspiró Noah, frotándose la sien.

Jack asintió con comprensión, aunque con un toque de ironía en la voz.

-Ya veo, y eso que tienes todo el dinero del mundo y aun así no logras dar con la indicada. Debe de ser frustrante.

Noah lo miró con el ceño fruncido, pero no respondió, consciente de que Jack tenía razón.

-¿Y si adoptas? Cómo estás tan empecinado en ser padre.

-Creo que a veces tu cerebro no te funciona. Para eso necesitas estar casado y, además, yo soy viudo. Jamás adoptaría, quiero un hijo de mi sangre. ¿Es difícil entenderlo?

-Ya relájate, mejor brindemos.

-Mejor -susurra Noah y lo mira de reojos.

Noah se sumergió en sus pensamientos y recordó lo difícil que había sido su camino. La gente lo veía como un hombre afortunado, con el mundo a sus pies gracias a su fortuna.

Sin embargo, el dinero no podía llenar el vacío que Sarah había dejado ni parecía allanar el camino hacia la paternidad que tanto deseaba. La ironía lo golpeó con fuerza: tener todo el dinero del mundo y sentirse impotente ante las dos cosas que más deseaba.

Amelia se había volcado de lleno en sus responsabilidades, trabajando sin descanso. A pesar del agotamiento, se esforzaba por cumplir con sus tareas, aunque sus ojos enrojecidos delataban las lágrimas que había derramado por su tía.

La impotencia la invadía al sentirse tan lejos y sin poder ofrecerle la ayuda que tanto necesitaba.

De pronto, recibió una llamada de su amiga:

-Amelia, querida, espero que estés bien...

-Erika, por favor, dime, ¿cómo está mi tía Lucero?

-Tranquilízate, cariño, pero no tengo buenas noticias. Quieren trasladar a tu tía al reclusorio femenino, lo siento.

-¡No puede ser! ¡Ayúdala, Erika, haz algo! Pediré un préstamo a mi jefa, pero, por favor, que no la trasladen. Me quiero morir.

-¡De ninguna manera! No vuelvas a repetir eso, Amelia. ¿Me has oído?

-¡No tengo ni un centavo para ayudar a mi tía! ¡Maldita pobreza! ¿Por qué los pobres sufrimos tanto? ¡No es justo!

-Tranquila, Amelia, tranquila. Lo sé, es muy difícil, pero no te rindas. Vamos a encontrar una solución, ya verás.

-Debo de hallar ese dinero a como dé lugar.

-Trata de calmarte, cariño. Te llamo de nuevo en la noche, sigue trabajando.

Presa de la desesperación, Amelia se desplomó contra la fría pared del baño. Sus pesares la abrumaban, creando una carga más pesada de lo que nadie podría imaginar. La sombra de la injusticia se cernía sobre su tía, quien permanecía recluida, incapaz de pagar la fianza.

El inminente traslado a una prisión de mujeres, sin haber cometido un delito grave, era una sentencia que Amelia no podía soportar. La impotencia la ahogaba, mientras luchaba contra la realidad de un sistema que parecía ensañarse con los más vulnerables.

De repente, unos golpes insistentes en la puerta del baño la arrancaron de su espiral de angustia. Con un rápido movimiento, se secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, intentando recomponerse antes de enfrentar lo que fuera que la esperaba al otro lado.

-Amelia, ¡apúrate! El señor está por llegar y hay que empezar con la cena -dijo Vilma la otra chica de servicio.

-Sí, ya voy.

-¿Te pasa algo? Te veo rara.

-No, solo estoy cansada, vamos.

El sonido del timbre resonó en la mansión, anunciando la llegada de Noah. Amelia, con el corazón latiendo velozmente, abrió la puerta. El contacto visual fue instantáneo.

Los ojos de Amelia se encontraron con la imponente presencia de Noah, un hombre cuya seriedad y porte la dejaron sin aliento.

A pesar de estar trabajando en la mansión, este era su primer encuentro directo con su jefe. La figura de Noah se imponía, emanando una autoridad silenciosa que la dejó momentáneamente paralizada.

-¿Y quién eres tú? -preguntó con brusquedad.

-Yo... -balbuceó Amelia.

Mía Interrumpiendo, llega junto a tiempo:

-¡Noah! No seas tan grosero. Ella es Amelia, la nueva chica del servicio.

-Llévame un café bien cargado a la habitación, rápido -dijo ignorando por completo el comentario de su hermana.

-Sí, señor -asintió Amelia rápidamente.

Mientras Amelia se dirige a la cocina por el café, su hermana le reclama.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué siempre eres tan maleducado?

-No estoy para tus regaños, Mía. Me duele la cabeza. ¿Quién es ella? ¿De dónde viene?

-Es Amelia, la nueva sirvienta. Seguro que lo has olvidado, como casi nunca estás en casa, y cuando estás, te encierras.

-Quiero mi café en menos de cinco minutos - dijo Noah y sube a su habitación, dejando a Mía parada al pie de la escalera.

Minutos más tarde, Amelia Toca la puerta, con el café en la mano.

-¡Pasa! -grita Noah despectivamente.

Amelia entra con el café y se queda allí parada y él reacciona diciendo:

-Déjalo ahí y vete.

Amelia salió de la habitación con el corazón latiendo a mil por hora. La mirada de Noah la había dejado perpleja, una mezcla de desprecio que no lograba descifrar.

Noah, con el ceño fruncido, tomó su celular y marcó el número de Davis, su jefe de seguridad. Aún en la mansión, Davis respondió de inmediato.

-Sube a mi habitación ahora -ordenó Noah con rudeza, colgando sin esperar respuesta.

Davis subió las escaleras a toda velocidad, como si obedeciera a un resorte. Al llegar a la puerta de la habitación de Noah, entró sin dudarlo, encontrando a su jefe esperándolo con una expresión seria.

-¿Qué se le ofrece, señor?

-Quiero que averigües todo sobre Amelia, la nueva sirvienta.

-¿Todo, señor?

-Todo. Tienes pocas horas, para hacerlo.

-Entendido, señor.

Al ver a Davis marcharse, Noah se sumergió en sus pensamientos, enfocándose en la imagen de Amelia. A pesar de su uniforme de sirvienta, la joven irradiaba una belleza fresca y una vitalidad que capturó su atención.

Una idea comenzó a formarse en su mente, una posibilidad que lo intrigaba y que podría resolver su mayor problema.

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