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Portada de la novela Gemelas contra la mafia

Gemelas contra la mafia

Las hermanas Patricia y Fabiola se enfrentan a una peligrosa organización criminal que trafica con oro y reliquias. En medio del caos, Fabiola vive un amor apasionado, mientras Patricia sufre un matrimonio forzado y deslealtades. Buscando consuelo, ella conecta con un poeta enigmático que la comprende. Juntas, estas gemelas unidas por la justicia deberán sobrevivir a una persecución implacable, llena de giros, humor y acción contra la mafia.
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Capítulo 2

Mi primer enamorado se llamaba Esteban. Yo tenía apenas dieciocho años, era inexperta en el amor, muy tonta en realidad, confiada y enamoradiza en extremo. Él era agradable, divertido y distendido sin embargo poco romántico y era además torpe y tosco. No le gustaban las canciones que hablaban de amor ni las poesías, le aburrían los parques, el mar, odiaba las películas de romance y prefería bailar en ruidosas y estridentes discotecas, ir al fútbol o embriagarse con sus amigotes. A Esteban le encantaba el trago y siempre gastaba su raquítico sueldo en cerveza, bebiendo con sus amistades que lo exprimían como a un limón, hasta dejarlo sin un cobre en el bolsillo. Obviamente no duramos mucho juntos, apenas unos meses porque me desengañé rápidamente de él.

Lo de Esteban no solo fue una decepción sino también una pérdida de tiempo. Un par de meses después me enamoré de Rafael. Ese chico sí que me puso la vida de cabeza. Me enamoré perdidamente de su estampa tan viril y sus brazos enormes. A él le encantaba la carrera militar y se había enrolado al ejército como voluntario. Yo estaba tan loca por él que también me apunté como recluta, siguiendo sus huellas. Sin embargo ese también fue un gran error mío. En el cuartel descubrí que Rafael era bi y quedé no solo decepcionada sino que no pude renunciar a la carrera. Tuve que cumplir el servicio y finalmente me recibí como experta y especialista en el manejo de armas tácticas, con el rango de sargento ¡Plop!

En cambio Luis, al que conocí en la universidad donde entré a estudiar arqueología, sí me dejó una herida grande cuando rompimos. Me enamoré demasiado de él, lo idolatré y lo veneré como nadie en éste mundo, porque él besaba como los dioses. Hummmm ¡¡¡cómo disfrutaba sus besos!!!, me llevaba a las estrellas y perdía la consciencia estando entre sus brazos. Luis me estremecía por completo y me volvía un volcán en erupción. Nadie, jamás me besó tan sensual y delicioso como lo hacía él. Me hacía sentir una princesa de cuentos de hadas y la mujer más sexy del mundo.

Sin embargo Luis se enamoró de Margot, otra chica que también estudiaba arqueología. El amor tiene esas cosas. Yo pensaba que él me amaba, sin embargo él prefirió a ella y al poco tiempo incluso se casaron y abandonaron la carrera para dedicarse a otros menesteres. Yo quedé muy dolida y herida porque, ya les digo, estaba demasiada entusiasmada con él y lo pensaba el hombre de mi vida. Me hice muchas ilusiones a su lado, pensando en formar un hogar y tener muchos hijos a su lado, pero todo, finalmente, se fue al tacho.

Después estuve saliendo un corto tiempo con con Herman Allison pero eso tampoco funcionó porque al final ese sujeto resultó ser un delincuente. También estudiaba arqueología en la universidad pero abandonó, de repente, la carrera casi al poco tiempo de empezar, según me dijeron porque andaba en malos pasos. A él lo conocí en una fiesta con, Betty, una amiga en común y me pareció muy lindo, empero, como me advirtió una amiga, el tipo ese estaba envuelto en negocios turbios e integraba una banda que se dedicaba al tráfico de reliquias, artesanías, cuadros y momias. Herman tenía interés de adquirir piezas valiosas en el mercado negro para luego revenderlos a coleccionistas extranjeros. De eso me enteré de casualidad, cuando nos aprestábamos hacer el amor en un hotelucho discreto y escondido cerca de la facultad. Herman fue a ponerse el preservativo al baño y justó timbró su móvil. -¡¡¡Contesta, Patty!!!-, fue muy confiado Herman. Un tipo con una voz tétrica, propio de hampones, habló. -Hola "Salamandra", habla "Alicate" conseguí varias piezas robadas, valen su peso en oro, nos vemos en la cantina de Jorge, vamos a sacar buen billete, la policía no sospecha nada-, dijo sin darme ocasión a decirle nada y colgó.

Quedé boquiabierta y perpleja. Me incliné para ver su morral y allí metido entre papeles, preservativos y cigarrillos había una pistola automática M19, con su cargador, rastrillada, incluso. Sin pensarlo dos veces tomé mi ropa íntima y mi vestido y llevando mis zapatos en al mano escapé despavorida del hotel. Cuando Herman salió yo ya no estaba. Me había hecho humo.

Luego conocí a Herbert Jason, un hombre maduro que se enamoró de mí a primera vista. Era dueño de una cadena de joyerías. Yo justo estaba en una de sus tiendas viendo las alhajas que estaban en oferta y el tipo quedó encandilado con mis ojos, mis labios rojos y mi figura tan perfecta plagada de sinuosas carreteras y maravillosas y apetitosas quebradas. Me abordó casi de inmediato.

-Nada más elegante que una cadena de catorce quilates con el dije de un elefante para la suerte-, me dijo él de repente. Yo en realidad no iba a comprar nada, tan solo curioseaba pero su impertinencia me pareció divertida. -Prefiero una herradura de caballo-, reí coqueta, moviendo los hombros. Ese detalle le encantó a Herbert. -Pues también tenemos herraduras de todo tamaño pero para su belleza mejor sería una corona de diamantes-, fue Jason muy galante conmigo.

Una cosa fue a la otra y terminamos tomando un café en un restaurante frente a su joyería. Herbert se había divorciado dos veces y era bastante diplomático en todo, muy galante y ceremonioso. Esos detalles me gustaron. Empezamos a salir, él me besó muy acaramelado y me regaló al cadena con el dije del elefante, también pulseras, aretes y collares primorosos.

Hicimos el amor con mucha pasión y encanto en un exclusivo hotel que tenía un jacuzzi y un home theater enorme. Era el refugio habitual de Herbert para sus conquistas, sin embargo él me consideraba especial y diferente... el amor de su vida.

Me hizo delirar, literalmente. Herbert era un hombre apasionado, muy romántico y viril. Quedé eclipsada cuando me hizo suya en las aguas del jacuzzi, chapoteando feliz y aullando de placer mientras él invadía mis vacíos, provocándome decenas de descargas eléctricas en todo mi cuerpo. Yo no hacía más que chillar encantada, jalándome los pelos, obnubilada por todo ese derroche de vehemencia que él hacía gala, dominándome y haciéndome suya.

Terminamos de hacer el amor en la cama. Ya estaba completamente extasiada, sudorosa, exánime, echando humo en mi aliento, con mi corazón hecho una fiesta, mordiendo mis labios, en pleno viaje sideral por las estrellas mientras Herbert lamía mis pechos hechos rocas con tanta pasión. En ese momento él alzó su mirada y me miró a los ojos. -Quiero casarme contigo, Patricia-, fue lo que me dijo, dejándome absorta. Abaniqué mis ojos desconcertada. -¿Tan pronto?-, estaba realmente asombrada.

-Eres una mujer increíble, maravillosa, es lo que he estado buscando toda mi vida-, él también parpadeaba, con su rostro duchado en su sudor, vuelto cenizas por mis fuegos, acariciando embelesado mis muslos y mi ombligo, haciendo que otra vez sintiera muchos rayos y relámpagos remeciendo mi escultural y adorable anatomía.

Herbert era el hombre ideal para mí, en todo sentido. Maduro, centrado, con una vida definida, , apasionado y sobre todo dueño de una gran vitalidad que me llevaba al limbo y me hacía sentir sexy y sensual. Él hacía que mi feminidad me desbordara y en un milésimo de segundo hasta pensé en tener muchos hijos a su lado, disfrutando de una enorme casa, un gran jardín y una enorme piscina.

-Lo único que te pido es que firmes un contrato de matrimonio-, me dijo después de un rato que desaceleró su corazón y estiró una larga sonrisa.

Yo sé que muchas parejas estilan firmar un documento de compromiso, en realidad eso no debería ofuscarme ni enfadarme o indignarme. Es una exigencia que generalmente emplean millonarios temerosos de perder su fortuna y sus propiedades y negocios frente alguna mujer u hombre oportunista. Lo entiendo perfectamente, yo también he soñado en un príncipe azul de limusina en vez de corcel y aspiraba tener a su lado lujos y hacer viajes por el mundo, pero eso siempre ha sido una fantasía propia de una empedernida soñadora y enamoradiza como yo. En la práctica tan solo deseaba un hombre de verdad, que me ame con sinceridad y compartir nuestras vidas sin papeles firmados de por medio.

-¿Qué cláusulas pides?-, traté de mantenerme calmada.

-Simple, todo es mío y nada es tuyo en caso de un divorcio. No habrá separación de bienes, tú renuncias a todo je je je-, echó a reír como un idiota.

Ufffffffff suspiré y me levanté tranquilamente. Me vestí sin decir palabra. Herbert intentó una vez convencerme de que un contrato de matrimonio es simplemente una formalidad. -No creo que lleguemos a divorciarnos. Yo te amo mucho-, decía él recostado sobre sus codos, mirando y admirando mi escultural cuerpo mientras me vestía. -Es que no se trata de formalidades, Herbert, se trata de sinceridad. Mis sentimientos son sinceros, lo tuyo es tan solo carnal. Por eso desconfías y yo no puedo estar con un hombre que no cree en lo que le ofrezco-, fue lo que le dije. Luego me fui sin despedirme.

Recién cuando llegué a mi casa, me metí bajo mis edredones y me puse a llorar como una adolescente desengañada.

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